En estos días buena parte de los medios más importantes que cubren la política en Estados Unidos se la han pasado discutiendo si las mediciones, si las encuestas rumbo a la elección del día de hoy en aquel país están en lo correcto, si se puede o no confiar en ellas o qué tanto. Algunos de los directores más prestigiosos y con mejores resultados históricos se han dedicado a advertir que hay que ser cautelosos hasta con sus propias mediciones.
Hay una primera razón para esto. El derrumbe de la popularidad de Donald Trump, de su movimiento y de varios de sus aliados que ahora se juegan puestos en la elección es, según esas mediciones, de magnitudes históricas; para muchos difíciles de creer. El mismo presidente que hace dos años logró derrotar a los demócratas no sólo en el conteo del colegio electoral, sino en los votos depositados en cada urna, el voto popular podría perder la mayoría en ambas cámaras legislativas y en varios estados tradicionalmente republicanos. El último republicano en obtener ese triunfo había sido George W. Bush en 2004; en buena parte por la tragedia del 9/11.
Si uno lee o escucha los análisis sobre las encuestas se puede encontrar otra razón de por qué la discusión de tal vuelta de tuerca ha sido tan intensa: Donald Tump, su carácter, su actuación en este segundo periodo y la absoluta incertidumbre de qué sucederá si los resultados favorecen a sus adversarios demócratas.
Es cierto que tendrá menos capacidad de acción con un congreso demócrata, pero los poderes del presidente de Estados Unidos son bastante amplios en comparación con otras democracias. Buena parte de las decisiones que ha tomado no han siquiera necesitado de su mayoría en el Congreso. Además, no es como si a Trump esas cosas le importaran demasiado.
Trump y sus aliados han invertido mucho tiempo y recursos en esta elección. Y si algo odiará el habitante de la Casa Blanca es terminar su historia como un derrotado, fracasado.
En los próximos días, tal vez desde hoy en la noche, sabremos lo que se viene.
Igual y lo mismo de estos dos años. O peor.