Elitismo para todos

La primera letra

Fernando Solana Olivares

La palabra hebrea Hineni tiene siete letras. La primera es una h, de sonido sólido y como una torre doble unida por un puente. Repetida significa “Estoy listo, mi Señor”, y se clama cuando uno está preparado (o cree estarlo) ante el final de la vida, aquel gran misterio.

El ser para la muerte que somos los seres humanos y la conciencia de serlo es el principal problema. Nuestra posmodernidad materialista basada en el cuerpo y en la apariencia, en el eternalismo del consumo, ha sacado a la muerte de su horizonte lógico. Resulta una paradoja: la muerte nos rodea y de la muerte personal se habla muy poco. Un casi invisible tema.

Uno dice: ya estoy viejo. Los otros le contestan: pero se ve muy bien. En el pero hay un subtexto que quiere negar lo dicho, aunque sea una mera evidencia. Entonces al escribir sobre la muerte propia y el camino que lleva a ella, no siendo una carta suicida (“No se culpe a nadie de mi muerte más que a la vida…”), debe evitar redactarse en primera persona, lo cual sería confesional.

Tampoco en segunda, porque se convertiría en un estorboso espejo yoico para quien lo hiciera. Solamente en tercera persona, pues así lograría desplazarse con levedad y distancia de sí mismo, con libertad suficiente para verse uno como si no fuera uno sino él. El buen modo sería decir: este es un hombre que comienza a pensar en su muerte. Porque hacerlo es la única forma relativa de control que encuentra sobre el fatal proceso.

Piensa que especular al respecto es más fácil que vivirla y se pregunta, como oyó hacerlo hace muchos años en una obra de teatro de humor ácido, si morirse duele. El proceso en general sí, se llama agonía, viene de agon: esfuerzo. El mero momento no. Debe tratarse, como una analogía, de la sensación de la crisálida al convertirse en mariposa. Desprenderse hasta el más allá. Como se ve, este hombre no es materialista.

No considera con seriedad las variantes de las religiones abrahámicas que prometen llegar al cielo o a su contrario como final del proceso. Esos consuelos o castigos le son ajenos, sin embargo sabe que la conciencia desprendida después de la muerte puede encontrar en su camino a las divinidades de su propio panteón religioso. Cree que la hipótesis más plausible es la del bardo budista tibetano dharmata, ese intervalo de la conciencia llamado muerte cuando la mente se separa del cuerpo y descarnada se va a un escenario que durará cuarenta y nueve días según los textos.

Este hombre está rodeado de símbolos y metáforas del desprendimiento en la pintura, en el lenguaje, en los acontecimientos, en todos los días compuestos de las micro muertes del instante: uno dice ahorita y ya pasó. Ahora su ego le dificulta que dicha movilidad de las cosas también las vea en sí mismo. Tal es la razón de que comience el impulso para caminar por un camino sin retorno que tal vez durará todavía un tanto más.

Ha sido una persona difícil, no sabe bien por qué. Acaso por una armadura de carácter que le permitió andar por la vida pero apresando a su portador, como una sobre renta a pagar. Se repite la lección. Persona significa máscara. Es el día para comenzar la deconstrucción de la máscara. Acaso morirse es eso, desprenderse de la máscara nuestra de cada día. Mi nombre es Nadie dijo Ulises. Este hombre lo quiere aprender a decir.

Aunque existen riesgos superiores, conforme advierten los cuáqueros: que en el infierno solo se queme el yo. Que uno regrese a la rueda del vivir y del morir siendo el mismo que se fue. Que la muerte sea como el fin de una vela que con lo último del cabo prende una nueva y que esto sobrevenga de pronto, sin preparación.

De ahí que se proponga un método, un abordaje para el lapso que se abre ante él. Se acoge a un consejo que le dio Leonard Cohen hace poco: si todavía estás en tus cabales, tienes que aprovechar la oportunidad de dejarlo todo atado, en orden. Hacerlo es reconfortante y sus beneficios son incalculables.

El primer movimiento en el tablero del juego final es con blancas. El hombre pondrá orden a su alrededor. Siguiendo un modo sucesivo comenzará por lo que tiene más próximo: su mesa de trabajo, sus inacabables papeles, sus libreros desordenados. Ayer platicó con su mujer la relación entre la creatividad y el desorden del lugar de trabajo creativo. Todo desorden es un orden que nadie puede ver, le dijo. Este hombre intentará verlo.

Recuerda que Don Juan enseña a Castaneda el aprendiz comparando su vida impecable con el desorden existencial del otro. El maestro puede irse del mundo y nada dejará pendiente, el aprendiz aún está anclado a retrasos de todo tipo. Este hombre cree que en esa tarea de dejar todo sujetado se desarrolla la fuerza que sostendrá los últimos días de la persona.

No espera llegar al pentobarbital sódico, pero cree que no le sobra saber lo que sabe. No quiere sino morir bien, y eso representa vivir un cierto tiempo. No hablará todavía del algoritmo que se inventó para calcular más o menos cuánto le falta, pero si nada imprevisto ocurre puede ser suficiente para lo que sigue: un tránsito, un portal. No una nada, pues de la nada solo sale nada y esta su vida no lo fue.

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