La fórmula equívoca del placer

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Este texto reflexiona sobra Serotonina, de Michel Houellebecq, una novela sobre la búsqueda inútil de la felicidad
'Serotonina' llegará durante la primera quincena de febrero a México, la novela ha sido todo un éxito en Francia (Foto. EFE)
A medio camino entre la protesta ecológica y la crónica, la novela describe la búsqueda inútil de la felicidad

José Abdón Flores

No es raro que Michel Houellebecq (1956), de formación científica, haya acudido a la rimbombante nomenclatura bioquímica para titular uno de sus libros. Serotonina aprovecha esa carga de interés y encanto que puede generar una molécula cuya función es por demás sorprendente. En efecto, la serotonina es un neurotransmisor que está asociado con el placer, con la felicidad accesoriamente; de hecho, es conocida como la “hormona del placer” e integra uno de los sistemas de recompensa que tiene el cerebro para procurar bienestar:

Es una pastillita blanca, oval, masticable. […]


Los primeros antidepresores conocidos (Seroplex, Prozac) aumentaban la taza de serotonina sanguínea inhibiendo su recaptura por las neuronas 5-. El descubrimiento a principios de 2017 del Capton D-L iba a abrir una puerta a una nueva generación de antidepresores, con un mecanismo de acción más simple, que favorecía la liberación por exocitosis de la serotonina producida a nivel de la mucosa gastrointestinal. Al final de ese año, el Capton D-L se comercializó con el nombre de Captorix. De inmediato demostró una capacidad sorprendente, permitiendo a los pacientes integrar con cierta facilidad los ritos principales de una vida normal en el seno de una sociedad civilizada (aseo, vida social reducida a un buen trato con los vecinos, trámites administrativos sencillos) sin favorecer en nada, como lo hacían los antidepresores de la generación precedente, las tendencias al suicidio o a la automutilación.


Los efectos secundarios más frecuentes del Captorix eran náusea, desaparición de la libido e impotencia.


Yo nunca había padecido náusea.


Quien habla es Florent-Claude Labrouste, un hombre de 46 años, funcionario del Ministerio de Agricultura, cuya formación y lazos familiares le han permitido llevar una vida relajada en el plano económico. Sin embargo, esa vida relajada termina ahí, pues fuera de este plano la condición de Florent-Claude raya en la desesperanza, un estado que lo persigue desde que sus padres eligieron esa ridícula combinación de nombres para designarlo. En plena madurez, el eficiente funcionario visualiza toda perspectiva trunca, especialmente en su vida sentimental, donde ha acumulado fracaso tras fracaso, reveses que, como buen antihéroe houellebecquiano, atribuye a la sociedad moderna:



Era feliz, nunca había sido tan feliz, y nunca más lo sería; en ningún momento olvidé lo que la situación tenía de efímera. Camille hacía sus prácticas profesionales en la DRAF, ineluctablemente debería partir a finales de enero para retomar sus estudios en Maisons-Alfort. ¿Ineluctablemente? Habría podido proponerle que dejara la escuela, que se dedicara al hogar, es decir, que se convirtiera en mi mujer, y cuando pienso lo que pudo ser (y lo pienso casi todo el tiempo), creo que ella habría dicho que sí. … Pero no lo hice, y sin duda ya no podría hacerlo, yo no había sido formateado para hacer tal proposición, no era parte de mi software, yo era un hombre moderno, y para mí, como para todos mis contemporáneos, la carrera profesional de las mujeres era una cosa que debía ser ante todo respetada, era el criterio absoluto, la superación de la barbarie, la salida de la Edad Media. Al mismo tiempo, tal vez yo no era tan moderno, ya que habría podido considerar, incluso por algunos segundos, sustraerme de este imperativo; pero una vez más no hice nada, no dije nada, dejé que los hechos siguieran su curso, cuando en realidad no tenía confianza alguna de este regreso a París. París, como todas las ciudades, estaba hecha para engendrar soledad, y no habíamos tenido suficiente tiempo juntos, en esa casa, un hombre y una mujer, solos cara a cara, habíamos constituido el uno para el otro el resto del mundo, ¿podríamos mantener eso? No lo sé, los años han pasado, no recuerdo muy bien, pero me parece que ya entonces tenía miedo, y que había comprendido, ya en esa época, que el mundo social era una máquina para destruir el amor.


Gran observador de su tiempo, Michel Houellebecq es un cronista de la época que le ha tocado presenciar. Un cronista eficaz, de esos cuya prosa ilumina cualquier situación o episodio banal y lo vuelve sustancial. Su universo es en buena medida París, y escribir sobre París sin aburrir —pues la Ciudad Luz ha sido tocada en incontables obras— no es tarea sencilla. Pero también es Francia, la actualidad francesa que en esta segunda década del siglo ha sido foco de atención mundial.

En Sumisión, su anterior novela, Houellebecq escribió sobre la islamización del país, sobre las consecuencias que ello tendría. Libro profético o no, el día que salió a la venta el semanario Charlie Hebdo fue blanco de un ataque terrorista.
En Serotonina se insinúa el fenómeno de los “Chalecos Amarillos”, solo que con un trasfondo diferente: la lenta agonía del sector agropecuario en Francia, uno de los más protegidos en el mundo pero que está inexorablemente condenado. Saint-Aubert-sur-Orne, Bazoches-au-Houlme, Putanges, Canville-la-Rocque, Coutances…, son nombres anónimos que trazan el paisaje de Normandía y sus habitantes, buena parte de ellos agricultores obligados a transformar sus granjas en hôtel de charme o en simples casas de huéspedes debido a que el campo, si no es a gran escala, es una inversión perdida:

la agricultura francesa es compleja y múltiple, son pocos los que dominan los desafíos de todas las ramas, y mis aptitudes eran por lo general apreciadas, me pagaban por mi capacidad de ir a lo esencial, por no perderme en una multitud de cifras, por saber aislar algunos elementos clave. Por otro lado, no podía sino enumerar una serie de fracasos en defensa de las posturas agrícolas de Francia, pero en el fondo estos fracasos no eran míos, eran directamente de los negociadores, especie rara y vana cuya repetida falta de éxito no merecía siquiera la morgue, me las vi con algunos de ellos (pocas veces, en general nos comunicábamos por mail) y había salido asqueado de estos intercambios, por lo general no se trataba de ingenieros agrónomos sino de antiguos alumnos de escuela de comercio, desde siempre he sentido repugnancia por el comercio y todo lo que se le parece, la idea de “estudios mercantiles avanzados” era a mis ojos una profanación de la noción misma de estudios, pero después de todo era normal que se emplee en este puesto de negociador a jóvenes egresados de estudios mercantiles avanzados, una negociación es siempre la misma cosa, poco importa si se trata de chabacanos, turrón de Aix, celulares o cohetes Ariane, la negociación es un universo autónomo, que obedece a sus propias leyes, un universo inaccesible a los no negociantes.


Al descubrir en el Canal del Congreso una emisión sobre los “Desaparecidos voluntarios”, decide que esa es la solución que más le conviene en las circunstancias actuales de su vida: desaparecer del mapa, abandonar a su concubina japonesa cuya presencia solo consigue angustiarlo, y sondear su pasado desde una nueva libertad, una libertad absoluta que nunca antes ha vivido. Es en los parajes rurales de Normandía, los que el turista que visita Francia no verá nunca, donde Florent-Claude Labrouste buscará elucidar qué hacer con una vida que lo asfixia.
Excusas para abandonar París no le faltan, y el vehículo narrativo que es todo personaje permite a Houellebecq expresar un supuesto desprecio por la capital francesa:

Nuestra pareja estaba en fase terminal, ya nada podía salvarla y además eso ni siquiera era deseable, sin embargo hay que dejar en claro que el departamento tenía una “vista magnífica”. Tanto la sala como la suite principal daban al Sena, y se veía el Bosque de Boloña, el Parque de Saint Cloud y demás; cuando hacía buen tiempo también se alcanzaba a distinguir Versalles. Mi recámara daba al hotel Novotel, situado a menos de una cuadra, y después París, pero esta vista no me interesaba, a menudo dejaba las cortinas cerradas, no solo detestaba el barrio de Beaugrenelle sino que detestaba París, esta ciudad infestada de burgueses ecorresponsables me repugnaba, quizá yo también era un burgués pero no ecorresponsable, manejaba un 4 x 4 diesel —tal vez no he hecho nada bueno en mi vida, pero al menos he contribuido a destruir el planeta— y saboteaba sistemáticamente el programa de reciclaje selectivo de mi edificio echando botellas de vino vacías en el contenedor destinado al papel y cartón, y los desechos orgánicos en el receptáculo del vidrio. Mi ausencia de civismo me enorgullecía un poco, pero también obtenía una venganza mezquina respecto al elevado pago de los servicios —pagados renta y servicios, más el dinero que le pasaba mensualmente a Yuzu para “solventar los gastos domésticos” (esencialmente, ordenar sushis), había gastado el 90 por ciento de mi salario, en suma, mi vida de adulto se resumía a consumir lentamente la herencia de mi padre.


La búsqueda de una felicidad que el personaje presiente imposible es el motor narrativo de

Serotonina

. Para conseguirla, Florent-Claude está dispuesto a todo, incluso a eliminar con un rifle de francotirador al hijo de la que presiente pudo haber sido la mujer de su vida; un hijo que obstaculiza esa felicidad. Pero su fracaso es absoluto, y haber aprendido a disparar será una enseñanza que al amargado especialista en agricultura solo le reportará un efímero placer.


Tras suprimir su vida social —y sexual, debido a la ingesta del Captorix—, Claude-Florent volverá a París para finiquitar de manera pragmática sus últimas semanas en el planeta. La serotonina, lejos de procurarle placer, ha hecho de él un alma errante que disecciona la realidad de manera egoísta. El desprecio por la vida es uno de los temas recurrentes en la obra del autor de

Plataforma

; de hecho, es un tema en el cual, se podría decir, se ha vuelto experto, y esta conducta proporciona la mejor y, al parecer única, salida a su personaje:



Había valido la pena haber hecho estudios científicos: la altura h recorrida por un cuerpo en caída libre en un tiempo t estaba en realidad precisamente dada por la fórmula h= , siendo g la constante gravitacional, lo que daba un tiempo de caída, para una altura h, de . Habida cuenta de la altura (casi exactamente cien metros) de mi edificio, y del hecho de que la resistencia del aire podía considerarse cero para esa altura, se obtenía un tiempo de caída de cuatro segundos y medio, cinco segundos máximo en caso de considerar la resistencia del aire, cosa de nada, como se puede ver; con algunos tragos de Calvados encima ni siquiera era seguro de que tuviera el tiempo para pensar. Habría más suicidios si las personas conocieran esta simple cifra: cuatro segundos y medio. Alcanzaría el suelo a una velocidad de 159 kilómetros/ hora, lo que era un poco menos agradable considerar pero, bueno, no era el impacto de lo que tenía miedo, sino del vuelo, y, la física lo establecía con certeza, mi vuelo sería breve.

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