Elitismo para todos

Seis horas en la fila

Fernando Solana Olivares

En 1974 Iván Illich escribió que la “crisis de energía” se trataba de un eufemismo que encubría una contradicción, indicaba una frustración y consagraba una ilusión.

Contradicción por querer alcanzar, al mismo tiempo, un estado social equitativo y un nivel industrial y tecnológico en constante desarrollo. Frustración por la desigualdad que ello provoca, e ilusión por no creer en las consecuencias fatales de ese contaminante y destructivo modo de vida contemporáneo.

Pero nada de esto tiene sentido aquí, en la larguísima cola que va formándose para cargar gasolina. A menos que sobrevenga la frustración por no alcanzar combustible y entonces se evapore aquella ilusión que llevó a cientos de autos para aguardar que la inagotable serpiente de metal avance y vuelva a detenerse pocos metros más allá.

Un conocido tiene un contacto con otro conocido cuyo primo es cuñado del despachador en una de las dos gasolineras del pueblo. La pobreza modernizada con celular se avisó en tiempo real a través de las redes sobre la providencial llegada de una pipa, y la fila de vehículos crece sin cesar. La información oportuna es poder: quienes supieron oportunamente alcanzan lugar.

Hubo otros signos menores que alertaron a todos en este lugar donde la gente no cesa de observarse entre sí. Varios feligreses salieron de la misa dominical precipitadamente antes de que concluyera y entonces los lugareños supieron que había jale. Así que otros más se fueron detrás de ellos.

Como siempre, la realidad es azarosa. La espera ya lleva 40 minutos y los mensajes que circulan sin parar entre los que aguardan confirman que la pipa descargó y el depósito se está asentando. Una esperanza común comienza a extenderse y en cada corto avance que se tiene hay una pequeña confirmación de ello.

A unos metros de alcanzar la vuelta hacia la gasolinera, todavía harto distante, surge un conato de conflicto. Un hombre que viene por otra ruta le avienta la camioneta al agente que trata de organizar la desesperación. Llegan refuerzos policiacos, alcanzan a los gandallas que se metieron, los reprenden y se acabó.

Pero aun ese incidente se da como parte del asunto. En la negociación de varios para destrabar el nudo se hace un trueque democrático: uno y uno. Dos horas 20 minutos van de espera. Una lección de paciencia está en curso. Y también de discreción fisiológica, como orinar de pie escondido por la puerta del coche.

La gente se anima entre sí. El optimista de adelante, un sonriente soldador que estimula constantemente a los otros, lleva a cargar el coche de su hermana. Es un favor. La naturalidad con la que lo hace le da risa. Una risa serena, como se perciben los integrantes de la extendidísima columna. Hasta aquellos, más adelante pero visibles, que con trabajos “puchan” dificultosamente una pesada camioneta sin gota de combustible cada vez que la lenta serpiente avanza.

Se extiende el buen deseo de que sí alcancemos gasolina. Unos hacen cálculos de litros promedio entre coches formados por minutos de demora al llegar a las bombas, y en una aritmética imaginaria concluyen que sí: alcanzamos. No hay quien culpe de la situación más que al huachicoleo y a la corrupción de los gobiernos anteriores, algún entendido menciona la impreparación para aplicar el plan de combate al robo de combustible según escuchó en otro lado, pero más allá de matices sobre el asunto hay un consenso que nadie contradice: había que hacerlo ya.

Y tácitamente se acepta el sacrificio de esta espera en domingo que ya dura cuatro horas tres cuartos. La gente lo acepta no solo debido al estoicismo propio de la zona alteña y de la tradición rural, sino porque lo entiende. Como una enfermedad que hay que curar.

Kafka escribió que fuimos expulsados del paraíso por impacientes y que por impacientes no podemos regresar a él. Las puertas del paraíso se vislumbran luego de la paciente espera de cinco horas 25 minutos y a la distancia asoma por fin el gratificante anuncio de la gasolinera.

Sigue prevaleciendo una palpable tranquilidad. Uno le cuenta al otro que en una pequeña ciudad cercana una banda norteña varada en una gasolinera amenizó la demora tocando para todos. Aquél regaña a su mujer porque dejó la cartera en su casa, pero manos generosas aportan 100 pesos aquí y 50 allá para que cargue algo. El hombre, medio humillado por los favores, masculla delante de los otros un lamentable: “¿Y luego por qué las madrea uno?”, reafirmante de su virilidad.

El exabrupto no perturba la calma o el contentamiento, dirían los budistas, la resignación según los cristianos, o la interpretación de que todo lo vivido es vida, aun este inevitable aguardar. Seis horas después el paraíso abre sus bombas: los pronósticos se cumplen y alcanzamos gasolina. Trescientos sesenta minutos se han ido como el agua. La gente sale alegre y satisfecha.

La sabiduría de la incertidumbre es necesaria para la adaptación. Buscando tóxica, inevitable gasolina, un sacrificio puede moralizar el país. Todo depende de su duración, un lapso que no debiera extenderse más allá de una par de semanas.

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