Del plato a la boca

Los consejos de mamá

Benjamín Ramírez

Muchas fueron las lecciones que Jacinto recibió de su madre, una mujer que a la edad de 25 años aceptó ser la esposa de José Miguel, arquitecto recién egresado de la universidad local con aspiraciones a dirigir las obras urbanísticas de su ciudad. Aunque la realidad fue otra no tuvieron ningún problema en consolidar una familia de dos hijos, Matilde y, el ya mencionado, Jacinto. Desde su infancia cada día era una enseñanza que aprender; ser ordenado, estar atento y evitar regaños. 

Jacinto aún recuerda la primera vez que probó un guisado picante; ante la predilección de su padre por platillos “enchilados” era obvio que aquel pequeño mostrara interés por degustarlos; unos chilaquiles verdes serían la prueba de fuego, casualmente su madre colocaría un vaso con agua y otro con leche, Jacinto hizo caso omiso, corto un trozo de pan y se dispuso a saciar su deseo. Uno, dos, tres bocados, el grito, el llanto y el remedio; un sorbo de agua para limpiar la boca y un sorbo de leche para quitar la sensación. Con el paso de los años sería la anécdota de la familia y, también, un respeto hacia tan chillante sensación. 

Años más tarde aquel infante compartió su inocencia con los vecinos de la cuadra, en un país lejos de tablets, smartphones e internet; lo habitual era jugar a las escondidillas, pasear en bicicleta o practicar futbol en plena calle. La rutina era casi siempre la misma, después de la escuela cambiarse la ropa, sentarse a comer y esperar el sonido de la puerta, escuchar los murmullos de niños impacientes y, de inmediato, pedir permiso para salir, acción que era respondida con un “reposa un poco porque acabas de comer”, la medicina dice que el proceso de digestión se lleva a cabo en aproximadamente 2 horas, aunque para poder realizar alguna actividad bastaría con 20 minutos, lapso que jamás era cumplido, pues en la infancia cuatro o cinco niños son una eternidad, bastaba con un puchero o un mirada de lástima para que aquel niño saliera corriendo por la puerta principal. 

Jacinto creció y no fue un santo, su madre lo sabía, cada viernes o sábado era necesario un des estrés y una noche de cervezas eran la terapia perfecta, ante tal hecho no quedaba más que darle un “mal consejo”; las comidas previas a las juergas constaban de alimentos picosos y grasosos, así los efectos en el consumo de alcohol sería aminorados por la grasa y el picante, evitando una resaca mortal, para el desayuno del día siguiente una taza de café cargado, un vaso con agua y el recalentado de la comida anterior eran la mejor solución. 

Ahora, tres décadas más tarde, el señor Jacinto comparte a su propia descendencia los consejos de su madre, aquella que cada que recibe su visita le pregunta si ya comió, el por qué está tan “panzón” o si alguna vez hará caso a sus consejos, con la certeza de que siempre lo ha hecho.

OPINIONES MÁS VISTAS