Del plato a la boca

Canasta fortificada

Benjamín Ramírez

La alacena prehispánica demostraba el carácter elemental de la dieta indígena; entre maíz, frijol, calabaza, chiles, cacao, amaranto, chía, tomates y jitomates se lograba sostener a un pueblo, por medio de estos alimentos se confeccionó el misticismo necesario para agradecer a la tierra por los mantenimientos; sin embargo, y con el paso de los años, las necesidades y las variedades nutricionales se incrementaron. Es así como llegamos al siglo XXI, con los antecedentes futuristas heredados por la Guerra Fría y la carrera espacial, en la que se planteaba la alimentación por medio de píldoras, comida deshidratada y la reducción de tiempos de preparación, algunas de ellas se hicieron realidad, otras solo nacieron para evidenciar sus riesgos a la salud. 

Realizando la comparación anterior, y siguiendo el sentido común, se podría imaginar que en este momento la alimentación, al menos en el caso mexicano, estaría planificada desde la lógica nutricional, sustentada por políticas públicas en función de la salud y aplicadas por medio de programas que garantizaran el alcance a toda la población, las evidencias apuntan a que no es así. Hasta hace unos días la Canasta Básica Alimentaria estaba constituida por 23 productos, entre los que se encontraban: maíz, frijol, arroz, azúcar, aceite vegetal, atún, sardina, lenteja, leche (fluida, en polvo y derivados), café soluble, sal de mesa, avena, harina de trigo, entre otros. Dichos ingredientes, algunos sumamente importantes, no aportaban en su totalidad las necesidades fisiológicas básicas, estando limitada la proteína y grasas de origen animal, sin mencionar que el número de estos era evidentemente escaso. 

A partir de este año se incorporan a dicha lista 17 productos más, entre los que se pueden resaltar: carne de res, puerco y pollo, huevo fresco, frutas deshidratadas, cuadros básicos de frutas y verduras, cacahuate, chía y amaranto. Estos últimos (chía y amaranto) representan un cúmulo de símbolos históricos; retomando la época prehispánica, el uso del huautli (amaranto) y chía fue prohibido por los españoles debido a su asociación con Huitzilopochtli y el sacrificio humano, y, más allá de la carga religiosa, su aporte proteínico y vitamínico llega a superar al del maíz. Por lo tanto, llevada por buen camino, estaríamos frente a la posibilidad de sobrepasar las alarmantes cifras en obesidad (infantil y adulta), hipertensión y diabetes, enfermedades que han dejado en evidencia la perdida de conocimientos de la cocina mexicana, la cual puede presumir, como muchas otras, de poseer alternativas naturales, de bajo costo, nutritivas y lejos de los alimentos industrializados.


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