Capitolio

Presidencia devaluada

Gerardo Hernández

“Presidente que devalúa, se devalúa”, pontificaba Carlos Salinas de Gortari. Bajo esa fórmula, contuvo la crisis financiera incubada en su gobierno para que le estallara a Ernesto Zedillo, a quien culpó del “error de diciembre” de 1994. Algo así como “Después de mí, el diluvio”, frase atribuida al monarca francés Luis XV. No contaba con que su sucesor no sólo sortearía exitosamente la tempestad, sino que sería uno de los mejores presidentes en la historia de México; y él, Salinas, el villano de todos los tiempos. El único capaz de competirle ahora es Peña Nieto.

El presidencialismo más exacerbado se vivió con Salinas y con él caducó. El día de días, el día del presidente, el 1 de septiembre de cada año, quedó reducido a cenizas. Los informes pasaron del paroxismo a la protesta. Hasta Salinas, la fiesta presidencial, previa a las celebraciones patrias, duraba varios días. Después de los preparativos seguía la comparecencia en el Congreso, el besamanos en Palacio Nacional, desayunos y comidas con las fuerzas armadas, los gobernadores, el servicio exterior...

El ritual, de por sí grotesco, devino en tragicomedia: el presidente convertido en fabulador y anunciador de sus propias obras, sin hacer caso a la sentencia según la cual “alabanza en boca propia es vituperio”. El sexenio está por terminar y jamás se supo quién asesoró al presidente. 

La voz e imagen de Peña Nieto utilizadas para promover su último informe es un recordatorio, una provocación a millones de mexicanos agraviados por un gobierno que faltó a sus deberes básicos de brindar seguridad, paz y justicia.

El presidente que “salvaría” a México (Time, 2014) no pudo salvarse a sí mismo. Tampoco comprendió que su principal problema era “no entender que no entendía” (The Economist, 2015): el efecto de la corrupción e impunidad de su gobierno en el ánimo de la población.

Las alarmas se encendieron a tiempo, pero fueron ignoradas. El precio se pagó en las urnas con más de 42 millones de votos: los 30 de AMLO y los 12 de Anaya.



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