¿Por qué nos cuesta tanto hablar en femenino?

Algunas prácticas sexistas han provocado que no estemos habituados al uso de varios términos y los diccionarios podrían tener cierta responsabilidad.

Ángel Soto

Con frecuencia se acusa al español de ser sexista: que si el masculino genérico invisibiliza a las mujeres, que no existen suficientes palabras para referir a acciones realizadas por ellas, que los diccionarios niegan el papel femenino en sus definiciones...

De hecho, la mayoría de estas acusaciones son justas y acertadas, pero existe confusión respecto a otras tantas. Por ejemplo, el género.

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[OBJECT]Lo primero que habría que entender es que el género —que no debe confundirse con el sexo— es un concepto que funciona a nivel gramatical y no referencial. En otras palabras, lo femenino y lo masculino no tienen el mismo significado en lingüística que en la realidad. Se trata simplemente de clasificaciones que ayudan al hablante a organizar su discurso.

Sin embargo, muchas de las palabras de nuestro léxico sí son consecuencia de su uso cotidiano. Por eso, algunas prácticas sexistas también tienen repercusiones en el lenguaje. Es el caso de algunas profesiones.

Puedo decir con seguridad que hoy a nadie le parecerá extraño decir que una mujer que estudió Derecho es abogada, o que una que publica novelas es escritora. Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto trabajo pronunciar con naturalidad palabras como jueza, música, generala, presidenta o médica?

Como anota José G. Moreno de Alba en sus Minucias del lenguaje, hay "una larga lista de empleos, profesiones cargos, funciones, que hace décadas pertenecían de manera casi exclusiva a varones, [y] hoy pueden ser ocupados o desempeñados por mujeres". Entonces, como a las mujeres no se les permitía acceder a estos cargos, no existía una necesidad lingüística de nombrarlos.

En el caso contrario, sirvienta es un término más extendido y menos anómalo, porque históricamente los trabajos domésticos han sido desempeñados por mujeres.


¿La culpa es de los diccionarios?

Quizá buena parte de esta incomodidad al usar términos en femenino provenga de una fe ciega en los diccionarios. Con frecuencia, en ellos se establecen diferencias de género para una misma palabra.

Por ejemplo, en la edición 19 del Diccionario de la RAE se definía gacetero como "el que escribe para gacetas o las vende"; por otro lado, su equivalente femenino, gacetera, aparecía como "mujer que vende gacetas".

Esto, como anota Moreno de Alba, podría implicar que la Academia sugería que sólo los hombres estaban capacitados para escribir, mientras que las mujeres sólo podían venderlas. A partir de la siguiente edición —la 20—, la entrada se corrigió para quedar como "persona que escribe para las gacetas o las vende".

Otro caso atañe al tiempo en que se designaba con un sustantivo en femenino a la "mujer de quien desempeña cierta profesión": la gobernadora era la esposa del gobernador, la jardinera, del jardinero, etcétera. Aún es posible hallar este tipo de definiciones con la acotación de coloquial y poco usado, como en el caso de generala.


¿Por qué las palabras que solían usarse para referirse a ambos géneros ahora no funcionan igual?

A medida que el lenguaje evoluciona gracias al uso que le dan los hablantes, ciertas palabras adquieren la forma que la mayoría establezca como la norma. Por eso, aunque presidente termine en –e y pueda designar tanto a un hombre como a una mujer, a los hablantes les parecía más claro y/o efectivo asignar una palabra específica a cada uno y ahorrarse el lío de tener que agregar un artículo previo.

Esta necesidad también puede atribuirse a la prensa, que suele omitir artículos por razones de diseño editorial. En ese caso, si leyéramos el titular Presidente de Argentina renuncia al cargo, no sabríamos si el sujeto es hombre o mujer. Ahí radica la necesidad de establecer un diferenciador.

Como siempre digo en estos casos, la lengua es un reflejo de la forma en que cada sociedad experimenta el mundo y puesto que el hablante hace la norma, dejemos que sea la necesidad de comunicación la que justifique por qué hablamos como hablamos.


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