Australadas

Porritos

Carlos Gutiérrez

Recuerdo aquellos “meses” en los que la UNAM estuvo paralizada. Era por ahí de principios de 2000 y, según consignaban las imágenes, Ciudad Universitaria era un verdadero retrete. Con las instalaciones tomadas por un grupúsculo de macuarros con supuesta matrícula universitaria, pasaron meses y felices días sin que nadie hiciera algo por liberar a la Universidad del secuestro al que estaba sometida. Hasta que alguien se pasó por el arco del triunfo las limitantes leguleyas que mantienen lejos a la fuerza policial bajo el pretexto de la autonomía.
Una cosa es que la institución fuera capaz de tomar decisiones por sí sola, con la legitimidad y la estructura que le asisten, y otra que quienes necesitaban en aquel tiempo de la respuesta del poder del Estado se quedaran con las ganas viendo cómo los hijos de suripanta sometían a un letargo el proceso educativo nacional. Y ni cómo olvidar aquel regocijo cuando por fin los cuicos entraron al campus y fueron subiendo de uno en uno a las lacras fosilizadas que ya estaban encarnando en los edificios universitarios. Como los cayos, las espinas, las astillas y los vellos.
Esto vino a mi mente con el numerito del lunes en el cual un grupúsculo de subnormales buscó (y consiguió) dispersar a los manifestantes del CGH que pugnaban por la vuelta a la normalidad, lo que sea que ello signifique, en sus planteles. No deja de ser significativo que la violencia irrumpa sin límite alguno en donde debería privar el raciocinio y la apertura. Que la intolerancia haga patria ante la complacencia de la seguridad universitaria y de quienes tendrían que tomar decisiones para bien de la mayoría y no en beneficio de unos cuantos porros.
¿O será que a alguien le conviene la presencia de estos grupos de choque? ¿A alguna facción chaira, ultra izquierdosa y mitotera? Porque de otra forma no se explica la presencia de golpeadores, armas blancas y bombas Molotov. Pero además de los líos con narcomenudistas, el consumo de alcohol en áreas públicas y la vida amordazada, maniatada de quienes se supone van a aprender a vivir un mejor país. Uno pensaba que los tiempos románticos de las teorías zurdas trasnochadas ya habían pasado, y que el siglo XXI tenía mejores apuestas que las jaurías de violentos perros represores. Obviamente no es así.
Da la impresión de que alguien sale beneficiado de todo este batidillo fecal universitario y no son, desde luego, las lacras lumpen, adictas y analfabetas que corrieron a punta de golpes a los cegeacheros. Alguien con la capacidad suficiente para reprimir a quienes deberían poner orden.

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