Correr para crecer

En la carrera como en la vida

David E. León Romero

“A menudo pierdo la motivación, pero es algo que considero normal”

Bill Rodgers

El pasado domingo, participé con Amanda (mi esposa) en la edición número 39 de la Carrera del Día del Padre en la Ciudad de México.

Aunque corremos a pasos distintos, Amanda y yo acostumbramos a acompañarnos en determinadas carreras y ésta fue una de ellas. Un evento muy esperado por nosotros, ya que después del nacimiento de Almudena, es el primero en el que Amanda participa. Por tanto, sin mucho apego y disciplina, nos dimos a la tarea de entrenar un par de meses antes.

Cuando tuve el gusto de vivir en provincia, solía correr por las calles empujando una carriola de dos plazas, ocupadas por dos de mis hijos. Apenas con meses de nacidos, me acompañaron a recorrer distancias cortas en paisajes espectaculares. Estoy seguro que ellos fueron descubriendo el mundo a través de esas sesiones y que yo pude reflexionar sobre la importancia de empujar a los hijos en muchos sentidos a través de ellas también. Al volver a la Ciudad de México, esa experiencia terminó para nosotros.

Con esto en mente, Amanda y yo decidimos llevar a mis dos hijos más grandes a esta Carrera del Día del Padre. Qué mejor forma de festejar que haciéndolos parte del evento. La noche anterior, además de preparar algunos elementos y accesorios para Amanda y para mí, fue necesario alistar comida, agua y un par de juguetes para ellos.

El despertador sonó y la madrugada estaba obscura. En el trayecto hacia el punto de arranque, Juan Pablo dijo que esa había sido la noche más corta que había vivido, sin duda tenía sueño.

Todo listo, la carrera inició y yo comencé a trotar cuesta abajo, ayudado por el peso de la carriola, pero debiendo esforzarme para mantenerla en la dirección correcta, esfuerzo que provocó el reclamo inmediato de mis brazos. Los cuatro nos mantuvimos juntos a lo largo de toda la ruta. Al dar vuelta para iniciar la segunda parte de la prueba y comenzar la subida, fue momento no solo de guiar la carriola, sino de empujarla a lo largo de una pendiente de aproximadamente 10 kilómetros. En el kilómetro 17, comencé a sentirme tremendamente cansado. Las porras de mis hijos, de mujeres y hombres corredores, y de espectadores a los costados de la calle me animaban a seguir. Nadie más podía llevarlos a la meta, solamente yo.

Así, después de algunos minutos de sufrimiento, cruzamos la meta los cuatro juntos. Fátima preguntó que quién había ganado, yo respondí que todos; ella sentenció satisfecha: “qué bueno que a todos les dan medalla, así nadie llora”.

Correr un medio maratón con mis hijos en carriola se parece mucho a la vida. Guiarlos cuesta trabajo, empujarlos luce imposible y por momentos es doloroso, sin embargo, la satisfacción de recorrer este trayecto con ellos es algo profundamente valioso, significativo y alentador.

Abastecimiento. ¿Corremos el medio maratón de la Ciudad de México? ¡Anímate!

dleonromero@gmail.com

@DavidLeonRomero

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