La impresionante remontada de Lula en la segunda vuelta de Brasil, el pasado 25 de octubre, es una victoria para la causa progresista. Tras perder ante Flávio Bolsonaro en la primera vuelta, Lula sumó 10 millones de votos más y ganó, logrando una conquista histórica para la izquierda. El presidente venció al proyecto político del miedo, el odio y el resentimiento. Con todo, su triunfo tiene otra dimensión.
Lula enfrentó una gran ofensiva digital de la derecha, amplificada en plataformas de empresas extranjeras. Circularon mentiras, propaganda generada con inteligencia artificial y ataques para desprestigiarlo. La justicia electoral ordenó retirar publicaciones de Bolsonaro, incluida una imagen falsa de Lula creada con IA. El Ministerio Público encontró que una de cada cinco respuestas de asistentes de IA recomendaba candidatos, pese a estar prohibido. Mientras tanto, Instagram y WhatsApp recomendaban perfiles de Flávio Bolsonaro y la difusión de mensajes de Lula sufrió restricciones injustificadas.
Después de una investigación, Meta admitió fallas en sus sistemas, incluida una IA que generaba carteles favorables a Bolsonaro mientras los rechazaba para Lula. Aunque no se ha probado una actuación concertada, lo ocurrido revela un riesgo muy grave. Unas cuantas corporaciones extranjeras pueden, mediante algoritmos opacos, inclinar la visibilidad de las candidaturas y condicionar el debate democrático en el que millones deciden su voto.
A pesar de todo, Lula se impuso. Su victoria en Brasil ofrece una lección que el progresismo en la región no puede ignorar. No basta con denunciar el odio ni confiar en que la verdad se abrirá paso por sí sola. Es necesario disputar el ecosistema digital a la derecha, y hacerlo mediante la acción política colectiva.
La primera clave fue convertir a millones de simpatizantes en una fuerza digital organizada. El diputado André Janones impulsó el canal de WhatsApp “Ejército de Lula”, que pasó de 55 mil seguidores después de la primera vuelta a 10.8 millones antes de la segunda. En el canal se delegaban tareas concretas. Difundir mensajes propios, impulsar tendencias, abrir conversaciones y sumar a más personas a la campaña. La viralidad dejó de ser una cuestión de azar y se convirtió en organización popular.
La segunda fue dejar de alimentar la narrativa de la derecha. La consigna era no regalarles visibilidad respondiendo a cada provocación, por falsa u ofensiva que fuera. Cada reacción aumenta su visibilidad y termina por convertir al adversario en dueño de la conversación. En vez de discutir el tema que impone el odio, la campaña puso al frente sus propias ideas. La justicia social, los derechos, la igualdad y las oportunidades ocuparon el centro de los mensajes y las tendencias impulsadas por la militancia.
La tercera fue dirigirse a quienes podían ser convencidos. En lugar de insistir con quienes abrazaban el odio y el resentimiento, se buscó a las personas indecisas, especialmente a las y los jóvenes. Con videos breves, mensajes claros y un lenguaje cercano, Lula recuperó la historia del obrero metalúrgico que conoció la pobreza y dedicó su vida a combatirla. El presidente no se limitó a hablarle a sus seguidores. Les dio herramientas para hablar con sus familias, amistades y comunidades.
La cuarta fue defender la integridad de la elección mediante las instituciones. Ante las restricciones digitales y la propaganda engañosa, el movimiento acudió a la justicia electoral y exigió reglas iguales para todas las candidaturas. La denuncia pública no basta. Las plataformas deben rendir cuentas y las autoridades deben actuar a tiempo, antes de que se distorsione la voluntad popular.
Por último, la movilización digital no sustituyó al trabajo en el territorio. Lo complementó. Los mensajes se convirtieron en conversaciones, las conversaciones en organización y la organización en votos. Su fuerza seguía estando en los vínculos reales, construidos a ras de tierra entre las personas, los movimientos populares y las comunidades.
La elección de Brasil muestra que la política de la dignidad puede derrotar al odio y el resentimiento. Al mismo tiempo, es evidencia de que la organización popular puede hacer frente al poder de las plataformas extranjeras. La lección para las izquierdas de América Latina y del mundo es irrenunciable. Ninguna corporación debe intervenir en nuestras elecciones para favorecer a líderes afines a sus intereses, sin importarle el costo que ello suponga para la democracia y la autodeterminación colectiva.