La culpa es del César

Mark Twain aseguró que el sarampión fue crucial para que se convirtiera en escritor.

Eduardo Rabasa

En un ensayo titulado “El punto de inflexión de mi vida”, escrito por encargo de la revista Bazar, Mark Twain se da a la tarea de reflexionar sobre el tema del título, y advierte de entrada que es ilusorio asignar importancia a algún o algunos eventos de nuestra vida por encima de los demás, pues todos componen una cadena igual de necesaria sin la cual no seríamos lo que somos. Incluso, considera que el cruce del Rubicón por parte de Julio César, en tanto cambió el curso de la historia occidental, es uno de los eventos trascendentes para su vida como literato. En términos de su vida específica, cuenta por ejemplo que a los 12 años, al poco tiempo de morir su padre, se contagió a propósito de sarampión y casi muere, cuestión que llevó a su madre a meterlo como aprendiz de un impresor, un poco para deshacerse de él, y ahí fue su primer contacto con las letras. Tras cincuenta años de celebridad literaria, afirma que lo del sarampión fue el hecho crucial para que se convirtiera en escritor. En términos filosóficos, Twain considera que no existe el libre albedrío como tal, sino que nuestras vidas las determina una combinación de las circunstancias que se nos presentan, y el temperamento con el que nacemos: “Las circunstancias planean las cosas por nosotros, con la ayuda del temperamento: No encuentro gran diferencia entre un hombre y un reloj, salvo que el hombre tiene conciencia y el reloj no, y el hombre intenta planear cosas y el reloj no”.

La lectura de un texto como el de Twain en una época como la nuestra produce una especie de rechazo inmediato, pues se contrapone fuertemente con la narrativa que deposita en el individuo la responsabilidad personal por su vida entera, independientemente de las condiciones que enfrente. El desenfado con el que Twain narra los distintos momentos que lo llevaron a convertirse en escritor hace parecer que él no tuvo gran cosa que ver con el hecho, un poco en la línea de Foucault cuando argumentó que en realidad no había autor de un texto, pues quien lo firma es un mero referente puntual que recoge y aglutina ideas, nociones y sensaciones de la época. Sin embargo, la obsesión actual con la creatividad y la elección personal terminan ejerciendo una gran presión para que nos sintamos dueños plenos de nuestras vidas y acciones, cuestión que produce una especie de mezcla entre arrogancia y sentimiento de inferioridad, pues así como si alguien realiza algo loable de inmediato se adjudica pomposamente todo el mérito, vivimos una sensación de insuficiencia perpetua por no tener la vida dorada que la publicidad y los instagrams ajenos nos restriegan en la cara en todo momento. Quizá podríamos utilizar una cierta dosis de determinismo twainiano, sobre todo para considerar la idea de que por más en control que nos sintamos de nuestras propias vidas, en realidad la mayor parte del tiempo no tenemos gran conciencia ni de lo que hacemos ni por qué, ni mucho menos de lo que habrá de suceder. 

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