Soberbio Serbio

En el tono del Tona

La única vacuna que encuentro contra la soberbia, consiste en reconocerla y exponerla: Señores, aquí tienen frente a ustedes a un vanidoso que humildemente lo confiesa.
(Karina Vargas)

Rafael Tonatiuh

“La humildad de los hipócritas es el más grande y altanero de los orgullos”.
Groucho Marx


Dime de qué presumes

El truco más barato para ligar (o para granjearse la simpatía de los demás) consiste en pregonar virtudes: “Tengo tal premio, hago deporte, lloro con las películas tiernas, adopto gatitos, cocino exquisito, ayudo a los discapacitados, sé qué vino combina con el queso roquefort, hago el amor como una pantera, etc.”

Eso de andar de hablador solo se lo permito a las personas que inventan su perfección, pues con picardía y cinismo, le dan un toque de defecto a su virtud.

Quienes presumen las virtudes que realmente tienen, gustosamente los pondría en un cohete rumbo a Marte, con una bomba de tiempo escondida en el motor, para que estallen en el espacio sideral, pues no hay nada que ofenda más a mi orgullo que la perfección ajena.

Me caí de la nube más alta

Dice la Wikipedia que “en el cristianismo, un Ángel caído es un ángel que ha sido expulsado del cielo por desobedecer o rebelarse contra los mandatos de Dios”, y menciona a Belial, Grigori, Lucifer, Mefistófeles y Semyazza.

La religión (desde mi punto de vista), es una forma arcaica, poética y simbólica de psicología social, que a través de mitos nos habla de nuestra propia naturaleza (mitos que no deben tomarse textualmente, pues resultan ridículas las discusiones bizantinas sobre la veracidad de diluvios universales y cosas semejantes). Entendamos que un Ángel caído no fue expulsado por ponerse al brinco ante la máxima autoridad, sino por ponerse a sí mismo por encima de Dios (o sea, de la realidad).

Quien se sienta superior a cualquiera (más listo, más guapo, más rico, etc.) tarde o temprano va a justificar sus pillerías y se va a llevar un chingadazo del tamaño de la altura del pedestal al que se haya trepado.

Paradoja espiritual

Jesús pregonó la humildad, pero… ¿Qué tan humilde fue el redentor? Si Poncio Pilato lo mandó a crucificar, fue porque ya estaba hasta la madre de que el nazareno anduviera pregonando que era “el hijo de Dios” (como el borrachito que presume en la cantina que es compadre de un secretario de Estado). A la mejor sí es cierto, pero ¿qué necesidad hay de restregárnoslo en la cara a los simples mortales?

Para colmo, Jesucristo dio pie al ególatra con piel de humilde, aquel que obedece los diez mandamientos, ama a su prójimo como a sí mismo y vive en la pobreza, no para servir a la comunidad, sino para ganarse la admiración de los otros, volverse sacerdote, y que los demás traten de ser tan perfectos como él, ¿eso es auténtica humildad?

Prefiero la secta sufi de aquellos piadosos musulmanes que intencionalmente aparentan realizar actos vergonzosos, para que su bondad no solo pase desapercibida, sino que así se ponen una coraza contra las tentaciones de la perfección.

En el hinduismo, el tercer capítulo de los Yoga Sutras de Patanjali, previene de los peligros de la sensación de poder derivada del grado de perfección espiritual alcanzada por la práctica de los capítulos previos (tema aparte es el del gurú que se aprovecha de su carisma para manipular a sus seguidores, tal y como le pasó a Maharishi Mahesh Yogui, a quien John Lenon acusó de intentar seducir a Dear Prudence, la hermana de Mia Farrow; aunque Paul McCartney lo defendió, argumentando: “Él nunca dijo que fuéramos castos, solo que meditáramos y seamos buenos”).

Ironía espiritual

No puedo escapar de la soberbia. Me esconda donde me esconda siempre me encuentra, como un buen detective cazando a su presa.

Si hago una buena acción procuro mantenerla en secreto, pero hasta el anonimato lleva su buena dosis de soberbia (“soy espiritualmente superior porque nadie sabe que me porto bien, en cambio los demás son inferiores, defectuosos y arrogantes”).

Todo lo que yo hago es para llamar la atención (por ejemplo, en este texto no aparece ningún personaje eslavo, pero mencioné a un serbio en el título para hacer un juego de palabras con soberbio, malabarismo lingüístico que una bella chica pudiera considerar ingenioso, me admire y se le antoje tener relaciones sexuales conmigo).

La única vacuna que encuentro contra la soberbia, consiste en reconocerla y exponerla: Señores, aquí tienen frente a ustedes a un vanidoso que humildemente lo confiesa.

Es así como resalta la cualidad primordial del Ángel Caído: permitirse lo que ningún otro ser celestial puede, la libertad de burlarse del Altísimo y del bajísimo, pues el humor es un placer compartido por mortales, inmortales y morales inmorales.

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