Crónica

No es de malos bigotes

Emiliano Pérez Cruz

Y al Petrus se lo cargaba el diablo, porque no pudo trabajar: fue a la gasolinera: inmensa la cola y, sin embargo, se formó; resignado a cargar aunque fuesen unos cuantos litros, circuló en busca de pasaje. Antes tuvo que soportar a la Eloína: ¿Qué esperas que no te largas? Entre más tardes más cola vas a encontrar y acuérdate que los hijos tienen la mala costumbre de comer, ¿con qué le voy a llenar la boca a tus cuatro monstruos?

Salió de casa y ¡oh, surprais! En su vecindario las gasolineras habían agotado el producto; estaban cerradas y la fila de carros: interminable. La policía municipal inició sus rondines en bicicleta para sumarse a la emergencia por el desabasto. Petrus es de los del volante ruletero que han sabido administrarse: propietario de cinco unidades, alega:

–Si obtener gasolina para un carro está del caracho, imagínate yo: cinco familias somos afectadas y trabajar de chino libre tiene sus asegunes: sin gasolina no circulas, y si no circulas no hay pasaje que atiendas y si no atiendes no hay billete y si no hay billete no hay para la comida, el vestido, la gasolina para repetir la rutina, y la domadora no perdona: espera que a la primera vuelta regreses para darle lo del gasto, se lanza al mercado, prepara los alimentos, le da de comer a la lavadora, pone agua y alpiste a los canarios...

–Mejor vete y deja de alegar —urge la Eloína y amenaza—: o me voy con las chicas de la Soledad a pirujear y en dos por tres traigo para lo necesario.

El Beto la miró con ojos de pistola: “Mira qué sacrificada eres, tú”, dice entre dientes y se pone al volante. En la gas de Prosperidad los despachadores juegan tochito. La de Periférico y Pantitlán, cerrada, igual que la del Pulpo. Encontró a uno de sus colegas de la ruleteada y se pusieron a chismorrear:

–¿Dónde habrá menos cola?

–Sabe. Yo vengo de Los Reyes-La Paz y apenas alcancé 20 litros. Jálate hacia el ex DF pero rumbo al norte, quién quita encuentres algún changarro con gasofia y pocos compradores: m’hijo Juanín vive en Querétaro y dice que allá está escasísima la gas y de plano se subió a la bicicla para correr y correr los 20 kilómetros de su casa a la chamba; me comenta que tienen poca clientela: la gente no se puede mover; dice que es muy chido ver la ciudad sin tráfico, aunque el restaurante no ha podido recibir las mercancías y atienden a la clientela con un servicio de la carta mínimo, porque pues ¿de dónde, si el abasto nos llega por carretera? y en patas de hule.

Los encabezados de los diarios movían a desistir la visita a la gasolinera: Alista Pemex contratos sin licitación abierta; Huachicoleros lavaron 45 mmdp en dos años; Lavan de Pemex $10,000 millones; Gobierno reabrirá siete ductos; Detectan lavado de millones de pesos y fraude con guachicol; Hay 13 mil km de ductos vulnerables; Gobernador viaja a Texas por gasolina; Temen golpe en la actividad económica; López Obrador confía en el éxito de su lucha contra el robo de combustible; Identifican huachicoleo de cuello blanco…

A pie de las carreteras se vendía el combustible robado. El consumidor lo adquiría. Los gasolineros le compraban a los ladrones. El fisco se hace de la vista gorda. La corrupción es lubricante que dinamiza las relaciones del poder en México. Pero el Petrus debe llevar el gasto día con día o su domadora se para de uñas. Se despide del colega y enfila hacia los municipios vecinos. “¡A la cola, a la cola!”, le gritan cuando mañosamente le hace plática a otro ruletas al que reconoce. “Ai te ves, porque la perrada está rabiosa de sed. A ver qué encuentro”.

—Rabiosa tu proge —le reviran desde el anonimato de la fila. Pasa por Chicoloapan. Filas y filas en los escasos expendios abiertos a la espera que lleguen las pipas a surtir el combustible. En un semáforo en rojo pide el periódico al voceador, quien le dice: “Vaya por aquí rumbo al centro de Chico, jefe, y donde le hagan señas con una franela verde, venden gasolina”. Vas tendido.

Entra al baldío acondicionado como estacionamiento, acuerda costo y cantidad. De un bidón y con una manguerita le surten 20 litros. Pinches abusivos: 50 por ciento más cara, sí duele pero no hay de otra. Detrás entra el Ñáñaras, su padrino porque le llevó a bendecir uno de los autos; le dice dónde venden huachicol en el barrio: “Nomás que ya sabes la regla de oro entre malandros: ver, oír y callar, si las quieres cotorrear. Vamos, cargamos cada quien su garrafa y a chambear, ¿pa qué hacerse la vida de cuadritos? Nos vemos al mediodía en la pancita de doña Lucas, ¿va?”

El Petrus asiente y trepan a sus poderosas naves con la bandera de Libre en alto. Como es fin de semana, escasea el pasaje. Hay que andar perreando, atenerse al taxímetro, ayudar a las doñitas a subir bultos y canastas a la cajuela. Es enero con su cuesta y el cliente lo sabe y regatea, intuye que no faltará el muerto de hambre que se pone de a pechito y abarata los viajes, pero así es esto del abarrote, qué caray.

Petrus compra dos tamales y un vaso de atole de maíz para engañar al hambre, porque la domadora se aferró a que ni para un cuarto de jamón le ha dado y todavía exige lonche. Es que la gente está gastada, Eloína, apenas gastaron en Navidad, Año Nuevo, Reyes Magos, y tengo que cargar gas donde halle y a como lo halle, aguanta y todos tranquilinos.

En la Central de Abasto de San Vicente le hacen la parada. ¡Es la Pataschuecas! Novia del Ñáñaras. ¿Qué, llevas mucha prisa o vamos a mi cantón aquí cerquita? Ándale y te doy pa’l chesco. No es de malos bigotes la morra. Con zapatillas y minifalda se le ven menos peor las piernas arqueadas, morenas. Te cobro la mitad, manita, pa’ persinarme y que me traigas buena suerte. Ya vas, y te invito unos chilaquiles verdes que preparo en 15 minutos, con un par de huevos estrellados y montados, ¿va? Va, nomás por los montados, acepta el Petrus y le guiña un ojo a la Pataschuecas, que de volada emite la advertencia:

–Pero que no se entere aquél, ¿va? Un rapidín-rapidín, manito, ¿va?.

* Escritor. Cronista de Neza



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