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Sexenio funesto de Peña Nieto

Bernardo Barranco

Regresiones, desatinos, amagues autoritarios. El sexenio de Peña Nieto ha sido un desastre. El presidente más desaprobado por la ciudadanía. Paradójicamente apostó como candidato a la exposición mediática, contando con la complicidad de Televisa y TV Azteca, y termina siendo el presidente con el más bajo índice de popularidad.
El presidente nunca dejó de ser gobernador del Estado de México. Tampoco alcanzó la estatura que exigía el poder ejecutivo federal. Su talante provinciano resultaba penoso cuando pisaba canchas internacionales ante personajes sólidos como Obama y aún ante el joven bisoño Justin Trudeau. De pena el pobre inglés que exhibía. En suma, bajo perfil intelectual y escaso nivel conceptual de leguaje. Peña Nieto privilegió la forma a los contenidos. Sin embargo hábil para hacer negocios con el presupuesto gubernamental. Las carreteras y puentes fueron los suyo, sus ojos brillan cuando las explica. Buenos negocios al amparo del poder público bajo la sospecha de la turbiedad. Su remedo de último Informe en un ambiente amigable y complaciente a sus supuestos logros frente a un poder legislativo beligerante que en todo momento expuso sus miserias en términos de logros. Son saldos de contrastes de una presidencia fallida. El fracaso del EPN es el fracaso del grupo Atlacomulco y de la cultura política que ha permeado la clase política en Toluca, para todo el Edomex, durante décadas. Una cultura de la forma, de los arreglos, de los disimulos y enjuagues bucales para acercarse, abrazar y hasta seducir al correligionario. Una cultura política que ve con naturalidad la corrupción, la impunidad y la simulación. Estos son los defectos que la sociedad mexicana ha deplorado y ha castigado al PRI hasta convertirlo en un una facción política muy debilitada y avergonzada de haber ofrecido los más bajos índices de credibilidad y resultados. Como en la campaña del 2012 y su gubernatura EPN quiso basar su mandato en su imagen impecable. Ante la falta de visión estratégica su fuerte se basó en el carisma de la forma. La impronta de su imagen pulcra como modelo de masculinidad canonizada en trajes oscuros a la medida, camisas impecables, corbatas vistosas generalmente rojas y un peinado perfecto planchado por gel ultrafirme. Resaltan los contrastes de una presidencia principesca frente a la inseguridad y violencia desbordadas, más de 65 millones de mexicanos en pobreza, decenas de periodistas asesinados, otros reprimidos como Aristegui. A tres meses de dejar Los Pinos carga cuentas pendientes por Casablanca, OHL, Odebrecht, vínculos lóbregos con Hinojosa Cantú. Sin duda, extrañaremos el humor negro sobre el presidente de los memes.

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