Elitismo para todos

Este laberinto de cristal

Fernando Solana Olivares

El poder representa, escribió Carl Schmitt, una magnitud objetiva con leyes propias. De tanto en tanto los hombres pueden apoderarse de ella y dirigirla. A continuación los devora. Sobre la noción de poder no hay un acuerdo teórico: es un fenómeno obvio y visible, pero esencialmente oscuro, secreto, mientras más poderoso es más sigiloso. Y fascinante también.

Este laberinto de cristal. Aproximaciones al poder (Rayuela Diseño Editorial, 2018) intenta ser una suerte de constancia de ello escrita en un género híbrido construido con varios puntos de vista narrativos: una crónica, unas instantáneas, varios cuentos y estampas, un diario de marzo de 1994, dos piezas teatrales breves, un ensayo, unos apuntes reservados.

La crónica se originó en la cobertura periodística de una gira presidencial del presidente Carlos Salinas de Gortari a Europa en septiembre de 1993, cuando estaba en el punto más alto y a la vez declinante de su poder semanas antes de decidir la sucesión presidencial. Tres meses después ocurriría la catástrofe y sobrevendría el estupor: un sorprendente alzamiento zapatista que abollaba irreparablemente la corona de la modernización neoliberal recién iniciada, y el magnicidio de Colosio, un crimen de Estado perpetrado desde el poder cuya sangre shakespeariana caería encima del presidente.

“Mientras cena asado de reno acompañado de papas y verduras y un helado de chocolate con naranja agridulce en un edificio de la plaza sueca donde corre el río Melaren encajonado entre riberas de piedra —se escribiría después, en “Instantáneas de un mal tipo”—, Salinas propone un brindis por el éxito de su gobierno. Más tarde se negará a explorar la pregunta de otro comensal: ¿cuáles han sido sus dudas centrales, las zonas más frágiles, no calculadas, de su régimen? No sabría decirle, contestará con una carcajada que todos los invitados harán suya. Detrás de él un hombre no se ríe. Nunca lo hace, nunca habla y siempre lo acompaña. La pregunta debió dirigírsele: es el torvo visir, el espejo oscuro, la sombra. Ha testificado el gesto imperceptible y la desnuda intimidad. El drama ya está en curso. Tres pescadores ciegos aguardan a la orilla del helado fiordo del Mar del Norte. El coro griego canta el sacrificio”.

“Diario de marzo de 1994” consigna lo siguiente: “Viernes 25. Del espanto sigue la rabia. Una multitud airada acorrala e increpa al presidente Salinas durante el homenaje en el PRI al candidato asesinado. Echeverría, el ex presidente, sale del sótano para clamar justicia. ¿Indignación o coartada? A saber, como de tantos otros: una clase política formada en el silencio y el engaño, recursos de su oficio. Hay otro muerto, es Camacho. Los dolientes del pueblo le arrojan en la cara el epíteto: asesino. ‘Crimen de la oligarquía, ejecución por mandato’, afirma Muñoz Ledo. Los deudos del sistema ponen su rostro más compungido, ¿a cuál le apena, a cuál le asusta, a cuál le complace? Unas líneas escritas por José Francisco Ruiz Massieu conmueven: ‘Pobre Donaldo, pobre de mí, pobres de nosotros’, pero no son para todos. ‘¿Quién fue?, ¿quién fue?’, vociferan enardecidos priistas ante Carlos Salinas, que esconde lo que sabe, lo que siente, en un rictus mudo e inexpresivo: lo intocable del poder. […]”.

Salinas no tomó lecciones de abismo. Su paso repentino del arrogante control del poder y la tecnocrática estabilidad, de la seducción y cooptación de los otros al descontrol de lo inesperado (“El rey va desnudo. Albricias por la modernidad”), todo ello tiene un hálito de tragedia política en la cual él es el villano central, aún con los matices analíticos que se quiera.

Otra anotación del libro afirma: “La muerte deja su estela mientras un vapor exacto cruza la bahía. El mar de ahogados no muestra ningún cadáver, pero una lancha fúnebre con su dolida carga pasa en dirección contraria a este barquito centenario. Salinas va a bordo y el capitán del fiordo escandinavo lleva el timón pleno de orgullo. ¿Cómo saber esa tarde que ya estaba en curso la gran novela posmoderna de las letras nacionales? Sólo que azules como acero y ligeras las ondas del mar lo dijeran”.

El poder es un corruptor y sus ascetas son tan pocos que no existen. Allen Ginsberg vio mentes de su generación destruidas por la droga. En Este laberinto aparece una variante intertextual: mentes destruidas por el poder, por su fascinación y proximidad: “Fausto en la Condesa”, pequeña obra escénica sobre aquellos que Gramsci llamó intelectuales orgánicos y la prensa obrera del diecinueve sacerdotes comprados, una sujeción fomentada por Salinas y aceptada servil, interesadamente por quienes podrían haber cumplido un papel crítico resistente a su régimen. El poder embauca a cualquiera y la captura de inteligencias que racionalicen sus decisiones resulta parte de su misma acción.

Veinticinco años después de tales momentos la larga y oscura sombra del salinismo parece estar llegando a su fin. Ciertas cuentas narrativas comienzan a surgir. Este laberinto de cristal se aproxima al poder y sus manifestaciones, materia de una historia inmediata que se vuelve literatura realista. O a eso intenta llegar.

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