Capitolio

Defensa hipócrita

Gerardo Hernández

La tauromaquia es una de las fiestas más bellas e inspiradoras. Sus raíces se hunden en la prehistoria y en sus ramas milenarias anidan el arte y el valor. Desde niño he sido aficionado. Para asistir a la Plaza de Toros, construida a principios de la década de los 30 del siglo pasado por Cesáreo Lumbreras, ahorraba mis domingos. Con el paso del tiempo disfruté desde sus gradas y tendidos faenas memorables de figuras de la época y de leyendas en cierne, algunas de ellas malogradas.

«En las corridas se reúne todo: color, alegría, tragedia, valentía, ingenio, brutalidad, energía y fuerza, gracia, emoción... Es el espectáculo más completo. Yo no podré pasar sin corridas de toros». (Charles Chaplin)

Las corridas distan mucho de ser, como mañosamente se trata de hacer creer, una carnicería; esa función la cumplen los mataderos donde la crueldad no es objeto de atención, pues no gana reflectores. Las corridas son una fiesta familiar, un rito de hombres y reses cuya vocación es vencer o morir.

«El que no quiera ir a los toros, que no vaya. (...) Pero que no hablen de ecología ni de amor a los animales, porque no conozco a nadie que los amé más que los ganaderos y los toreros. Si yo fuera animal, me gustaría ser toro de lidia: a ninguno se lo respeta más. Ninguno está mejor tratado». (Joaquín Sabina)

Centrar el debate en los toros e ignorar la vida de los diestros es un juego hipócrita. Consiste en una supuesta defensa de los astados —innecesaria, ellos se defienden solos—, los cuales no pueden rebatir, pues de hacerlo serían los primeros en oponerse a los san Antonios que en su nombre desean condenarlos a la extinción.

La fiesta es arteramente atacada por quienes no la entienden y por políticos cobardes que en las plazas aplauden y se pavonean, pero en sus despachos y en los congresos urden tramas para prohibirla y desaparecerla. Gobernadores enfermos de poder ha habido, incluso, que la satanizan por venganza, pero antes viajaban a España para gozarla.

«Solo cuando el hombre haya superado a la muerte y lo imprevisible no exista, morirá la fiesta de los toros y se perderá en el reino de la utopía; y el dios mitológico encarnado en el toro de lidia, derramará vanamente su sangre en la alcantarilla de un lúgubre matadero de reses». (Jaques Cousteau) 



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