Saúl Ibargoyen: “Sin musa no hay poeta”

Entrevista

A manera de homenaje, recuperamos esta entrevista inédita en la que el poeta habla de la importancia de la “musa” en el trabajo creativo
El poeta Saúl Ibargoyen (1930-2019) (Foto: René Soto)

Dulce Chiang

Poeta, narrador, ensayista, Saúl Ibargoyen nació el 26 de marzo de 1930 en Montevideo, Uruguay; en 1976 llegó a radicar a México, donde murió el pasado 9 de enero, donde escribió la mayor parte de sus libros, colaboró en numerosas publicaciones y ayudó a formar varias generaciones de escritores a través de sus cursos y talleres.
A manera de homenaje, recuperamos esta entrevista inédita en la que Ibargoyen habla de la importancia de la “musa” —que no relaciona con la “inspiración”— en el trabajo creativo, una musa imaginaria o de carne y hueso, como la que él aborda en su libro de cuentos La musa en calzones.

El papel de la musa ha sido tratado por autores como Robert Graves en La diosa blanca. ¿Cómo se relaciona tu trabajo con el de Graves?
La musa —según Graves— debe ser invocada en un sentido sagrado, ajeno a lo religioso, pero que tiene para mí un contenido místico porque la palabra se convierte no solo en expresión y comunicación, sino en el puente entre musa y poeta. Una especie de cordón umbilical que los alimenta a los dos y que así como la musa puede modificar al poeta y su escritura, el poeta puede modificar a la musa. Ahora, ¿cómo se logra esa modificación? Se logra justamente a través de lo único que puede hacer el poeta o narrador: a través de la escritura. Y escritura es memoria. Entonces, mi libro es casi un personaje.

¿La memoria y la musa son siempre las mismas?
Sucede que el poeta, si bien va cambiando, es uno solo y las musas son varias. Hay más de una musa y la memoria poética —si es que puede hablarse así— incluye un legado que viene tanto de la cultura como del inconsciente colectivo de Jung. Como si el cerebro de un poeta ya estuviera precondicionado para buscar o recibir a la musa como arquetipo. Porque, en verdad, los arquetipos hacen funcionar muchos aspectos de una sociedad y la memoria, entonces, nos lleva a un extraño pasado donde se actualizan las anécdotas como núcleos temáticos, pero tambien se las reinventan. Uno nunca sabe exactamente qué es lo que recuerda su propia memoria.
Cuando terminé de escribir mi libro, me preguntaba quién era yo y quiénes habían sido esas musas de las que hablaba, si habrían existido realmente. ¿Esas representaciones escriturales eran las musas? La verdad que no lo sé. Pero algo importante es que en el proceso de la escritura yo iba viendo todo aquello, lo que aparece en ese libro: ciertas ciudades, ciertas calles, árboles, plazas, cantinas, camas, cuartos estrechos.

¿Por qué el título de ese libro, La musa en calzones?

Porque es una musa humanizada, no idealizada. Para creer en una musa hay que desidealizarla. Como que sale de una dimensión a la cual uno no puede llegar, pero la musa se carnaliza… porque para usar calzones hay que tener un esqueleto y una carne, una sangre. Eso permite entonces la desacralizacion de la musa, pero siempre respetándola porque ella está en el origen de lo sagrado, que es la palabra.

¿Qué sería lo más escabroso —si pensamos que toda musa es terrible— en tu concepción de la musa?
La tendencia al abandono, porque no toda musa asume su condición; a veces la musa invocada tiene miedo. No tiene miedo del hombre que la invoca; tiene miedo de la palabra del poeta. De eso doy fe.
Eso origina un alejamiento, un abandono, una renuncia. Y no estoy hablando de un acto de mala fe o un acto desagradable —frente a eso, la mayor tolerancia—, pero esa musa, es decir, aquella persona en la cual encarnó la musa, al dejar su papel sale también transformada. Algo le sucede y eso no se le borra más.

¿Cómo cambia a una mujer ser una musa? ¿Es evidente esta condición?
Esos cambios se han dado y es curioso que en algún caso el fenómeno se reconozca veinte años más tarde. Ha pasado, pasa todos los días: la musa cambia al poeta, lo conmueve y el poeta cambia a la musa; por más que ella se resista, algo le va a pasar.

El poeta siempre busca a su musa, o cuando menos su recuerdo. ¿Te pasó eso cuando escribiste tu libro?

Sí, porque esa búsqueda se fue dando en varios planos: la búsqueda por la escritura, la búsqueda por el mero trabajo de la memoria, recordar sin escribir, pero escribir también es recordar de otra manera y ahí te vas a otra dimensión de la memoria, a la escritura, y de la escritura a otra memoria… siempre con un sensación de estar en un mundo sensible, en un mundo que se pueda tocar, oler, escuchar, donde se puede llorar, donde se puede recordar a alguien que se va a morir.


¿Qué te interesa dejar establecido con respecto a la musa?

Lo que quiero establecer es una cuestión de principio que parte de una realidad —no solo de una cultura que viene de miles de años—: que sin musa no hay poeta. Y esto no tiene nada que ver con la inspiración. La inspiración no existe porque la presencia de lo que llamamos musa involucra todo un sistema de representaciones de reflejo cultural, de pulsiones, de espíritu, de construcciones imaginistas, de hechos que van conformando una experiencia de vida, es decir, la musa va mas allá de la musa y generalmente no se da cuenta.


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