Columna de Aldo Flores Quiroga

Por qué ir a Medio Oriente

Aldo Flores Quiroga

La gira del presidente de México a Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, los cuatro países árabes de más alto ingreso en Medio Oriente, fue una aproximación necesaria y útil. En los últimos 30 años el mundo cambió, Medio Oriente cambió y México cambió. Era preciso iniciar una etapa distinta en la relación, más congruente con una nueva realidad en la que Asia, desde Suez hasta Tokio, juega un papel más importante, Medio Oriente ha logrado desarrollarse más y México se ha abierto política y económicamente. Convenía presentar en esta región a un México más abierto, más plural, capaz de reformarse y discutir consigo mismo, interesado en dialogar, intercambiar puntos de vista, aprender y abrirse paso en el mundo.

La Península Arábiga de 2016 no es, por mucho, la de 1976; ni siquiera la de hace 10 años. Los países que el Presidente visitó han alcanzados niveles de crecimiento económico e ingreso altos, impulsados por la bonanza petrolera, pero también por el aumento de la población y una corriente creciente de comercio, turismo y servicios. Una vertiginosa transformación de su paisaje urbano y sociedad lo atestiguan. Ahí están los famosos rascacielos de Dubái, los centros financieros de Riad y Dubái, los nodos aeroportuarios de alcance mundial en Abu Dhabi, Doha y Dubái, las autopistas y una larga lista de obras nuevas que asombran a visitantes de todos los continentes. Millones de trabajadores migrantes de alta y baja calificación se mudaron a la región para crear esta prosperidad en el desierto, a grado tal que la proporción de extranjeros con respecto a la población local es muy alta; en los Emiratos alcanza hasta 80 por ciento.

Un reacomodo de este calado requirió mucha energía. Para apoyar la expansión y la incipiente diversificación económica de estos países fue necesario transportar por aire, mar y tierra grandes cantidades de materiales, equipo y trabajadores. El consumo regional de turbosina, diésel, gasolina y combustóleo creció como nunca. Fue tanta la gente que se mudó a esta región de agua escasa e inhóspito clima que se multiplicaron las plantas de desalinización y generación de electricidad para atender la creciente demanda de agua limpia, refrigeración e iluminación. Medio Oriente se colocó así como la región de mayor intensidad energética. Hoy una pregunta común es si, a este ritmo, los exportadores de petróleo generarán los mismos excedentes en la próxima década. No en vano los ministros de energía han puesto el énfasis en mejorar la eficiencia energética.

Estos países aprovecharon durante la última década sus altos ingresos para proyectar su poder suave y duro. Del lado suave, la narrativa de éxito complementada con los museos, las universidades, las colecciones de arte, las estaciones de televisión Al-Jazeera y Al-Arabiya, y hasta los hoteles que emulan el sueño de la abundancia, ampliaron la imagen de la región más allá del petróleo, las perlas y el conflicto tribal. Con los recursos de sus fondos soberanos de inversión salieron por el mundo a comprar bienes raíces, empresas, obras de infraestructura, equipos de futbol. Contradictoriamente, apoyaron una agenda de apertura desde una sociedad cerrada. Del lado duro, la actividad de los ejércitos árabes y el activismo internacional se intensificó, para bien y para mal.

La acumulación de estas tendencias provenientes de Medio Oriente aconsejaba cambiar la forma de actuar. Para México, tan obsesionado con el precio del petróleo, era necesario profundizar la conversación con esta región que exporta cerca de 20% del petróleo que el mundo consume. Era útil establecer canales de diálogo directos para entender cómo perciben los serios riesgos geopolíticos provenientes del Golfo Arábigo, que influyen sobre el propio precio del petróleo y, con frecuencia, exigen tomas de posición en el Consejo de Seguridad de la ONU. Convenía identificar afinidades y señalar diferencias. Tenía sentido que los líderes de estos países escucharan la versión de México sobre sí mismo y sobre los desafíos que el mundo enfrenta.

En las relaciones entre países, como entre las personas, sirve hacerse presente, registrar puntos de vista, escuchar argumentos, expresar intereses, ajustar percepciones. Toma tiempo construir relaciones de este tipo. Con todas sus bondades, el internet es aún incapaz de sustituir el contacto directo. Una imagen vale más de mil palabras, pero un encuentro en persona con el lugar y sus líderes vale aún más. Las relevancia de las visitas presidenciales importan va más allá de la atracción de inversiones. Importa que México contraste y confirme sus valores frente a los de otras sociedades. No es trivial que a México se le escuche y se le vea bien, con una idea clara de su propósito, en Medio Oriente o cualquier parte del mundo.

* Secretario general del International Energy Forum, Riad, Arabia Saudita

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