Columna de Augusto Chacón

Verdad, justicia, recomenzar

Augusto Chacón

En muchas novelas de Agatha Christie los crímenes suceden en espacios geográfica y socialmente muy acotados. Un libro con dos historias escritas por ella: “Crooked House”, de 1949, y “Ordeal by Innocence”, de 1958, se titula: Murder at the manor, de manera simple podríamos traducirlo como Asesinato en el señorío; manor es un término al que en español sirve bien la expresión señorío, en Inglaterra corresponde a una propiedad de gran extensión en cuyo centro está la casa del señor, una mansión que evidencia la riqueza y el poder del susodicho y de su familia; el vocablo tiene reminiscencias feudales, el lord del manor no sólo es dueño, en sus tierras él dicta ciertas reglas.

El mecanismo del que Agatha se vale en sus narraciones es sencillo y encantador: un grupo pequeño de personajes y un muerto, a veces más de uno, que desata las historias que cada uno acarrea. La resolución del caso pasa por evidenciar, sin estridencias, incluso elegantemente, los vicios, las maneras de relacionarse y los intereses de los involucrados, que acusan un rasgo común: en mal momento coincidieron en el señorío; los rituales antiguos, propios de cualquier manor que se respete, ésos que propician la atmósfera romántica de las obras de Christie, quedan en suspenso cuando el cadáver aparece, es el punto de arranque para practicar la observación aguda de los menores detalles y del contexto, para luego engarzarlos mediante una lógica impecable que nos da a conocer quién es el asesino y por qué mató.

En ese cosmos diminuto, social y económicamente peculiar, la muerte no deja indiferente a nadie, los días que toma resolver el misterio todo se trastoca y alguien que no es el lord, un detective o una señora con habilidades especiales, toma el control, lo que significa que todo gire en torno a llegar a la verdad; pensar que entre ellos hay un asesino los desquicia, y la sorpresa por tener cerca a alguien capaz de romper el acuerdo social más preciado, no matarás, pone en vilo a la sociedad representada en ese minúsculo territorio de novela. Lo único que los redimirá, y a su mundo, es entender que pasó, restaurará el discurrir de sus vidas, de la vida.

Más allá del valor literario que demos a la obra de Agatha Christie, el gusto por su trabajo permanece; muchos se han dejado llevar a su cosmos, no para tomar modelos morales, simplemente, creo, para habitar por unas horas planetas parecidos al nuestro, habitados por gente similar a nosotros, sólo que, ambos, ideales, aún en sus defectos. Recurro a Agatha, a sus casos, por el deseo de buscar otro ángulo de aproximación a la crisis (y que cada cual agregue el adjetivo que prefiera, o todos: terrible, pavorosa, vergonzosa, terminal) de seguridad pública que atravesamos, o peor: en la que estamos estancados.

Al contrario de las tramas dulces de las novelas policiacas como las de Christie, en nuestro espacio acotado, en la multitud de espacios como Guadalajara, señoríos de lores violentos que imponen su ley y nos desprecian, los muertos se acumulan cotidianamente y dejamos la posibilidad de reparación al tiempo que nomás insensibiliza y a la simulación de olvido; las explicaciones que guíen a la verdad, y ésta como vía hacia la justicia, son únicamente materia para novelistas que no buscan recrear la realidad para perfeccionarla, sino ponernos frente a lo que como sociedad hemos hecho y horrorizarnos (léase, además de Una novela criminal de Jorge Volpi, Los divinos, de Laura Restrepo), desde ahí nos abisman a la verdad que intuimos, presentada tan crudamente que parece de ficción, con lo que, sin proponérselo, alcanzan a desarticular una tanto la esperanza en la justicia; el mundo, el nuestro, no se endereza ante el influjo de la verdad así expuesta, y al cerrar el libro no sabemos qué hacer con ella, pero al mismo tiempo agradecemos poseerla; somos más fuertes y un poco mejores cuando la literatura nos echa su luz, individual y asimismo comunitaria.


agustino20@gmail.com

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