Bala de Terciopelo

Vivas y muertas

Ana María Olabuenaga

Mi madre tiene 84 años. En la casilla de los formularios donde se pregunta por la ocupación, ella siempre escribe “ama de casa”, si el espacio es muy pequeño pone “hogar”, y si está muy apretadito, me pide a mí que ponga alguna de las dos. Es hija de un par de republicanos de origen campesino que tenían la escritura muy quebrada, con los cuales huyó de la guerra civil española. Ya en México, la metieron a estudiar con las monjas. Mi abuela, su madre, le enseñó a ejercer con maestría la cocina, la costura, el lavado de pañales y el planchado de camisas. Cuando mi hermana y yo nos hicimos un poco más grandes, empezó a pintar y leía mucho. No estudió ninguna carrera y nunca ha marchado en una manifestación. Mi madre es una feminista radical.

Y lo es, como tantas otras de su generación, porque educó a sus hijas aún en contra de su propia historia y a costa del “deber ser” familiar. Nos educaron inventando una libertad que ni siquiera ellas mismas conocían. Radical.

La postal personal sirve de preámbulo para subrayar un hecho fundamental que plantea y explica la Academia: no hay un solo tipo de feminismo, hay muchos. Aunque lo cierto es que todos parten del mismo principio: las mujeres tienen una desventaja histórica que las ha ubicado en una condición de desigualdad, situación que aspiran a vencer para lograr con ello la igualdad. Simple. No tiene que ver con ideologías ni con política. No tiene que ver con partidos, con trabajar en el gobierno ni tampoco tiene que ver con ser o no la esposa de alguien importante. No habla de la derecha, pero tampoco habla de la izquierda. Habla de mujeres.

De eso mismo habla el silencio que busca el paro del 9 de marzo: de las mujeres. De las mujeres que se ausentan. De las mujeres que no están. De las mujeres que no existen. Una idea que, de tan simple, termina por ser enorme, doler y perturbar.

Regresemos por un instante al principio de todo feminismo: luchar por la igualdad. El paro del 9 de marzo conmueve porque es aún anterior al principio mismo, es la condición mínima para luchar por la igualdad: estar viva. ¿Realmente es tan difícil de entender? Estar viva, eso tan sutil: respirar.

Muerta no eres ni de derecha ni de izquierda. Muerta no eres conservadora ni liberal ni neoliberal ni antiliberal. Muerta no eres progobierno o antigobierno. Muerta no hay partido. Muerta no eres. Muerta no estás. De eso trata el paro del 9 de marzo. De hacer más hondo el silencio para que todos los que tienen que oír escuchen una sola pregunta: ¿Y si un día nos matan a todas?

Vale la pena subrayar: a todas. ¿O acaso es necesario recordar que Fátima no tenía filiación? Por eso no importa si dicen que en el movimiento hay de todo, ¡qué bueno!, que vengan más. Todas. Da igual el color o la filiación. Lo que cuenta es que estén vivas, nada más.

Por eso lastiman los comentarios que vienen del gobierno mismo y que tratan de desprestigiar el paro. Una secretaria de Estado burlándose y pidiendo que las mujeres no se queden en las casas y eviten con ello la tentación de lavar platos. Una publicación promovida por el gobierno que invita a reventar el paro porque con ello se apoya al Presidente.

Este 9 de marzo yo voy a parar para descubrir si mi país respira o no, si mi gobierno escucha o no y si aspira a ser feminista o esquirol.

@olabuenaga

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