Elitismo para todos

De noche y de día

Fernando Solana Olivares

¿Cuándo nacieron las características que nos hacen ser lo que somos, aquellas que genéricamente llamamos humanidades y hoy suelen estar tan demeritadas? La ciencia calcula un plazo de casi mil milenios atrás y dispone como su escenario probable un pequeño grupo de incipientes Homo sapiens en torno de una hoguera primordial.

El modelo más cercano a esa humanidad ancestral —que se hace posible solo ante la luz y bajo la protección del fuego, una circunstancia material que dará lugar a todo lo demás— son los Ju/’hoansi del desierto del Kalahari, cazadores-recolectores bosquimanos que acostumbran dos tipos de uso verbal, según cuenta el biólogo evolutivo Edward O. Wilson.

Las pláticas diurnas, dedicadas a intercambiar información práctica (viajes, búsqueda de comida y agua, chismes que alimentan las redes sociales), sustancialmente distintas a las pláticas nocturnas, en las cuales aparecerán la imaginación, la metáfora y la fantasía. Ahí surge la narración, la cual dará lugar al canto, al baile y a la liturgia religiosa, al sentimiento de lo trágico, a la percepción del más allá, al recuerdo de los muertos inolvidables. Narrar es decir “hubo una vez” y también “habrá una vez”. Vivir es narrar.

La horda primordial alrededor de la lumbre desarrolla empatía entre sí, asume a cada uno de sus integrantes como individuo, puede comprender y anticipar su comportamiento, saber cuándo cooperar y cuándo competir con los demás. El círculo que mira absorto el fuego y se escucha a sí mismo cada noche va haciendo-recibiendo-inventando el lenguaje (una combinación infinita de palabras traducibles en símbolos que otorgan nombre y significado a toda entidad y todo proceso así sean imaginarios). Tal vida significante, que abarca lo que la mente conjetura y lo que el corazón siente, es la que construye la evolución cultural. De tal manera aparece nuestra especie parlanchina, anómala y mutante, aquella “destinada a ser apocalíptica”. El animal locuaz que dirán los griegos para definir a la gente.  

Además de los dos tipos de uso verbal determinantes en el origen humano: el lenguaje diurno pragmático y el lenguaje nocturno especulativo, los bosquimanos también distinguen dos tipos de hambre o de necesidad: el hambre pequeña, una circunstancia fisiológica y primaria a resolver, y el hambre grande, la acuciante necesidad para descubrir sentido al misterioso e inabarcable hecho de la existencia, la inevitable necesidad para conocer lo visible y lo invisible. Satisfaciendo la primera exigencia el grupo logrará sobrevivir; practicando la segunda desarrollará su conciencia. El ser se irá haciendo humano mediante la comprensión, una tarea colectiva cuyas consecuencias históricas y cognitivas hasta hace poco eran obvias: todo lo sabemos entre todos porque el ser se construye a sí mismo en contacto con los demás y a través de lo que conoce.

Este ciclo de mil milenios parece haber llegado a su fin. Nos acercamos cada vez más a aquella “muerte del hombre” anunciada por la filosofía moderna. Existe un sentimiento colectivo —racionalizado o no: es lo mismo— de que el mundo conocido se ha perdido o está cerca de terminar. “No nos quedan más comienzos”, reconoce el pensamiento profundo, y el nihilismo materialista neoliberal posmoderno ha violentado todos los límites de la razón: el viejo lema filosófica y moralmente falso del nada es cierto y todo está permitido se ha convertido ahora en una catastrófica y colectivizada realidad.

¿Qué debe hacerse cuando las referencias se han evaporado, los paradigmas conceptuales están colapsados y a escala planetaria predomina el hambre pequeña del egoísta deseo individual

y el lenguaje diurno de lo superfluo, lo anecdótico e intrascendente, fomentado por la totalitaria arena mediática y sus sofisticadísimos modos de persuasión? ¿Ante los sistemas tecnológicos que ignoran el libre albedrío de las personas y disuelven su capacidad política, ante la condición agónica de las humanidades y la obscena ausencia del pensamiento crítico, ante la posverdad sistémica cada vez más común? ¿Ante las derivas civilizatorias “claramente necrófilas” como la desigualdad económica, las asimetrías estructurales de la sociedad, el arrasamiento planetario hecho por un esquema económico elitista y demencialmente voraz?

La filosofía propone salir del tiempo impetuoso de la vida utilizando un dispositivo elemental: detenerse y dar un paso atrás. Es el recogimiento, la interioridad de la conciencia que debe volverse anacrónica, abandonar el tiempo de lo inmediato para pensar. El mundo está ante una fatal encrucijada, la misma de aquel hipotético ingeniero que debe reparar las vías de la estación sin interrumpir el intenso tráfico de los trenes. Y ante una escalofriante contradicción: encontrar tiempo donde no lo hay.

Los griegos afirmaron alguna vez que el hombre era la medida de todas las cosas. Ese autismo antropocéntrico que limitó a las humanidades resulta ahora una reducción suicida. Es hora última de que seamos serios haciéndonos preguntas serias, justo cuando todo está hecho para no pensar. Aprender no qué sino cómo. Su primer movimiento paradójico es moverse sin avanzar.

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