Igitur

Aquéllos (con tilde)

Erandi Cerbón Gómez

Como advirtió Harper Lee en Matar a un ruiseñor, “la única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno”. El protagonista, Atticus Finch, por ser un “perfecto” modelo de integridad, es un “personaje ficticio” que, sin embargo, nos motiva a rescatar la imagen del “homobono”, un referente necesario entre tantos farsantes. La sentencia “es pecado matar un ruiseñor...” cobra sentido no porque tal clase de aves se encuentre en peligro de extinción, sino porque nos habla del momento en que pierde peso y significado su existencia.

Cuando Joe Brainard escribe en 1970 Me acuerdo, logró cautivar al más exigente público intelectual, como Ron Padgett, por utilizar un argumento elemental pero sofisticado que, aunque repetitivo, nunca pierde su connotacion original. De ahí el libro de Georges Perec Je me souviens. Poner entonces nuestra vida al servicio de lo elemental no significa abandonar la profundidad, sino dejarse de complicaciones y examinar con mirada entrañable lo más íntimo de ella.

Entonces, la expresión “me quedo sin palabras” para referirnos a personas que construyen sus discursos partiendo desde la experiencia universal debería ser algo inexpugnable, pero a propósito tantas traducciones, biografías y semblanzas son posibles; pues inclusive los mejores oradores tienen la alternativa de callar: aunque procuren el hábito de hablar, son imposibles las carencias discursivas.

Alguien aturdido prefiere desde luego cualquier clase de silencio a pesar de ser de índole ensimismada. A propósito del tema, Joseph Dinouart elabora un ensayo titulado Sobre el arte de callar y el silencio, que tiene por mantra unas palabras del profeta Isaías: “secretum meum mihi”. Tal parece que la importancia del tema ya es recurrente. ¿Por qué? Para quienes han intentado basar una obra en la ajena, examinar la cuestión es clave; quienes están poco familiarizados con el tema supondrán que deben ubicarse en un contexto cultural donde cada elemento sea original. Hacer cualquier cosa, por breve que sea, implica desafiar las “formas heredadas” al adoptar una postura crítica ignorando los códigos de referencia.

Finalmente, quizás Borges sea de los pocos escritores, sin intención académica, que acepta con humildad la impotencia ante este asunto, cuando lleva a cabo la traducción de “la última hoja” del Ulysses de Joyce, un monólogo final saturado por frases que permiten crear un nuevo texto partiendo del original: al cotejarlo es comprensible, sí, pero lejano.

Hay que estar en el lugar indicado, decía Dorothy Parker, para lograr grandes cosas; sin embargo, por más que tengamos la precisión del acierto, suscribo de nuevo con Lee: “uno vence raras veces, pero alguna
vez vence”.

OPINIONES MÁS VISTAS