Sin ataduras

Lincoln, “ranchero mexicano”

Agustín Gutiérrez Canet

En la reciente visita a la Casa Blanca, el presidente Donald Trump obsequió al presidente Andrés Manuel López Obrador un bat de béisbol y una biografía de Abraham Lincoln, escrita por Albert J. Beveridge.

Beveridge fue senador en la primera década del siglo XX, conocido por sus opiniones en favor del imperialismo estadunidense, y del apoderamiento del territorio mexicano por parte de Estados Unidos.

En su biografía sobre Lincoln, dicen críticos estadunidenses, Beveridge sustrajo los mitos del héroe y lo mostró como un político imperfecto y complejo.

Revisé una edición electrónica del libro y en efecto, el autor no siempre exalta la figura de Lincoln y critica su papel como opositor a la guerra contra México, equiparable a un acto de suicidio político.

Lincoln fue miembro del desaparecido partido Whig en la Cámara de Representantes de 1847 a 1849, cuando la invasión de México ya había empezado, estaba en pleno desarrollo y faltaba poco por concluir.

Una de las razones por las que Lincoln se opuso a la guerra contra México fue por la escoria de la esclavitud, consciente de que los estados sureños querían expandirla no solo en toda la Unión Americana, sino en los territorios arrebatados a México.

“El siguiente paso sería apoderarse del territorio del pobre México, la invasión de las fértiles tierras de Sudamérica, seguida de las islas adyacentes, cada una de las cuales serían campos adicionales de esclavos”, dijo Lincoln en un discurso en el Capitolio.

En efecto, a Lincoln le costó ser opositor a la guerra contra México, que era una guerra popular. Fue acusado de ser un traidor a Estados Unidos, lo tacharon de defender a los mexicanos en contra de los propios estadunidenses. La carrera política de Lincoln parecía que estaba muerta.

El 11 de mayo de 1846, cuando Lincoln todavía no llegaba a la Cámara, el presidente James Polk pidió al Congreso declarar la guerra contra México, destinó diez millones de dólares y convocó a 50 mil voluntarios, pero fueron 300 mil, los que respondieron al llamado a las armas.

El fervor patriótico de los estadunidenses contra México estaba al rojo vivo. Era una ola nacional de noticias distorsionadas de robos sin castigo, asesinatos impunes y humillaciones de mexicanos a estadunidenses, desde la separación de Texas.

Posteriormente, ya como representante, Lincoln acusó a Polk de lanzar la guerra de manera “anticonstitucional” y de ser “innecesaria”. Lo retó a probar que soldados mexicanos habían cruzado la frontera nacional y causado el derramamiento de sangre en territorio estadunidense.

Por esta razón, se burlaron de Lincoln y le pusieron el apodo de “ranchero spotty”, por insistir reiteradamente a Polk en indicar el preciso lugar (spot, en inglés) donde supuestamente sangre americana fue derramada en suelo de Estados Unidos a causa de militares mexicanos, para justificar la declaración de guerra.

Los soldados estadunidenses “no eran más que unos carniceros y asesinos”, afirmó en esos términos el que sería el futuro líder de la Unión Americana.

La visita del presidente López Obrador al monumento a Lincoln significó un atinado gesto de gratitud del pueblo de México al mejor presidente de Estados Unidos por su firme valor moral, impávido ante la adversidad.

gutierrez.canet@milenio.com
@AGutierrezCanet

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