Narrativa moderna

La Crítica/Espacios

La narrativa moderna en México trata el fracaso de la arquitectura con demasiada ligereza, como si se tratara de un relato costumbrista y humorista al estilo del cantante popular Chava Flores.
Estructura de la Torre Latinoamericana en el Centro Histórico de Ciudad de México. (Especial)

Lorenzo Rocha

El libro escrito recientemente por Georgina Cebey, Arquitectura del fracaso. Sobre rocas, escombros y otras derrotas espaciales (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2017) es una muestra de la notable evolución a escala nacional de la escritura creativa dentro del género de ensayo con fines divulgativos. Desde que los escritores mexicanos comenzaron a perfeccionar la técnica norteamericana conocida como storytelling, la lectura de textos acerca de arte y arquitectura se ha vuelto mucho más amena y ha alcanzado a un público no necesariamente experto en los temas que tratan los autores.

En el texto, Cebey trata con buen sentido del humor lo que ella denomina “fracasos espaciales”, edificios, conjuntos urbanos y espacios públicos de muy distintas épocas y contextos, que van desde la transformación de la cúpula del inconcluso Palacio Legislativo en el Monumento a la Revolución (1938), hasta la renovación de la Cineteca Nacional (2013). La autora escribe sobre la construcción y sobre la memoria colectiva de la que forman parte estos y muchos otros proyectos, con una prosa muy ágil y con la adecuada contextualización social, histórica y política para situarnos en cada época. La descripción del fracaso de la arquitectura mexicana que abarca 75 años de construcción moderna en México se origina, según Cebey, en la voluntad del Estado mexicano de modernizar al país, pero con “discrepancias entre las narrativas oficiales y las propias narraciones que la sociedad construía para comprender la evolución de su entorno”, lo cual creó desencuentros que se reflejaron con fuerza en los espacios habitables.

En el relato de Cebey no hay ningún atisbo de optimismo ni confianza en el futuro, la Torre Latinoamericana es un llavero gigante, el Metro Insurgentes una ruina, el Monumento a la Revolución es el sitio para la desgracias mexicanas, y así continúan las lamentaciones y la autodescalificación, dos costumbres que aparecen con mucha frecuencia en la literatura nacional. No cabe duda que una virtud que tenemos los mexicanos es nuestra capacidad para burlarnos de nosotros mismos, algo muy presente en los ensayos que componen al libro; sin embargo, calificar todas estas obras como fracasos es algo discutible. Habría que establecer primero desde qué punto de vista es que han fracasado dichos proyectos, ya que en algunos casos se trata de problemas de mantenimiento de los inmuebles y en otros las fallas se señalan desde su propia concepción.

La narrativa moderna en México trata el fracaso de la arquitectura con demasiada ligereza, como si se tratara de un relato costumbrista y humorista al estilo del cantante popular Chava Flores, mientras que la realidad es que la construcción de infraestructura y equipamiento urbano siempre ha ido en crecimiento en cuanto a calidad y cantidad. Para algunos resulta divertido echar por tierra las aspiraciones modernistas de nuestros dirigentes pasados, pero en ello se nos puede desviar excesivamente la mirada hacia el pasado y dejar de caminar viendo hacia adelante. La búsqueda de los fundamentos para el desarrollo futuro es algo más difícil, sobre todo si se pretende no caer en los errores del pasado, sin embargo, no parece que quienes están a cargo de la obra pública y del desarrollo urbano actual tengan un panorama más claro que el que tuvieron sus antecesores. En todo caso, la lectura de nuevas propuestas es bastante más aburrida que el relato de nuestros errores: si todo funcionara bien, desde luego, no habría lugar para libros tan divertidos como este.

NOTAS MÁS VISTAS