ROCK DE ESTADIO AZUL (ANTES DE OCESA)

Ángel Exterminador

El Estadio de la Ciudad de los Deportes, además de testigo de muchos juegos de futbol soccer, fue espacio de un par de conciertos internacionales de rock dantescos
Estadio de Ciudad de los Deportes en los años 60 (Especial)

Milenio Digital

Por Olmo Robles

Antes que fuera la casa del Cruz Azul durante muchos años y escenario común mucho tiempo atrás del futbol americano nacional, el Estadio de la Ciudad de los Deportes, fue testigo de muchos juegos del soccer de la edad de piedra, antes de ser el Azul, de los agarrones entre Pumas de la Universidad y los Burros Blancos del Instituto Politécnico Nacional, e incluso escenario, en 1975, de la coronación del primer equipo independiente del rudo deporte de las tacleadas (los Pieles Rojas de Acción Deportiva, del coach Manuel Rodero).

El estadio, protagonista también de algunas películas memorables como “Una Calle Entre tú y Yo”, que ahora espera demolición porque ya no resulta negocio, fue también espacio de un par de conciertos internacionales de rock dantescos. El primero efectuado el domingo 9 de marzo de 1969, que reunió a The Byrds que le abrían (¡!) a The Union Gap y que, por increíble que pueda parecer “cerraron” cantando “Yo sin Ti”, “Goin’out of my Head” y “Ya para Que” Los Hermanos Castro, que fueron los productores del evento.

Sin la menor experiencia en conciertos, a Los Castro, Javier, Arturo, Gualterio y Jorge… se les hizo fácil llevar un equipo de sonido casero de fiesta de 15 años para sonorizar el concierto. No hubiera habido ningún problema (como el mayor desmadre cercano a un circo volador de sillas y otros objetos voladores sí identificados y… sálvese quien pueda, luego de la batalla campal en que se convirtió) si por lo menos hubiera sido amplificado.

Algunos todavía recuerdan en el centro de la cancha la improvisada tarima de unos 15 metros (que miraba en dirección a Insurgentes), con unos amplis de risa. En todo el campo había sillas numeradas que, por supuesto, nadie respetó. Los Byrds que subieron y bajaron, espantados precedidos por los Tijuana Five (contratados por tres pesos) tan pronto se dieron cuenta mientras “cantaban” Turn-Turn-Turn que no se oía ni madres. Tampoco se percataron que algunos de los asistentes, para mostrar su descontento, invocaron a la fuerza aérea mexicana, escuadrón sillas, que comenzaron a hacer volar en todas direcciones.

Por increíble que pueda parecer, pocos medios impresos se ocuparon de la guerra aérea que se había librado esa tarde, no así el mismísimo Carlos Monsiváis que la registra en todos sus detalles bajo el título de: “Para Todas las Cosas Hay Sazón”, en el libro “Días de Guardar”. Ese domingo yo y unos amigos tomamos posiciones en lo alto del graderío y presenciamos el desmadre en pleno, mientras abajo Monsi, pertrechado, tomaba nota y daba las alineaciones de una guerra en la que participó La Onda Ilustrada, los Fresas y la Naquiza, todos mezclados y sin nada que perder.

La Onda compuesta por los jipitecas mexicanos, los bohemios y los outsiders han acudido a ver y oír a los Byrds, porque leían Rolling Stone y sabían muy bien de que se trata el rollo, con cuidado de no mezclarse con el peladaje; alternaron pero no se combinaron con la chusma. Sin embargo, ante la lluvia de sillas y otros objetos voladores, los americanos que seguían valerosamente con los acordes de Mr. Tambourine Man, se hermanaron con la muchedumbre para salvarse. Nadie para describirlos en su mero mole como Monsi, que con pelos y señales registra su proceder en el estadio, de dónde vienen y a donde van. Los Fresas, sin medir el peligro de un puto sillazo, reclaman a Gary Puckett para que les cante “Young Girl”, porque a eso han venido; pero el cantante, al ver la barbarie solo piensa como sus compañeros de grupo en llegar al hotel.

Los Castro señalados como los (i)responsables, sudan copiosamente, ríen nerviosamente y se preparan para lo peor perpetrándose tras el primero de varios maestros de ceremonias que exhortan a la paz al respetable que ha enloquecido. Pero ¿cómo parar aquel circo romano si es pura diversión, si uno lo mira desde las alturas? Que se preocupen los de abajo. Uno de los Castro, Javier, según refiere en la sabrosa crónica de Monsiváis, de su ronco pecho dice: “No hay Policía porque hemos confiado en ustedes”. Que mamón.

El único lugar donde todo parece ser calma chicha son las gradas. Mientras abajo es la guerra y todos tratan de huir. La fresiza trata de proteger a sus novias y acompañantes de la naquiza que quiere agarrar carnita buena. Se trata de una turba incontrolable que no es muy numerosa, pero sí temible. Las tres fotos que vienen en el “Días de Guardar”, son pocas, pero contundentes a la hora del maremágnum que acabó por resbalárseles tiempo después a Los Castro, que se quedan sin sanciones gracias a algún indulto luego del consabido cañonazo de dinero en especie: el embute.

Armando Molina, que ha librado muchas, fue otro de los que dieron fe de lo ocurrido en el Estadio de la Ciudad de los Deportes colmado por unos treinta y ocho mil asistentes y como bonus su texto (“El Zafarrancho en el Estadio”) ofrece también una entrevista de Jorge Navarro titulada: “Los Byrds en México”, o “Pajareando la Onda con el Hombre de la Pandereta”, o: “Ya solo Esperaban que Llegaran las Bombas Molotov”, ya que hasta Puebla fue a parar con el grupo un día antes de lo ocurrido en Ciudad de los Deportes.

Volviendo a Los Hermanos Castro, uno de ellos, Jorge, pensando en este México donde no hay nada que no se arregle con dinero, se atrevió tres meses después a presentar a Los Doors por cuatro noches en su lugar: El Forum de Insurgentes en la colonia Del Valle. El grupo, embaucado por Mario Olmos (que les hizo creer que tocarían en una plaza de toros) negoció con Jorge Castro cuatro noches (del 27 al 30 de junio del 69) al son de 700 pesos de aquellos tiempos. Un verdadero atraco para los fans del Rey Lagarto y compañía. Y como en México vivíamos en el surrealismo puro, uno de los encargados de cubrir el evento como prensa, fue el incipiente analfabeta funcional de Raúl Velasco, de El Heraldo. Su “crónica” es algo inenarrable que adelantaría después a las mamadas semanales de “Siempre Lo Mismo”.

Pero como siempre existe un roto para un descocido, el estadio de la Ciudad de los Deportes todavía daría un concierto más de rock fraudulento y rico en anécdotas y crónicas espeluznantes: Deep Purple versión de dos pesos y con un cantante del que ya no se acuerda ahora ni su madre (Rod Evans), que era el único que alguna vez figuró por poco tiempo en esa agrupación que nadie recuerda en esa versión venida al DF. Era más conocido el abridor: Black Oak Arkansas, con Jim Dandy y los a su vez abridores de estos, los mexicanos Dug Dugs. En YouTube, hay una probadita de lo que fue aquello, antes de entrar en picada.

La cosa empezó a oler mal desde la rueda de prensa previa efectuada en el Hip 70 de Insurgentes Sur, donde se congregó parte de los medios rockeros para la acreditación: Norma Valdez, La Janis Mexicana, Armando Blanco y uno de los perpetradores de Avándaro (dos años después) Armando Molina, daban los pormenores del asunto, ignorando eso de que eso no era Deep Purple. El escenario que reunió las tres bandas estaba atrás del habitual lado de los Burros Blancos del Poli. Y la gente comenzó a poblar gradas y cancha desde temprana ahora, no importando que se presagiaba lluvia para ese día.

Armando Molina fue también el maestro de ceremonias y algo más: un terrorista involuntario. Resulta que la mayoría de gente a nivel de cancha estaba parada y no se quería sentar, por lo que a Molina se le hizo fácil dirigirse desde su micrófono la multitud y azuzarla para que arrancaran un poco de el pasto de la cancha y se lo echaran a quienes no quisieran sentarse. En menos de 10 minutos ya no había pasto y la cancha quedó pelona. Pero eso no fue lo peor, sino la copiosa lluvia que llegó para quedarse un buen rato. Llegó un momento que a nadie le importó quien estaba tocando, sino protegerse de la tormenta que termino en lodazal.

Hambriento de rocanrol, el público que asistió, la verdad, no se puso a cuestionar las identidades de esos que se hicieron pasar por Deep Purple y se divirtieron más con Black Oak aunque pagando un precio abusivo de gato por liebre en un Azul que ya se va.



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