Sonido & visión

‘Paradise Lost’: extraviados en el valle de sombras

Fernando Cuevas

Desde su aparición a finales de los ochenta del siglo pasado, cuando diversos grupos de rock pesado se consolidaban y aprovechaban la creciente atención de público y medios para hacer de las suyas, la banda de Halifax se ha convertido en referencia metalera y anexas sin necesidad de grandes y luminosos reflectores, sin más bien gracias a su constancia y perseverancia. Igual tejen su sonido a partir del doom y el death metal, que de acentos góticos de pronto dándose la mano con lances orquestales.

En formato de quinteto, integrado por el vocalista Nick Holmes, de gravedad indisputada; el compositor y guitarrista principal Gregor Mackintosh; Aaron Aedy, responsable de la guitarra de acompañamiento; el enérgico bajista Steve Edmonson y el baterista Matthew Archer, empezaron a hacer cierto ruido capturado en demos y debutó con Lost Paradise (1990), como para empezar a calentar el ambiente y preparar la llegada de Gothic (1991), insertándose en la oscuridad donde pueden encontrarse cuerdas preciosas y, paradójicamente, volcándose hacia el reconocimiento amplio.

Sin dormirse en sus laureles, continuaron su intenso trayecto con Shades of God (1992), otro de sus discos más representativos, al que le siguió consistente Icon (1993), reflejando una pronta madurez y cerrando una primera etapa que culminó con la salida de Archer y en la que se cimentó la identificación visual del grupo y su obras con la contribución del gran ilustrador inglés Dave McKean, quien ha trabajado con Neil Gaiman y que contribuyó con un par de portadas. Ya con Lee Morris en las baquetas, aparecieron Draconian Times (1995), obra representativa del metal gótico y One Second (1997), incluyendo un enfático piano como se despliega en Say Just Words, una de sus canciones más representativas. Cerraron el siglo con Host (1999), revisitando otros territorios sonoros pasados por un bruma espesa que provoca una narcótica ralentización.

Se presentaron en el nuevo milenio incursionando por una estética salpicada de apuntes electrónicos en Symbol of Life (2002), incluyendo invitados notables que le dieron un toque más pop a la propuesta; Jeff Singer entró al quite ante la salida de Morris para participar en el homónimo Paradise Lost (2005), al que le siguieron In Requiem (2007), desarrollado a partir de una base de metal que contrapuntea los diversos subgéneros más significativos para la banda; por el recopilatoria y rescatador Drown in Darkness: The Early Demos (2009) y Faith Divides Us – Death Unites Us (2010), enclavado nuevamente en el estilo gótico con tintes pausados que buscan asentar la esperada fiereza, buscando unidad en el más allá. Se publicó también el álbum doble en vivo The Anatomy of Melancholy (2010).

Continuaron con Tragic Idol (2012), ya con el castigo a los tambores propinado por Adrian Erlandsson, reemplazando a Singer y manteniendo una convicción para convertir la agresión en forma musical, mientras se anuncia la desesperanza frente a la inevitable derrota moral del mundo. Por su parte, The Plague Within (2015), considerado uno de los mejores discos metaleros de aquel año por varios sitios y revistas especializadas, invade el sistema nervioso a partir de un death metal de profundidades inhóspitas donde no se advierte espacio para la transformación, también ausente en el abrasivo Medusa (2017), petrificando las orejas apenas se dejan escuchar los primeros acordes, lanzando miradas mortales acompañadas por inclementes vocalizaciones guturales.

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