El confabulador

Los paisajes invisibles

“La frase consuma su belleza cuando habita un pensamiento”, decía el arquitecto de espirales narrativas, Juan José Arreola
“Las palabras son inertes de por sí, y de pronto la pasión las anima, las levanta"

Iván Ríos Gascón

Le dijo a Emmanuel Carballo: “Las palabras son inertes de por sí, y de pronto la pasión las anima, las levanta: es decir, las incluye en el arrebato del espíritu. El lenguaje es arrebatado por el espíritu, y al ser arrebatado, una palabra se tiene que unir a otra como los tramos de una cañería para que pase el fluido: como si fueran cables, del entronque justo, del entronque exacto viene la categoría, la eficacia de lo conducido, y la emisión ya no se va al aire, sino que se queda encartuchada en las palabras obligatoriamente ligadas por la urgencia que tiene el espíritu de expresarse”, y luego rememoró a André Gide y habló de la frase que consuma su belleza cuando la habita un pensamiento, y no porque esté vacía sino porque a través de ella el alma declara su nostalgia.

Era irónico, un magnífico arquitecto de espirales narrativas, digamos ese relato del hombre que aguarda a un tren que quizá no arribe nunca o tal vez sí pero podría llevarlo a otro destino, se lo dice el viejecillo que aparece en la estación con su linterna y que le explica que las vías, cuando se acaban, se dibujan en el piso, y luego le cuenta que el tren se ha descarrilado en ciertos puntos y sus infortunados pasajeros no han tenido de otra que formar una provincia, que gran parte de la red ferroviara ha sido terminada por un individuo misterioso que acaparó todos los pasajes, y también le habla de los vagones que parecen cementerios, del placentero azar de viajar a donde sea, de las locomotoras con movimiento fijo, del paisaje que se estremece como un ruidoso advenimiento (“El guardagujas”).

Era adorador de la mujer como el misterio absoluto, como redención y yugo, pero su mirada era ambigua, discordante, pues si en “Cláusulas” escribió que “Las mujeres toman siempre la forma del sueño que las contiene”, esa ofrenda se contradice en “El rinoceronte”, “Anuncio”, “El faro”, o en su cuento que más me intriga, “Una mujer amaestrada”, la historia del hombre que se topa con un saltimbanqui exhibiendo a una mujer dentro de un círculo de tiza. La mujer hace malabares, resuelve operaciones aritméticas, bailotea. Un enano toca un tambor, y la gravedad acústica da un tono más siniestro al mísero espectáculo. También a él, “Una mujer amaestrada” le causaba turbación (se lo confesó a Carballo): “Refiere la tragedia del amor y el desplome de la relación amorosa. Una amiga mía, Luisa Josefina Hernández, dijo que este texto es una escena doméstica. Para mí es algo infinitamente más trágico: la percepción de la mujer y la percepción del hombre como criatura subordinada a la mujer”.

El saltimbanqui sujeta a la mujer con una cadena (simbólica, precisa el narrador), y la somete con un látigo de seda flojo, que ni siquiera emite un chasquido. Esta sola imagen, leída irresponsablemente, causaría hoy un feroz linchamiento, haría pedazos a su autor, mas por fortuna concibió y publicó su cuento hace décadas, durante los años de fertilidad de un Juan José Arreola que el próximo 21 de septiembre cumpliría 100 años.

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