Boxeo femenil, una batalla que no acaba

Las mujeres llegan al boxeo por casualidad, se calzan los guantes por pasión y, aunque el riesgo es alto y la paga poca, para ellas todo vale la pena
Jackie Nava, boxeadora mexicana (Twitter @JACKIENAVA_of)

Érika Montoya

Jackie Nava no deja de lanzar golpes al décimo round y aunque tiene la cara ensangrentada, no escatima en golpes. Cada que ve huecos en la guardia de su rival, lanza todo lo que le queda en el repertorio. 

Frente a ella está Ana María Torres, quien tampoco deja de lanzar sus puñetazos más agresivos, pero suena la campana que anuncia el final del combate. Al fondo se escucha gritar a la leyenda del boxeo mexicano, Julio César Chávez: “¡Qué pelea!”. Está tan emocionado como los fanáticos.

“Para mí no hay ganadora ni perdedora. Son las reinas del boxeo con esta exhibición que dieron”, abundó Marco Antonio Barrera, quien estaba junto a Chávez.

El amor al boxeo es la motivación que hace que estas mujeres sigan adelante

La noche del 30 de julio de 2011, La Guerrera Torres salió con la victoria del segundo capítulo de la más grande rivalidad del boxeo femenil mexicano, con lo que se desquitó del descalabro que la misma Nava le había propinado apenas tres meses y medio antes.

Sin embargo, a pesar de las guerras que decenas de mujeres nos regalan arriba del ring, el boxeo femenil sigue estancado por la falta de atención, igualdad y oportunidades. Los promotores prefieren montar funciones en las que se reparten bolsas económicas mayores, antes que apostar por ellas y, si las toman en cuenta, ponen a un par como complemento de un cartel plagado de testosterona. 

Varias veces me plantee la idea de abandonar, pues no se puede vivir de esto, pero volvía pensando en que, con un poco de suerte, la siguiente pelea sería ‘la buena’, que llegarían las bolsas grandes, pero aguantar fue duro. Lo que me mantuvo fue la pasión, es como una droga”, aseguró en entrevista con La Afición, Jackie Nava, quien a sus 38 años de edad y con varios campeonatos mundiales es una de las pocas con el privilegio de un trato más justo por su trayectoria.

La frase de La Princesa Azteca es un golpe de autoridad contra la violencia de género que las boxeadoras han tenido que contrarrestar para subirse a un ring y hacer lo que les apasiona, aunque, a cambio, reciban un par de cheques no superiores a los 50 mil pesos cada año, como única recompensa al esfuerzo de tiempo completo en el gimnasio.

Además de entrenar y cuidar su dieta, ellas atienden su casa —a veces con hijos—, trabajan para poder sobrevivir o en algunas ocasiones hasta se ven obligadas a buscar sus propias rivales u organizar funciones para generar condiciones favorables en su carrera y así no esperar a que un promotor se acuerde de ellas.

Y es que mientras las convenciones anuales de boxeo varonil se llenan de medios y promotores, y se define el futuro de los primeros 20 rankeados de cada división, en el caso de los guantes rosas, una aleatoria convención femenil se realiza lejos de los reflectores, donde las pocas boxeadoras que encuentran los medios para asistir utilizan la plataforma como catarsis para contar sus historias y así encontrar la motivación para seguir con el camino que eligieron.

“Esto es mi vida y por eso no importan los obstáculos. Trabajaré para abrir puertas, aunque estoy consciente de que los frutos de ese árbol tal vez no me toque cosecharlos”, declaró Franchon Crews, monarca supermedio de EU desde hace seis meses, quien no ha podido defender su título por falta de rivales y conexiones en el negocio. En ese contexto, Crews se las ingenió para sobrevivir diseñando y cosiendo batas para sus colegas boxeadores, demostrando que el problema va más allá de nacionalidades. 

Varios promotores del momento han intentado tomar el estandarte femenil, pero pocos lo hacen para quedarse por mucho tiempo y los que lo logran se aprovechan ofreciendo cantidades pequeñísimas por peleas de campeonato.

A pesar del panorama, México poco a poco suma nuevas figuras que buscan continuar con el trabajo que inició la pionera Laura Serrano, quien, como abogada, peleó para erradicar la Ley de 1947, que prohibía a la mujer calzarse unos guantes. Ese ejemplo fue retomado por peleadoras como Ana María Torres, Jackie Nava o Mariana Juárez, quienes en el retiro o cerca de decir adiós están listas para pasar la estafeta.

“Este es un deporte hermoso que te enseña tanto de ti como persona que no sabías que tenías. Por eso sigo esperando por mi oportunidad para ir por un campeonato... y en el ínter trabajo con las niñas, porque en una de esas, con suerte, ellas podrán tener la igualdad por la que nosotras hoy peleamos y no esperar años a que volteen a verte como retadora por un título”, declaró Kenia Enríquez, contendiente de Baja California, que cada año —sin importar la cantidad de complicaciones— organiza un torneo amateur para motivar a más mujeres a disfrutar de una pasión que va más allá de unos guantes. 

Un reto enorme

Alcanzar lo que los hombres han logrado en el boxeo es una meta casi imposible si se toma en cuenta que esta disciplina lleva siglos de ventaja. Aún así, para Malte Michaelis – dirigente del comité femenil del Consejo Mundial de Boxeo, uno de los organismos con mayor peso a nivel internacional-, “el reto más grande está en abrir puertas con los más conservadores”. El alemán reconoció que el boxeo femenil tiene necesidades diferentes y por eso lo más apremiante son estudios médicos, un programa antidoping y otro que colabore a su fomento.

“Debemos de aprovechar el momento y seguir solidificando las bases. Traemos los guantes bien puestos. No es imposible pelear contra los problemas del sistema”, finalizó.

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