Cruzando el Charco

La Nueva Ruta de la Seda

Guillem Martí

En el ajedrez de la geopolítica cada estado juega sus piezas para prosperar. Los movimientos son cuidadosamente meditados y responden a complejas estrategias. A veces estas estrategias conducen a la colaboración, al entendimiento y a la paz. Otras veces, el camino trazado choca con intereses ajenos ocasionando conflictos bélicos.

Pero en ocasiones fortuitas el escenario de juego se ve radicalmente alterado debido a factores externos. Se trata de grandes cambios en el equilibrio de poderes que no son resultado de los movimientos y estrategias de los jugadores, sino que tienen su origen en hechos inesperados y discontinuos tales como desastres naturales, plagas, epidemias, hallazgos científicos o adelantos tecnológicos.

China está trabajando para desbancar a EE.UU. como primera potencia mundial. Pero mientras la U.S. Navy mantenga el control sobre el Mar de la China, Pekín no podrá erigirse como capital mundial. Como expliqué en mi artículo “Un océano no tan pacífico”, Pekín está militarizando el Mar de la China para evitar que en cualquier momento los EE.UU. puedan bloquear su acceso a los mercados internacionales hundiendo repentinamente su economía.

Los EE.UU. se sienten amenazados por el crecimiento de China y no renunciarán al liderazgo mundial por las buenas.

Por su parte, China es consciente de que si quiere seguir prosperando necesita emanciparse del control estadounidense. Se trata de dos estrategias incompatibles y que necesariamente conducen al conflicto. El estallido de una guerra por el control del Mar de la China es solo cuestión de tiempo.

No obstante, una revolución en el mundo del transporte podría liberar al gigante asiático del dominio estadounidense relegando a un segundo plano la importancia geoestratégica del Mar de la China. Pues aunque en el último medio milenio el transporte marítimo ha sido el protagonista absoluto del comercio mundial, esto podría cambiar.

La invención de la rueda revolucionó el transporte. La utilización de animales facilitó desplazar cargas pesadas. Con la construcción de vías pavimentadas los romanos fueron capaces de transportar mercancías y soldados por toda Europa con una rapidez nunca antes imaginada.

El transporte terrestre tuvo su exponente en la Ruta de la Seda. Los mercaderes cubrían más de 8.000 kilómetros para comerciar entre Europa y China. Y el flujo comercial contribuyó a enriquecer ciudades y naciones enteras a lo largo de la ruta.

Cuando Europa empezó a recuperarse de la Edad Media, buscó acercarse de nuevo a oriente, pero los caminos, posadas, puentes y demás infraestructuras de apoyo a los mercaderes se habían deteriorado. Las esplendorosas ciudades que habían crecido a lo largo de la ruta se habían convertido en ruinas. Y los estados que antaño ofrecieron seguridad se habían colapsado facilitando la proliferación de asaltantes.

Los europeos pronto se dieron cuenta de que restablecer el comercio terrestre sería muy costoso y pensaron que tal vez su mejorado conocimiento de la navegación podrían permitirles viajar hasta la India y la China por mar. Y así fue como valientes navegantes se lanzaron a explorar nuevas rutas a través de los océanos. Desde entonces, el transporte marítimo no ha tenido competencia.

Esto ha contribuido a que los estados sin costa sean más pobres que sus vecinos, a que las zonas más ricas de la mayoría de países sean costeras y a que los estrechos de Malacca y Hormuz y los canales de Panamá y Suez sean los puntos geoestratégicos más importantes del planeta.

El desarrollo del ferrocarril durante el S.XIX dio un nuevo impulso al transporte terrestre, pero en ningún momento llegó a hacer sombra a la alternativa marítima debido a sus altos costes. Adecuar el terreno para la instalación de vías implicaba unos costes de ingeniería que muchas veces resultaban prohibitivos. A estos, se les sumaba el altísimo coste de producción de dichas vías, de su instalación y de su mantenimiento.

Pero los adelantos en ingeniería, la aparición de trenes eléctricos que año tras año baten récords de velocidad, la posibilidad de producir energía solar o eólica durante todo el recorrido, la automatización de las locomotoras sin conductor, las facilidades de telecomunicación y una moderna red diplomática, han hecho que Pekín se ponga a trabajar para conectar de nuevo con Europa por vía terrestre. Un tren de alta velocidad podría cubrir la ruta en menos de una semana, mientras que por vía marítima se tardan 36 días.

La ruta pasaría por China, Kazakstán, Rusia y Bielorrusia, todos ellos países poco amigos de EE.UU.. El principal impedimento es la enorme inversión inicial que requiere el proyecto. Pero si China entiende que esta faraónica construcción le permitirá ser la primera potencia mundial sin tener que librar una guerra contra EE.UU., desde luego hará todos los esfuerzos para convertirla en realidad.

Esto cambiaría radicalmente el tablero del ajedrez geopolítico. Volverían a florecer grandes ciudades en el interior de Asia en detrimento de las áreas portuarias de medio planeta. La U.S. Navy no tendría influencia sobre la principal ruta comercial, que estaría en manos de cuatro enemigos de los EE.UU..

Si la Nueva Ruta de la Seda tiene éxito, el modelo podría ser reproducido alrededor del mundo creando una red global de trenes de alta velocidad. Ya se han diseñado proyectos para construir puentes que conecten Europa con África a través del Estrecho de Gibraltar, Corea del Sur con Japón a través de la Isla de Sajalín y Asia con América a través del Estrecho de Bering.

Las nuevas formas de producir energía, los adelantos tecnológicos y el crecimiento del comercio intercontinental acercan a la realidad estos proyectos de ciencia ficción. La Nueva Ruta de la Seda puede ser la vía de escape que libere la presión creciente sobre el Mar de la China y evite el estallido de una guerra de titanes.



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