Elitismo para todos

Esa vida extraña

Fernando Solana Olivares

Ludwig Staudenmaier, catedrático de química experimental en un liceo de Baviera, publicó en 1912 un libro de infrecuente género científico-nigromántico: La magia como ciencia natural experimental. Había nacido hijo ilegítimo de una costurera en Krumbach y logrado educarse gracias al auxilio de la Iglesia, de la cual se apartó luego de cursar filosofía y teología católica y ejercer por un año como capellán. Después estudió zoología y se doctoró en química para dar clases durante más de tres lustros en una vida de frugal, metódica soltería. Parecía un viejo estudiante introvertido más que un encumbrado maestro.

En su “vía muerta” —como la llama Heinrich Zimmer, el orientalista que analiza esa vida extraña— del liceo Freising donde enseñaba, Staudenmaier no padecía las pulsiones del amor o del afán de poder y figuración. Ni Eros ni Kratos, las dos caras de la Shakti (expresión femenina de la divinidad hindú), influían en la vida secreta del profesor, dedicada a otros menesteres.

Todo había comenzado mediante una casualidad. Uno de sus conocidos le preguntó por el carácter físico o químico de las manifestaciones fosforescentes que surgían en algunas sesiones espiritistas, y para curar su escepticismo le propuso hacer pruebas de escritura automática, una práctica habitual de dichos medios. En ellas se sujeta ligeramente un lápiz con la mano sobre el papel y pacientemente se aguarda a que surjan palabras o signos involuntarios, no dictados por la conciencia racional.

De esa práctica el surrealismo sacaría la técnica a la que llamaría igual, escritura automática, tratando de escribir como piensa la mente: encabalgando los tiempos, cortando, mezclando palabras, rompiendo la sintaxis. La diferencia con la técnica utilizada por el catedrático consistía en que él no registraba el río verbal subjetivo de su mente sino que aguardaba a la manifestación de otra cosa, una entidad que aun surgiendo desde su conciencia no fuera él mismo aunque en él estuviera.

Staudenmaier, citado por Zimmer, contó que un día lo que su lápiz inscribió fueron “trazos y meandros extraordinarios”. Siguieron entonces palabras que compusieron preguntas, flujos discursivos que el químico describió como algo más que la expresión de un espíritu. Como “si otra naturaleza totalmente ajena a mí estuviera en juego”. La relación de este proceso haría que su libro fuera considerado como el estrambótico testimonio de un enfermo esquizofrénico.

Escuchaba múltiples voces en su interior. Se había convertido, según sus propias palabras, en un “médium elevado” ya sin necesidad de escribir, que soportaba la presencia auditiva de voces frecuentes en contra de su voluntad. Las describía como malintencionadas, astutas, burlonas, pendencieras, enojosas, y luchaba contra ellas durante días enteros. A las alucinaciones auditivas se sumaron otras visuales que al cabo de un tiempo se concretaron en tres existencias peculiares e independientes.

“Desde el punto de vista de las ingenuas definiciones medievales, yo estaba poseído”, escribió. Aquellas tres entidades fueron llamadas por él Alteza, Niño y Cabeza Redonda. El primero era una autoridad augusta y militar caricaturizada, el segundo un infante que pedía satisfacer los deseos propios de su edad, y el tercero una pelota de goma con un rostro pintado que su madre comprara a un vendedor ambulante muchos años atrás.

La materialización fue tan precisa que hubo momentos en los que Staudenmaier convivió con los tres. Estas personificaciones representaban las posibilidades de su vida que habían permanecido ignoradas y sin manifestarse. Ahora imponían su realidad de modo autónomo. Pero además de esas posibilidades no vividas (“todo inconsciente quiere ser acontecimiento”: Freud dixit), frente a él también surgirían las fuerzas apacibles y las amenazantes, el infierno y su opuesto celestial, Dios y el demonio, en versiones cristianas.

Llegaron a él las mismas alucinaciones sufridas por los renunciantes orientales y cristianos. El fantasma de Helena “presente en toda mujer” yació a su lado, pero pudo darse cuenta de su vacuidad al oír desde su interior voces roncas y horribles que se lo decían. Zimmer comenta que Staudenmaier no se asustó de las alucinaciones que lo rodearon en el camino de su magia experimental. Sobresaltó al inconsciente para que surgiera, pero no para venerarlo sino para sondearlo y disolverlo, para “nombrar con desprecio sus creaciones”. Para realizar la alquimia psico-corporal del yoga.

El químico mágico entró así al camino para descubrir en sí mismo la experiencia hindú de “todos los dioses en nuestros cuerpos”. Fue a morir en Roma al hospital de los Hermanos de la Caridad de la isla del Tíber. Dijo de él un amigo que había sido un explorador importante, sumamente original y ampliamente ignorado.

La psicología occidental comenzó en el siglo XIX y la oriental hace milenios. Staudenmaier las recorrió en su interior/exterior. Fue un santo oculto y no un héroe público, obtuvo un grado de experiencia y transformación inusualmente profundo sobre sí mismo, como un yogui tibetano en Roma. Zimmer lo despide con admiración.

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