Juego de espejos

La imagen de uno mismo

Federico Berrueto

La imagen de uno mismo no deja de ser tramposa por su parcialidad. La vista desde fuera puede ser más precisa, aunque no necesariamente. El problema es que no haya otra forma de verse a sí mismo que desde dentro. Por eso es necesario prestar oído fino y selectivo a la opinión externa. Para quien tiene poder los afines son igualmente parciales y con frecuencia poco honestos. Tanto es lo que se escucha de ellos que el poderoso inevitablemente acaba por dar por cierta esa imagen que casi siempre es tan falsa, como también lo es la opinión interesada de quienes acceden al César.

Al Presidente le ocurre eso. Él dice que escucha, pero su intimidante y en ocasiones grosera actitud a quien tiene criterio diferente al suyo inhibe a que propios y ajenos se muestren con honestidad. El de los empresarios es el caso más evidente, desconfían de él, pero le hacen creer que harán lo que él espera. El Presidente va dando por cierto lo que él mismo desde su prejuicio resolvió por verdad, aunque la realidad lo desmienta. Por eso es urgente que alguien cercano lo prevenga de que está llevando al país al desastre. Una vez que mengüe el poder o llegue a término, lo impronunciable por quienes menos piensa habrá de ser la divisa. Un poderoso poco avenido a la verdad está condenado a un amargo o desastroso ocaso. Las opiniones de sus críticos serán las palabras de los próximos.

Queda claro que la imagen de sí mismo del Presidente es la de un hombre comprometido con los pobres y de una honestidad sin precedente. Una cosa es creer y otra ser. Si el gobierno actual no logra un crecimiento suficiente, no importarán ni programas sociales ni promesas ni intenciones. Simplemente será un político más que como muchos otros presidentes quedó muy lejos de lo que pretendió, que sucederá lo que es temor de Porfirio Muñoz Ledo, una cuarta transformación que devino en un cuarto trancazo. La ética del poder son los resultados.

El trato que se le ha dado a Carlos Urzúa, compañero de muchas batallas, es menos que comedido. Ha quedado en claro que cualquiera que se baje del carro habrá de ser señalado como enemigo embozado. No se le cuestionará por la defección, sino por ser quien es y condenado al igual que sucede con todos los proyectos políticos de inclinación totalitaria. El mensaje es para cualquiera del equipo: no hay espacio a la crítica, al criterio propio, menos para un retiro con dignidad.

La honestidad que se pretende la niega la realidad. Ser austero no es ser honesto, como tampoco la pobreza es virtud, quizá sí para un proyecto religioso, no para quien busca el bien desde el servicio público. La honestidad es una lucha dentro y fuera, no es el tramposo respeto que se dispensa a quien ha violentado la ética y la ley, como ha ocurrido con dos de sus superdelegados, el de Jalisco y el de Baja California, ahora en ciernes de ser gobernador. Hay dos medidas: la de los ajenos y la de los propios. La imagen que de sí mismo tiene Andrés Manuel López Obrador de honesto se colapsa con el peso de la misma realidad y su incapacidad para lidiar con los horrores y errores que cometen los suyos. Para AMLO, Bonilla merece respeto y consideración, no así Carlos Urzúa un neoliberal que se coló al proyecto.

Es cierto que López Obrador tiene buen equipo. El de su oficina y el del gabinete. También en las cámaras hay talento en sus afines. Porfirio Muñoz Ledo y Ricardo Monreal crecen más cuando más criterio independiente hacen valer. Dos mujeres con espléndidas credenciales como Claudia Sheinbaum y Olga Sánchez Cordero se empequeñecen cuando se someten.

En bien de sí mismo y del proyecto que promueve es hora de que el presidente López Obrador tenga una mejor idea de él. Su incapacidad para lidiar consigo mismo está negando lo que pretende para el país. Crónica de una desgracia anunciada.

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