Virtud de los mortales

Toscanadas

La ética como consecuencia de los mandatos de un dios es una historia vieja, pero falsa, los criminales más siniestros de nuestra época visten sotana
El papa Francisco se dice indignado, pide disculpas metafísicas y cruza los dedos

David Toscana

Esta semana volví a escuchar una cita de Dostoievski, específicamente de Iván Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido”. El detalle es que Iván no dijo tal cosa. Dijo algo semejante, algo que parece implicar tal idea, pero que resulta más profundo: “No hay virtud si no existe la inmortalidad”.
La frase no niega la existencia de Dios, pero a falta de castigo o premio eterno, sus leyes se vuelven letra muerta. Ya San Pablo había registrado algo parecido en la primera carta a los corintios: “Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos”.
Lo que hace Iván Karamazov es rebelarse. “Puedo aceptar a Dios”, le dice a su hermano, “pero, con todo respeto, le devuelvo la entrada”.
Esto es más interesante que negar su existencia. Él manda a Dios al diablo, con todo respeto.
Dostoievski mismo creía que la poca armonía del mundo se debía a la vida eterna. En una carta escribe: “Supón que no existe Dios o la inmortalidad del alma… ¿Por qué habría de vivir justamente y realizar buenas acciones?… ¿Por qué no habría de cortarle el cuello a otro hombre para robarle?”.
La ética como consecuencia de los mandatos de un dios es una historia vieja, pero falsa. Las hordas de ateos que se han multiplicado desde que existe la libertad de conciencia no han salido en masa a degollar a nadie. De hecho, hace poco un estudio reveló que las personas ateas son más altruistas y bondadosas que las religiosas.
Al final vemos que la cosa funciona al revés. La persona que cree en Dios se sabe con licencia para delinquir, pues bastará arrodillarse y decir algunas palabras para que se le borren sus delitos. Por eso los criminales más siniestros de nuestra época visten sotana. “Dejad que los niños vengan a mí”, dicen para emular a Jesús solo de palabra. Luego se inventan un mundo de demonios y mártires y perdones. Muchos santos fueron al principio grandes pecadores.
Iván Karamazov parece hablarle a esos hijos de la gran puta cuando dice: “Todos han de contribuir con su sufrimiento a la armonía eterna, ¿pero por qué han de participar en ello los niños? No se comprende por qué también ellos han de padecer para cooperar al logro de esa armonía, por qué han de servir de material para prepararla”. El papa Francisco se dice indignado, pide disculpas metafísicas y cruza los dedos para que no se destapen otros miles de escándalos que él ya conoce. Por eso Iván Karamazov continúa: “Me niego a aceptar esta armonía superior. Opino que vale menos que una lágrima de un niño, una lágrima de esa pobre criatura que se golpeaba el pecho y rogaba a Dios en su rincón infecto”.

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