La letra desobediente

¿La luz de qué?

Braulio Peralta

Lucina Jiménez, directora del INBAL, está obligada a llegar hasta las últimas consecuencias para esclarecer los hechos que llevaron al líder de la religión denominada “Luz del mundo”, Naasón Joaquín García, a ser homenajeado en el máximo recinto de la cultura, el Palacio de Bellas Artes. No es dejar las cosas como sucedieron, o pedir disculpas. No. Es demostrar quién le vio la cara a quién, de los involucrados en los sucesos; desde la petición del senador Rogelio Zamora, la intervención de Sergio Mayer, hasta si la misma Alejandra Frausto tuvo conocimiento de lo que pasó el 14 de mayo.

De no hacerlo así, de no investigar paso a paso lo que orilló a que “herederos de Cristo” obtuvieran un recinto cultural para su beneficio, entonces el que quedará manchado en su sexenio será el presidente Andrés Manuel López Obrador. Lucina Jiménez es una mujer inteligente, sí, pero actuó con ingenuidad política sin parangón en la historia del Palacio de Bellas Artes, o le dieron la orden de asumir el evento. Ninguna petición, sea del recinto legislativo o de donde sea, debe pasar sin su consentimiento, y con toda la información para salir ilesa. Dejar en manos de segundos, sin experiencia, es justamente el error de un director.

Si era un acto cerrado para escuchar una ópera, si se pagaron poco más de 185 mil pesos por alquilar el teatro, sin duda Roberto Zamora y Sergio Mayer deben ser los principales conocedores de cómo y por qué se pidió Bellas Artes y seguramente sabían que era un acto para la “Luz del Mundo”. Ni siquiera en homenajes a grandes artistas e intelectuales que han sido velados en el lugar, jamás se pidió liturgia religiosa para darle descanso a Juan Gabriel, María Félix, Diego Rivera o Frida Kahlo —esta última que ocasionó el despido de su director, Andrés Iduarte, por permitir que la bandera comunista cubriera el féretro de la pintora—. Si ideología no, religión tampoco. Perdón pero, ¿a la luz de qué o quién?

Lucina Jiménez merece respeto. Pero para que siga existiendo: a los ojos de la democracia, de cara al Estado laico, debe dar información completa de cómo se llevaron a cabo las peticiones para un evento que tuvo repercusiones en el país, donde con pantallas de televisión seguían el evento de su líder, no si tocó bien la orquesta de la marina o los cantantes de ópera estuvieron excepcionales. Fue un acto religioso con características políticas, nadie se engañe, a menos que —repito—, Lucina Jiménez recibiera órdenes desde arriba, y tendrá que tragar camote o renunciar.

No es un problema contra los feligreses. No. Es el respeto a la constitución política de México. No es nada contra AMLO y su gabinete. No. Es un asunto que requiere de la fe de hechos para que nunca más vuelva a existir confusión en la forma de conducirse con apego a las leyes. Si no se investiga, si no se llega a lo más cercano a la verdad, a quien más daña es a la figura de Andrés Manuel López Obrador, que se debe a todas las religiones, a todas las ideologías, a todos los mexicanos —como él mismo lo ha dicho en múltiples ocasiones— y no solo a los de la luz del mundo que no es el mundo. México, Benito Juárez, la constitución y los mexicanos no lo podemos permitir.

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