Un ‘weird western’ a la mexicana

EL ÁNGEL EXTERMINADOR/ENTREVISTA CON PEDRO PAUNERO

Si de sorpresas se trata, la novela Señor de las máscaras cumple de sobra: es como licuar a Piporro, Poe, Castaneda, Jis, Trino y tomarse la bebida con cara de seriedad.
Entrevista con Pedro Paunero. (Especial)

Ricardo Guzmán Wolffer

Tu novela Señor de las máscaras se publicita como propio de una extraña corriente. ¿Cómo la describirías: es más extraña o más corriente?

El weird western (literalmente “oeste extraño”) es un divertido subgénero literario (y gráfico) que combina las historias situadas en el Viejo Oeste con elementos de ciencia ficción, terror y fantasía. La novela de la Revolución Mexicana tuvo su tiempo, auge y trascendencia, por lo que abordar los mismos temas no puede darse sino reelaborándolos desde una perspectiva actual, incluso rompedora, diferente, satírica y hasta ácida.

Es como una película B para conocedores: tiene de todo, hasta referencias literarias cultas.

La desaparición de Ambrose Bierce en México, aparte de ser uno de los mayores enigmas literarios, sigue siendo uno de los grandes y más interesantes tópicos novelísticos. Tampoco podía contar lo que ya había contado Carlos Fuentes en Gringo viejo.

Hay referencias que nos suenan reales y otras bastante sacadas de un decomiso de PGR.

La novela es un homenaje tanto a los personajes reales de la Revolución como a los personajes contemporáneos de la literatura (la pionera ciencia ficción, a la manera de un Julio Verne, y que hoy denominamos steampunk). No podían faltar los pasajes eróticos y hasta amazónicos por parte del personaje de Valentina y los iniciáticos y humorísticos de María La Sabinera, que es, claramente, un homenaje a María Sabina pero, igualmente, y de manera más velada, a la dios griega Hécate, patrona de las brujas, de los perros y señora de las encrucijadas y, por esto, del destino, que en lugar de ingerir hongos atiende a la canción de “La cucaracha”, especialmente en ese verso que dice: “La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta, mariguana que fumar”.

Nomás le faltó tramitar su amparo para el consumo lúdico de la mariguana. También hay referencias cinematográficas. Todos hemos visto las batallas de Villa.

El cine mudo es uno de mis temas favoritos, como crítico de cine. Quienes acudieron a las primeras exhibiciones de los Lumière, de un George Méliès, sin darse cuenta, sin ser conscientes, presenciaron el nacimiento de una nueva forma de arte. Pancho Villa fue uno de los primeros actores de Hollywood. Y sin moverse de Chihuahua. Hollywood, fascinado por el mito romántico del bandolero que roba a los ricos para dárselo a los pobres, fue hasta él. Le pagaron 25 mil dólares para interpretarse a sí mismo en una película hoy perdida. No podía dejar fuera esos pasajes históricos, ganados para el mito, en la novela. Tampoco esa anécdota que, realmente, contaba Roscoe Fatty Arbuckle sobre el nacimiento de la comedia de pastelazo que está en uno de los capítulos, y que este actor del cine mudo, atribuía a la intervención de Villa y los villistas.

Nos recuerda a los candidatos y sus dizque debates canallines.

La muestra literaria más antigua de que todo protagonista necesita de una pareja o, mejor dicho, de un coprotagonista que resalte sus cualidades, haciéndolo brillar y convirtiendo en el coprotagonista en un mero patiño (en inglés sideshow), se puede leer en la despedazada epopeya de Gilgamesh, con Enkidu, el hombre bestia, que, tras ser enviado por los dioses para enfrentar al tirano, termina convirtiéndose en su compañero de aventuras. De esta pareja primordial vienen todas las otras: Sancho y Don Quijote, Batman y Robin, y Flimsy, el “endeble” hombre de vapor que acompaña a Pain en su búsqueda de Ambrose Bierce.

Pero hay muchísimo más en tu novela. Los lectores de H. P. Lovecraft también se sentirán contentos de llegar a este “pozole western para macizos” o “weird western”. Y todo para que al final nos resultes con que…

La tienen que leer. Ni modo.

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