Elitismo para todos

Las abejas de Notre Dame

Fernando Solana Olivares

En 1922 el filósofo alquimista Fulcanelli (uno de los últimos de su tradición, según se afirma) publicó El misterio de las catedrales, un notable estudio sobre la lengua que habla el arte gótico de los templos levantados en honor de Nuestra Señora durante el medioevo.

La catedral es el refugio de los infortunios, escribió. Los enfermos que iban a Notre Dame de París a implorar por su curación permanecían allí hasta curarse. El recinto significaba un asilo inviolable para los perseguidos, era sepulcro de muertos ilustres, núcleo intelectual y moral de la colectividad, corazón de la actividad pública. Mostraba una enciclopedia de todos los conocimientos medievales —“ora ingenua, ora noble, siempre viva”— accesible para cualquiera.

Sus esfinges de piedra (quimeras erizadas, juglares, mamarrachos, mascarones, gárgolas, dragones, vampiros y tarascas) dramatizaban el arte y la ciencia de entonces desde los campanarios, los arbotantes, los arcos de las bóvedas y los nichos de las catedrales góticas. En los rosetones de vidrio prismático con tonalidades únicas, producto de mezclas hoy desconocidas. En la profusión de imágenes de la existencia cotidiana representadas o en el simbolismo alquímico plasmado por modestos y anónimos artesanos, escultores medievales que no firmaban sus obras.

Un testimonio de Martyrius, obispo y viajero armenio del siglo XV, describe el pórtico de Notre Dame como una resplandeciente entrada del paraíso. Estaba decorado en tonos púrpuras, rosas, azules, plata y oro. Igual los fantásticos interiores, cambiantes y sorpresivos. El rosetón central llamado Rota (rueda), aludiendo al jeroglífico alquímico del tiempo necesario para concluir el proceso de esa ciencia ahora olvidada, llenaba de irradiaciones de luz los escenarios del gran templo.

A este conocimiento se le llama “ciencia hermética” porque se requieren ciertas llaves que permitan comprender su

complejo sentido. Antes también, pero entonces existía un piso común cultural donde se entendía que la salamandra, por ejemplo, representaba la transformación de la materia y a la vez la transformación de la persona. La modernidad es analfabeta simbólica, pero el medioevo nunca lo fue.

“Lo mismo que el alma humana tiene sus pliegues secretos, así la catedral tiene sus pasadizos ocultos”, escribe Fulcanelli. Alude a la cripta, a lo que está oculto, debajo del templo. Un sitio profundo, húmedo y frío que impone silencio: la sensación del poder unido a las tinieblas, lugar donde habita una fuerza en tensión invisible que sostiene la estructura monumental.

Antaño esas cámaras subterráneas servían de morada a la diosa Isis, que el cristianismo convertiría en las vírgenes negras que aún se veneran. El culto de la Diosa, derrotada en la Edad de Hierro por nómadas arios y pastores que con violencia impusieron dioses masculinos y héroes solares, regresó a través del culto a la Virgen María alentado durante la Edad Media por un personaje central: san Bernardo de Claraval, monje y caballero, quien hizo posible la Orden del Temple.

La Virgen María ponía en riesgo la devoción machista a un hacedor supremo y salvador inescrutable tutelada por la Iglesia. Pero la psique colectiva no soportaba más la mutilación de lo femenino, aquel costoso error epistemológico del cristianismo. San Bernardo popularizó el título de Nuestra Señora, y los templos góticos con ese nombre, desde el siglo XII al XV, se multiplicaron en su honor.

Fulcanelli menciona que el término arte gótico parece derivar de arte goético, es decir, mágico. Pero sobre todo representa una deformación de la palabra argótico. La catedral es una obra de arth goth, de argot. La palabra argot se define como “una lengua particular de individuos que quieren comunicar sus pensamientos sin ser comprendidos por los que los rodean”. El argot es una cábala hablada, algo que debe interpretarse con las claves debidas, lo mismo que el templo y todo lo que lo integra.

Y aunque la naturaleza profunda no abre indistintamente a todos la puerta del santuario, como afirma el autor en la conclusión, la inagotable catedral gótica permitía a quienes acudían a ella vivir una experiencia de integración, sentirse parte de la totalidad y lo sagrado. El mundo medieval estaba vivo en diversos niveles de manifestación, el yo moderno no había encerrado aún al individuo en su subjetividad solitaria.

Augurio funesto, la destrucción de tres partes de la bóveda de Notre Dame de París por el fuego, del campanario de su parte posterior, del Bosque, la gran armazón de madera de roble construida en el siglo trece para sostener el majestuoso techo, y de la aguja de Viollet-le-Duc dramáticamente venida abajo, ha de compensarse con la noticia de que las colmenas donde viven las 150 mil abejas de la catedral están intactas. Volverán pronto, si no lo han hecho ya.

La casa se quema. Isis, Pachamama, Coatlicue, Nuestra Señora también. Las culturas cambian con las catástrofes. El fuego, sentencia la alquimia, es purificador. Notre Dame abrirá sus misteriosas puertas y será posible prender una veladora en el altar de la Guadalupana otra vez. Seguir el laberinto, abismarse en el rosetón.

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