Intelecto opuesto

Psicosis social

Eduardo González

La última semana se vivió en Hidalgo un episodio lamentable en donde dos personas perdieron la vida de forma atroz tras ser linchadas y quemadas por un grupo de pobladores del municipio de Tula.

Tras conocerse los hechos, se supo que existe una especie de psicosis colectiva producto de mensajes en redes sociales y por teléfonos celulares en los que se alerta por la presencia de “roba chicos” merodeando pueblos y comunidades del estado.

Aparecieron en Ixmiquilpan, en Atotonilco el Grande, en Tula, en Tezontepec de Aldama, incluso en Pachuca y Mineral de la Reforma.

Las autoridades insistieron luego de los terribles hechos de Santa Ana Ahuehuepan, en que no se debe tomar como una verdad lo que difunden en cadenas de redes sociales, mucho menos lo que se publica en notas y portales de dudosa procedencia, principalmente en Facebook.

Lo grave aquí, estimado lector, es que la psicosis a la que me refiero solo es el detonante de un cúmulo de situaciones que padece la gente que vive en comunidades y barrios, también en algunas ciudades.

Por la nota de las personas que perdieron la vida en Tula a manos de pobladores, tuve que trasladarme a la zona con un grupo de compañeros de MILENIO Hidalgo en donde constatamos que muchas de las comunidades del Valle del Mezquital siguen viviendo en la autogestión.

Es decir, ellos se cuidan, ellos son sus propios policías y por ende, son su propio juzgado. En los pueblos como Santa Ana Ahuehuepan, la ley no es la que conocemos, la ley la ejerce el propio pueblo.

Lo mismo en Tezontepec, lo mismo en Ixmiquilpan, lo mismo en colonias de Pachuca, o en Tizayuca, donde cada vez es más común ver mantas, lonas, pancartas con leyendas amenazantes en contra de ladrones, de personas ajenas.

El libre tránsito en el país ha quedado condicionado a no ser mal visto o a no parecer como sospechoso de un delito so pena de muerte, garantizado.

Durante nuestro recorrido, el escenario es el mismo. Calles desoladas, con gente en las esquinas, jóvenes en motocicletas informando de cualquier detalle, señoras que atienden tiendas pero que también cuidan de sus vecinos, de sus propios hijos.

Una desconfianza terrible y generalizada, producto de esa misma psicosis en donde creemos que todo será en nuestro agravio; donde esperamos lo peor siempre, para estar preparados y responder de la forma que nos gustaría pero no podemos: sacando toda la energía y coraje en contra de quien se deje o quien termine pagando los platos rotos.

La justicia en el estado de derecho ya no se acopla a la vida de los pueblos. Las autoridades deben intentar recomponer el camino porque más allá de un problema de ingobernabilidad o falta de comunicación con sus ciudadanos, el tema trasciende y parece expandirse de una generación a otra.

eduardogonzalez.lopez@milenio.com




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