Luis Rincón: “El documental cree lucrar con el dolor ajeno”

Entrevista

En El reino de la sirena, el documentalista Luis Rincón aborda la paradójica realidad de un pueblo rico en bienes naturales pero miserable en términos económicos
El proyecto surgió en 2010, cuando la gira Ambulante se propuso llevar el cine documental a comunidades donde el género no tiene presencia (Foto. Palo

Héctor González

En la zona bilwi de Puerto Cabezas, en Nicaragüa, existe la leyenda de que las sirenas proveen de manjares marinos a los habitantes del pueblo. Sin embargo, la pobreza en que viven les ha hecho creer que cayeron de la gracia de sus antiguas musas. En El reino de la sirena, el documentalista Luis Rincón aborda la paradójica realidad de un pueblo rico en bienes naturales pero miserable en términos económicos.

¿Cómo llegó a esta comunidad nicaragüense?
El proyecto surgió en 2010, cuando la gira Ambulante se propuso llevar el cine documental a comunidades donde el género no tiene presencia. Una de ellas era Puerto Cabezas, en Nicaragüa, adonde me invitaron a participar. A través de mi trabajo he procurado hablar de poblaciones que viven al límite de la marginalidad, de modo que el lugar me interesó desde el principio. A pesar de que sus pobladores han intentado conservar su autonomía, han sido sometidos en todos los niveles. Quería plantear una reflexión sobre cómo un lugar con todas las condiciones naturales para sobrevivir llega a una situación de pobreza. Me pareció revelador descubrir que, si bien en épocas pasadas se relacionaban con la naturaleza, una vez que entró la visión neoliberal los propios habitantes olvidaron la importancia de la riqueza que tenían a la mano y asumieron valores más vinculados a lo material.

En su película se plantea como imposibilidad el mantener la autonomía dentro del sistema capitalista.
Cierto, pero hay una resistencia que mantienen con mucha dignidad y que se manifiesta en la conservación de sus costumbres y su cosmovisión. Si algo mantiene la lucha y la esperanza de los pueblos es la preservación de aquello que les genera identidad.

¿A los habitantes les sorprendió que un director mexicano se interesara en ellos?
La invasión extractiva del mundo occidental hacia estas comunidades ha generado cierto recelo de los pobladores. No voy a negar que algunos periodistas o documentalistas se acercan para conseguir una nota amarillista, sin importarles sus condiciones de vida. Convencerlos de que mi interés era legítimo y de que en verdad quería exponer y compartir su problemática me costó ir al menos tres veces al año. Solo así me dejaron entrar a su cotidianidad y registrar su vida.

¿Cuál es la diferencia entre un documental que lucra con la miseria o la pobreza y uno que persigue un interés legítimo?
Es complicado. De alguna manera, los documentalistas tenemos la sensación de lucrar con el dolor ajeno, pero esta idea podemos mediarla involucrándonos con la comunidad. No podemos olvidar que el cine corresponde a cierta visión colonialista y nosotros, como realizadores, dictamos la manera en que queremos ver al otro. Tendríamos que pensar en mecanismos para romper esto, tal vez por medio de la democratización de las herramientas para hacer cine. Quizá hubiera sido valioso que les hubiera dejado los instrumentos para que los habitantes transmitieran su propia visión. El cine documental deberá expandirse y encontrar los mecanismos para conseguir que las comunidades marginadas aporten su punto de vista.

A lo largo del último año la realidad de Nicaragüa cambió drásticamente. ¿Percibió algo mientras rodó la película?
Percibíamos algo latente y a punto de estallar. La gente ha sido muy sometida y vive en condiciones de extrema pobreza a pesar de la cantidad de recursos que tiene. Los conflictos sociales han ido escalando y habrá que ver cómo se manejan durante las próximas elecciones. 



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