Paco Ignacio Taibo II: Escribo, porque si no me muero

FIL Guadalajara 2018

El escritor presentaLa libertad, la bicicleta y El olor de las magnolias, historias engarzadas en un formato que permite leerlas con sólo voltear el libro.
Paco Ignacio Taibo II nació en 1949. (Archivo)

Eduardo Limón

Luego de concluir la tríada Patria, cuyos tres volúmenes ocupan hoy un lugar al lado de la extensa obra que ha dedicado a México, el autor de textos dedicados a todos los temas que le han interesado en la vida halló, más que el tiempo, el gancho narrativo que necesitaba para escribir dos historias vinculadas, por un lado, al pasado familiar que le corresponde como autor y como personaje y, por el otro, una novela histórica de aventuras narrada en tres planos. La libertad, la bicicleta y El olor de las magnolias son los títulos de estas historias que, engarzadas en un formato que permite leerlas consecutivamente con sólo voltear el libro, cierran un ciclo más en la carrera de uno de los autores más prolíficos de este país. 

—¿Cuánto tiempo se puede traer una historia dentro sin hallar para ella el momento propicio o el tiempo necesario?

En mi experiencia puedes tardar cargando un libro veinte años. Dándole vueltas, pensando “no me gusta”, “así no era”, “me falta investigación”. Aquí se reunieron las dos cosas: en uno me faltaba investigación, no encontraba los artículos de mi padre que eran el contrapunto de la narración, y en el otro no encontraba el eje, que es responder por qué el personaje regresa a morir a Nápoles, cuál fue su pecado. Era la clave de la novela y si no encontraba la clave la novela no salía.

—¿En qué punto de tu carrera te percataste de que este par de historias podían convertirse en novela?

Al salir de la experiencia de haber escrito Patria estaba en el problema de preguntarme ¿y ahora qué sigue? Pensé que tenía que regresar a la literatura para descansar de la historia. Entonces revisé el clóset, encontré estas dos historias con grados de avance distintos, ya que tenía 60 páginas de una y 20 de otra y dije: “estas dos me laten”. De repente me di cuenta que estaba terminando dos libros diferentes al mismo tiempo. Tenía dos libros en proceso. Y luego dos libros terminados que me gustaban. Entonces fui a la editorial y les dije que tenía dos manuscritos. Hubo una larga reunión, comida de por medio, y pensamos que publicar por separado este par de libros cortos iba a hacerlos muy caros. Entonces Pepe Calafell, gerente de Planeta para Latinoamérica, dijo: “hagamos un reversible”.

—En el que cada cara implica un viaje distinto para el lector.

El tono de escritura es diferente. Uno es un elaborado tono literario con planos diferentes y el otro es un reportaje histórico basado en las historias de mi padre y mis memorias de esas historias. Escribirlos al mismo tiempo me resultaba muy divertido. Descansaba de uno e iba al otro y al mismo tiempo descansaba de la locura que fue Patria.

—Luego de un trabajo de escritura histórica que implicó su rigor, escribir estas historias implicó una suerte de oxigenación.

Fue un balón de oxígeno para mí. 

—¿Qué te hizo clic en cada una de las historias como para decidirte a escribirlas?

Tenía una deuda con mi papá, que era: ¿cómo explico que mi padre a los 30 años decide buscar la libertad cuando no puede hacer periodismo de verdad por la dictadura franquista y la busca como cronista en el ciclismo profesional? Era tan extraño el fenómeno —y al mismo tiempo hay una metáfora clarísima sobre la libertad— que me resultaba muy atractiva. Pero al mismo tiempo escribirlo fue sentar a mi padre en las noches al lado de la máquina. Entonces, volver a tener a papá siempre es… iluminador, fraternal, emotivamente muy potente. Hacer un libro implica una carga de emotividad que transportas al papel y el papel transporta al lector. La libertad, la bicicleta significaba un tremendo trabajo emocional.

—Pagar una deuda a tu padre.

Este libro debí hacerlo con mi padre vivo y no lo hice. Me arrepentiré toda mi vida de no haberlo hecho. Es un libro que yo esperaba que funcionaría a toda madre entre periodistas pues les iba a caer la metáfora de la libertad.

—¿No sucedió?

No. Ha funcionado entre públicos normales. 

—¿Y qué te dicen estos públicos normales acerca de estos libros?

Que está a toda madre la historia de mi papá y que si en verdad no sabía nada de ciclismo. 

—¿Y en el caso de El olor de las magnolias, cuál fue el clic? 

Era otro tipo de reto: un reto literario: cómo construir una novela en tres planos que tenga una capacidad de integrarse y al mismo tiempo de obligar al lector a estar bailando al ritmo que marco: al lector lo traigo del presente, donde el personaje central viaja hacia su muerte y de ahí a la historia original contada por este personaje que tiene 65 años menos y al “coro griego”, que son las dos mujeres en los balcones napolitanos corrigiendo la historia. Yo vi a esos dos personajes caminando por la calle de Spaccanapoli, en Nápoles. Hice su retrato, pasaron a mi cuaderno de notas y 20 años después se convirtieron en personajes de una novela.

—No puedo imaginar una redacción periodística con sacerdotes vigilando, como la de la dictadura que describes en la historia. ¿Por qué escribes?

Uno escribe por una multitud de razones. Yo escribo porque si no me muero. Me convierto en planta colgada en una maceta del balcón y me voy secando. Una vez mi agente literario en Estados Unidos me dijo: “tengo presión de la editorial donde publicamos los últimos dos libros para que escribas un libro igual a este” y yo respondí: “no sé, no quiero y no puedo”. Cada libro tiene que significar un reto, y si no, no lo escribo. Estos eran dos retos muy sabrosos. 

—Viene la pregunta de rigor: ¿qué estás escribiendo ahora?



Estoy escribiendo la historia del alzamiento de los adolescentes judíos en el gueto de Varsovia en el que murieron prácticamente todos, el alzamiento de 1943 que terminó con que los nazis destruyeron el gueto y metieron motoconformadoras y derruyeron los edificios. El gueto se volvió un páramo de piedras. Hace muchos años encontré una carta de Mordejai Anielevich, adolescente judío, socialista, uno de los fundadores de los grupos de combate (que al principio tenían diez pistolas para enfrentar la maquinaria militar del nazismo). Escribió una carta entre el primer combate y el segundo, en la que decía: “hasta ahora los judíos sabemos que vamos a morir, pero por primera vez vamos a elegir cómo”. Me conmovió de tal manera que me dije: “tengo que contar la historia de ese adolescente”. En este momento estoy escribiendo un promedio de cuatro horas a la semana. En meses tendré un librito sobre el alzamiento de los judíos en Varsovia. También tengo una novela en el clóset, y un libro de historia sobre las cruzadas vistas desde los dos puntos de vista: el musulmán y el cristiano. Llevo mucho tiempo reuniendo material para escribir esto que será un libro contra el fundamentalismo de ambos lados. Me tomará años. También quiero hacer un steampunk, que puede ser una novela de aventuras.

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