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Lolita: el deseo más allá de los límites II

Fernando Fabio Sánchez

Humbert Humbert en Lolita de Vladimir Nabokov nos confronta con una de las ideas básicas de la convivencia entre seres humanos. Como ya sabemos, el deseo de este personaje va más allá de los límites impuestos por el contrato social. 

Pero el hombre que pasa de las cuatro décadas y que desea a la niña de doce años dice, mi deseo no es muy diferente al de figuras históricas que tuvieron relaciones amorosas o descendencia con mujeres de esa edad, como los faraones, Josué de Jericó y, también por ejemplo, Dante, quien se “enamoró perdidamente de su Beatriz cuando ésta tenía nueve años y era una chiquilla rutilante, pintada y encantadora, enjoyada, con un vestido carmesí”. 


H. H. hace que nos preguntemos, ¿es el contrato social válido en cada momento para todos los miembros de la comunidad? 

¿Se haya este contrato vigente todavía? ¿Aquellos que deciden deconstruirlo ya sea por conocimiento histórico, manipulación o conveniencia están exentos del castigo si deciden llevar a cabo su deseo? ¿O es que el castigo mismo es arbitrario porque la prohibición también lo es, pues la historia está allí para demostrarlo? 


Este sería el peligro de relativizar el valor de una regla o una ley social, y de aflojarle los tornillos para justificar un hacer que beneficia a un individuo, pero daña a otros. 


El hecho es que, si se rompe el contrato social que es válido hoy, un contrato impuesto por años de reacción histórica y cuyo objetivo es proteger a la misma comunidad que lo ha impuesto, el deseo realizado se convierte en un delito o un crimen que debe ser castigado. El realizador queda expuesto, entonces, y su discurso no es más que una rumoración ridícula e inútil.

El prologuista ficcional de Lolita expresa estas interpretaciones en su intervención, y nos advierte que no se encontrará en el manuscrito ni una sola obscenidad. 

Nabokov nos confronta así con la paradoja de estar leyendo un libro que esconde un infierno detrás del lenguaje bien estructurado, la erudición y los buenos deseos. 

¿Debemos tomar esta fábula sólo como el ejercicio estético de un escritor? ¿O debemos calibrarnos y observar a quienes nos gobiernan y nos rodean, y aceptar una vez más que las palabras no deben estar más arriba de los hechos? 



Twitter@fernofabio

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