Verdad amarga

El sexenio imaginario

Enrique Sada Sandoval

Acostumbrados a la solemnidad de lo efímero tanto como de lo insustancial, los mexicanos de antaño aguardaban de algún modo u otro la llegada del mes de Septiembre por dos razones principales: la primera; las llamadas fiestas de la “Independencia”, impuestas por Don Porfirio Díaz el 15 —para celebrar sus cumpleaños— en vez del 27 en que el Libertador Agustín de Iturbide hizo su entrada triunfal a la capital del Imperio Mexicano en 1821, como solía celebrarse en el siglo XIX; y la segunda, el día primero; fecha en que los presidentes de la República, desde la imposición de Guadalupe Victoria en 1824 hasta el sexenio de Vicente Fox, solían brindar su Informe de Gobierno ante el Congreso de la Unión, y por ende, se supone, rendir cuentas de sus actos ante la Nación.

En el primer caso, más que el patriotismo, los mexicanos solían esperar ansiosos para las celebraciones y el consabido puente o descanso oficial que implica hasta la fecha el 15 dentro del calendario cívico-laboral; y en el segundo, la ansiedad típica del ciudadano defraudado que aguardaba la aparición del Primer mandatario para mentarle la madre en vivo—como solían hacerlo algunos diputados de oposición desde su curul en el Congreso de la Unión—o desde el otro lado del televisor o la radio.

No obstante, la abolición de esta catarsis no ha impedido que el malestar se manifieste siempre o lo que es peor: que algún presidente tenga el mal gusto de presumir logros (reales, exagerados o hasta ficticios), en un intento fútil por salir bien librado ante el juicio de la Historia.

Por desgracia, el presidente Enrique Peña Nieto no ha sido ajeno a lo anterior, y de salida ha pretendido librar el mismo juicio a través de comerciales en donde vende un sexenio imaginario mientras entrega un país con enormes saldos de corrupción (empezando por él mismo) e instituciones desgastadas, sin transparencia ni eficiencia, pese a la aprobación de todas las reformas estructurales (mal implementadas) cuyos frutos y beneficios—salvo en materia de telecomunicaciones, por la eliminación de cobro en llamadas de larga distancia—no serán visibles al menos para el grueso de la población, en corto-mediano plazo.

Lo bueno, a final de cuentas, es que Peña Nieto se va. Lo malo, la continuidad de los mismos vicios en el sexenio que viene, con diferente rostro y ropaje a lo Luís Echeverría.



enrique.sada@hotmail.com

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