Elitismo para todos

No tener teniendo

Fernando Solana Olivares

El viejo maestro solía decir que empezar un artículo así: “Hoy no tengo nada de qué escribir”, ya era estar haciéndolo. Los tópicos sobran, las noticias proliferan, la colmena no descansa. Pero hay días que a pesar de tanto parece no haber nada, salvo lo habitual: acontecimientos catastróficos, otros insustanciales —necesarios para ocultar a los primeros—, unos más creativos e interesantes, muchos provenientes de la descomposición en esta época sin síntesis.

Algunos cuya estridencia los convierte casi en un sainete. El monotema López Obrador y su inverecunda conducta hacia los medios de comunicación que considera adversos, hacia los conservadores y fifís que opinan distinto, sus consultas a mano alzada en asambleas populares, su desconsideración de datos estadísticos, sus ocurrencias mañaneras, sus derivaciones autoritarias por voluntarismo y también por cierto grado de provocación, por una anti institucional (comprensible pero peligrosa) perspectiva personal que tiene de la política. O su esposa, que es cantante y acaba de grabar un disco. O su contrario, la beatificación acrítica del personaje. O lo que parece ir escaseando: su consideración objetiva rodeando al objeto del escrutinio, pues el plazo de gracia que muchos le concedieron al votarlo va llegando a su fin.

La sobre socialización del tema alcanza el espectáculo. Un afectado reportero televisivo, Jorge Ramos, que ha invertido la función informativa y siguiendo las pautas gringas se convierte en noticia él mismo al trasmitir la noticia, disputa estadísticamente con López Obrador sobre las cifras de la violencia y advierte como un riesgo para la libertad de expresión las crudas opiniones de aquel sobre el diario Reforma. Su tesis se sostiene en un razonamiento fundado: el poder del poder para afectar a los medios críticos. No habrá consecuencias de ese dicho inoportuno en tanto quede como una opinión del presidente —otra deconstrucción más de los comportamientos típicos del cargo presidencial, pero ésta indebida, así como otras han sido muy afortunadas—, pero sus derivaciones podrían ser preocupantes. ¿Habrá quien atempere a López Obrador? ¿Una caída de su alta popularidad? ¿Un control de daños, una súbita metamorfosis?

Entonces no hay nada sobre qué escribir, salvo la perspectiva catastrófica de una sexta extinción masiva causada por el hombre que advierten venir en algunas décadas 150 expertos de 50 países: “una aceleración rápida, inminente, del nivel de extinción de especies”. Transcribir esta cita me lleva a pensar en mis dos nietos, ahora de ocho años, y el mundo que les heredamos. ¿Qué harán las siguientes generaciones para sobrevivir? Debo desentimentalizarlo si quiero imaginarlo, pero me niego a ser vidente de la extrema dificultad. Cuando supe que venían al mundo me inconformé y se me ocurrió citar una inoportuna frase de Borges: los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los que somos, algo así. No me acabé lo que causó mi falta de tacto. Pero habiendo ellos llegado ahora a los escenarios postreros del capitalismo salvaje solo queda encomendarse a Dios, si anda por ahí, al todo semántico inagotable que nombramos de tal modo, y actuar en consecuencia.

Cada quien sabrá su modo de la encomendación personal. Un asunto, no habiendo nada, que podría ser insustancial y farandulesco (pero significante como todo) es la serie documental de Kate del Castillo acerca de su encuentro con el Chapo Guzmán. Descontando la ingenuidad oportunista de la muy atractiva e interesante actriz (no es comentario sexista, ¿verdad?) y el disolvente, antisocial culto mediático de Netflix a la criminalidad narca, la serie cuenta un irreflexivo tuit de ella al Chapo Guzmán, en el fondo dictado por el interés de obtener los derechos de la historia del criminal. Y de ahí una aventura épica de traición, riesgo y engaño, de persecución y acoso del gobierno mexicano en su contra por ir a encontrarse hasta la sierra de Sinaloa con el patético capo, hombre tan poderoso y rico como letal, simple hasta lo burdo, genial en sus complejas circunstancias, vanidoso y cursi (“el mal siempre es banal”) para su inevitable perdición.

Un componente de género determina esta historia en un país de machos. Kate del Castillo sufre el embate misógino del estado faccioso. Sus tres acompañantes viajan con acreditación periodística y ella no. El amigo a quien lleva, Sean Penn, la engaña y no le cuenta su compromiso con Rolling Stone para entrevistar al jefe narco, en cuyo peligroso encuentro es tratada por él con seductora cortesía. Pero la atrabancada resistencia de ella, su fuerza y temple resultan admirables. Esa dignidad la hace aún más atractiva. El Eterno Femenino en Netflix.

En días como estos cuando pasa todo pero se registra nada, el antihéroe Julian Assange es condenado a casi un año de prisión en Reino Unido. El padre, asustado por la deteriorada apariencia cuando fue detenido, pide su extradición a Australia. Apenas inicia Assange una batalla contra el imperio que quiere hacerle pagar perpetuamente su atrevimiento antiorwelliano. Entonces ¿de qué escribir?

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