La niebla de la guerra

El problema que presentan un califa y una amalgama de criminales, terroristas y suicidas parecería requerir más que bombardeos de una coalición multinacional motivada por la lógica de antiterrorismo.
La gente se reunió en la Plaza de la República, la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo para homenajear a las víctimas.

Marta Tawil

Desde los atentados terroristas en París, líderes y medios alrededor del mundo mantienen un discurso bélico, sustentado en la premisa de que pulverizar al autodenominado "Estado Islámico" en Siria e Iraq (Daesh, por su acrónimo en árabe) resolverá esta amenaza global. Se olvida que lo que sucede en Francia es producto de factores estructurales y decisiones de larga data: el debilitamiento del Estado iraquí y el sufrimiento de su población bajo el régimen de sanciones internacionales desde 1991; la permanencia de gobiernos autoritarios y dictatoriales apoyados política y financieramente por las potencias occidentales; la fatal "guerra contra el terror" que Washington declaró hace cerca de 15 años y que lo llevó a invadir Irak, derrocar a su gobierno y eliminar a su ejército. A los efectos adversos de esas políticas se sumó, desde 2011, la represión sangrienta, por parte de los regímenes árabes, de las demandas populares, masivas y originalmente pacíficas de justicia social (la "Primavera árabe") y la falta de apoyo consistente y coordinado a esas reivindicaciones por parte de Estados Unidos, la Unión Europea y sus aliados en Medio Oriente (Turquía y los países árabes del Golfo). Por último, existe entre los sunís de Medio Oriente una crisis profunda de representatividad, legitimidad e integración política.

Una de las particularidades del Daesh y su jefe, Abou Bakr Al-Bagdadi, autoproclamado califa en junio de 2014, es su capacidad de manipular lo imaginario y simbólico. Alude a una forma de gobierno que se asocia con frecuencia a la idea de una época de oro del Islam, al paraíso perdido de la unidad y del poder de la comunidad de creyentes cuyo regreso a la organización transnacional anuncia con un mensaje mesiánico, emblemático de la crisis de identidad que vive el mundo árabe. En segundo lugar, el Daesh comete crímenes horribles y espectaculares que intensifican su capacidad de persuasión y fascinación entre una generación de jóvenes que, a diferencia de los grupos y partidos islamistas, se ven motivados por un nihilismo y un individualismo extremo, no por el objetivo de crear sociedades más justas, organizadas, o un futuro digno para sus comunidades.

Al tener una población mayoritariamente suní gobernada por un régimen alauí sostenido por Irán, Siria ofrece a Daesh un escenario muy prometedor en términos estructurales, y desde que la organización apareció en escena, el régimen sirio de Bashar al-Asad la convirtió en moneda de intercambio en las negociaciones en la ONU y con sus opositores para ceder lo mínimo en cualquier acuerdo que vislumbra la resolución del conflicto.

En julio pasado, el presidente sirio declaró públicamente que su ejército se enfrentaba a un problema de personal, mientras que el Estado Islámico continuaba acrecentando su área de influencia. A la declaración de Asad siguió la intervención militar de Rusia, que inició el 30 de septiembre. Putin desea afirmar la posición de Rusia a nivel mundial. Teherán, por su parte, ha tenido cuidado de proyectar sus ambiciones regionales en Medio Oriente no solo con base en un proyecto exclusivamente chií, sino en uno que incorpore temas preciados para los árabes (en su mayoría sunís), como el palestino, la lucha contra el expansionismo israelí y otros temas de una agenda antiimperialista. Ahora bien, en el contexto de la guerra en Siria y la incertidumbre que pesa sobre el futuro del país, Teherán percibe que el tema de las lealtades chiíes en Siria y Líbano es prioritario para preservar su influencia, independientemente de la forma geográfica que tome Siria o la composición del futuro gobierno. Quienes supusieron que Irán abandonaría a Damasco tras el acuerdo nuclear al que llegó con la "comunidad internacional" en julio de 2015 no podían haber sido más ingenuos.

Si bien el Daesh es un fenómeno minoritario en el mundo musulmán, el vacío de poder en países como Libia, Siria, Yemen e Irak tardará en resolverse; los tropeles de personas alienadas, traumatizadas y frustradas desde hace décadas por el autoritarismo y las guerras tampoco se detendrán pronto, independientemente de que se eliminen las bases del Estado Islámico en Raqqa. Asimismo, el avance del Daesh dependerá de las condiciones específicas de cada país en la región y de su grado de estabilidad institucional. Líbano es de los más vulnerables. Resulta especialmente atractivo para los yihadistas, pues atacar a Hezbolá y a sus aliados aumenta su prestigio entre su base popular siria debido al apoyo abierto y directo que la milicia chií ofrece al régimen de Bashar al-Asad, y porque en Líbano sigue aumentando la franja de sunís empobrecidos y políticamente marginados. Así, un día antes del horror que vivieron los parisinos, el Estado Islámico atacó de manera similar en Bourj al-Barajneh, suburbio al sur de Beirut, matando a 43 personas e hiriendo a unas 240.

Por lo anterior, el problema que presentan un califa y una amalgama de criminales, terroristas, guerrilleros y suicidas parecería requerir más que bombardeos puntuales de una coalición multinacional motivada por la mera lógica de antiterrorismo con tácticas de corto plazo. El discurso bélico que escuchamos todos los días por parte de funcionarios y medios no se extiende en las causas anteriores. Al pasarlas por alto, arroja un velo sobre la complicidad de las autoridades turcas y sirias con el Daesh, y sobre los juegos de poder de Arabia Saudita y otras monarquías del Golfo; asimismo, sobre la instrumentalización de la división entre sunís y chiíes que efectúan Irán y Arabia Saudita en su lucha por el poder regional, o sobre la carrera armamentista en la cual diversos países ofrecen dinero y armas a intermediarios improvisados, cuyos planes, muchas veces sectarios, exacerban las fracturas sociales y degradan todavía más las instituciones estatales ya de por sí en descomposición.

A su vez, continúan las masacres cotidianas en Siria e Irak, mientras que países árabes, Turquía, la Unión Europea y Estados Unidos refuerzan los controles en sus fronteras para alejar a cientos de familias que huyen de la violencia de sus gobiernos y de grupos radicales. Se trata de un escenario multidimensional, con fuerzas con orígenes tan diversos como diversas son las víctimas, que se reconocen tales en el centro de la confusión. La niebla de esta guerra, del Daesh y contra el Daesh, resulta de la irresponsabilidad política y social, el cinismo y la enajenación moral. Naturalmente, la solución no radica en atizar las fuerzas que animan el desastre, sino en una estrategia regional que demora en articularse.

* Profesora e investigadora en el Centro de Estudios Internacionales del Colmex

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