La vejez recobra la infancia

Peripecia

La puesta 'Nenitas' es un gran ejemplo de cómo superar los prejuicios estéticos y morales sobre las mujeres que se encuentran en la tercera edad; pues son actrices maduras, quienes nos lleva por historias de infancias permeadas por la violencia
(Foto. Museo Universitario del Chopo)

Alegría Martínez

El montaje de Nenitas es uno de los más claros ejemplos de que el espectador mexicano aplaude honesta y copiosamente el esfuerzo realizado por quienes muestran sobre el escenario su capacidad para vencer obstáculos, como en este caso lo hacen cuatro actrices de la tercera edad, que desde el proscenio narran por turnos la historia de su personaje, sin escenografía ni colega que les dé réplica, como si estuvieran en un trapecio de la memoria sin red protectora.

Definido como gerontólogo teatral, según lo describe el programa de mano, el director de la compañía Soy Pájaro y de esta puesta en escena, Josafat Aguilar Rodríguez, se propone “generar un lenguaje que ponga en entredicho los principales prejuicios estéticos y morales sobre las mujeres que se encuentran en la vejez”.

En busca de cumplir ese propósito, el joven Aguilar Rodríguez adapta Nenitas, de Silvia Aguilar Zéleny (Sonora 1973), cuyo libro, merecedor del Premio Nacional de Cuento La Paz, Baja California Sur, 2012, relata historias cotidianas de abuso en la infancia que, transformadas en monólogos, son interpretadas por alumnas de la Unidad de Vinculación Artística del Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM e integrantes del elenco de la Compañía.

Cuatro de trece cuentos se eligieron para cada función, del mismo modo en que alternan solo cuatro de las dieciséis actrices, por lo que en esta oportunidad los títulos —al menos de tres de los monólogos observados— son Total, Sobreexpuestos y La vida después del agua que, expresados en tono y volumen medio, como si narraran sucesos habituales, comparten breves historias permeadas de violencia, sorda en esta ocasión, que desde la percepción ingenua de cada niña, afianzada a un interés reconstructivo, permite a los personajes encontrar la vía para resistir y transformar su realidad.

La pureza de la mirada femenina infantil plasmada en los textos expresados en voz de mujeres de la tercera edad y engarzada a la interpretación actoral en formación de las participantes cruza una infinidad de significados —a veces contradictorios— que se liberan a partir de la presencia de estas actrices quienes, de pie ante un grupo de espectadores durante toda su intervención, emergen filtradas por la experiencia de su vida, que deja abierta una cauda de cuestionamientos, emociones y reflexiones sobre la historia, el personaje y en torno a ellas, tanto en lo individual como en lo colectivo.

Aderezado con dos coreografías de pasos acordes a la capacidad física de las actrices, a su necesidad de expresión y a lo que cada una otorga o sustrae de su historia, abriendo así una nueva posibilidad de lectura, el montaje detona el asombro del espectador.

La encomiable labor del director y todos los involucrados por abrir la opción de expresarse sobre un escenario a un sector de la sociedad cada vez más denostado, necesita encontrar vías para arropar mejor a las intérpretes mediante la conformación de un espacio que les permita sentirse cómodas, quizá con las mismas sillas con las que ya cuentan, pero óptimamente utilizadas, donde su energía pueda fluir mejor y sientan un apoyo que les dé la posibilidad de concentrarse más en abrillantar al personaje y hacerlo crecer, hasta donde su lúcida percepción y su riqueza interna lo permitan.

Cabe la reflexión de redimensionar la música para que las motive y atenuar el conglomerado de reflectores, cuya luz ciega al espectador, mientras las actrices ejecutan la coreografía final, entre sombras y humo, portando una máscara creada a partir de los diseños de Freya Jobbins, escultora australiana que utiliza piezas de muñecas Barbie, entre otras, para crear torsos y bustos de figuras femeninas y masculinas, con textura de carne plástica que, en esa amalgama de diminutas piernas, brazos y rostros, produce una imagen grotesca con las partes de infancia desechada. 

Nenitas confronta prejuicios, desde el título que en su dulzura esconde una afilada punta, para después abrir paso al asombro, entre la belleza en los ojos de unas mujeres que se plantan puras sobre la escena y lo grotesco de una ingenuidad mancillada, cubierta con retazos de una ilusión rota que se apresta a la reparación después del camino andado.


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