Cruzando el Charco

Riqueza

Guillem Martí

He aquí un concepto tan relevante como desconocido. Seguro que usted ha considerado la riqueza como una variable relevante en muchas de las decisiones que ha tenido que tomar a largo de su vida. Pero apuesto a que no es capaz de definirla con solidez.

Aristóteles la definió como “todo lo que el dinero puede comprar”. Bajo esta concepción, se es rico en función de los bienes que se poseen o servicios que se disfrutan gracias a su intercambio por dinero. Según el filósofo, la riqueza radica en aquello que se puede comprar con dinero, pero no en el propio dinero. Es decir, relaciona directamente consumo con riqueza, obviando el ahorro.

Pero en esta definición algo falla. ¿Acaso es más rico quien gasta 30.000 pesos al mes y no ahorra nada qué quien vive con 10.000 pesos y tiene una cuenta corriente de 10 millones? Al relacionar directamente gasto con riqueza, Aristóteles comete otro error. No es más rico quién más gasta, y menos aún si derrocha su dinero en vacua ostentación o en vicios autodestructivos.

Por ejemplo, quien es estafado y paga millones por una obra de arte falsificada, no es más rico sino más pobre.

Con el inicio del colonialismo y la llegada a Europa de grandes cantidades de oro procedentes del Nuevo Mundo, entre los S.XVI y XVII se popularizó el bullionismo. Esta corriente de pensamiento afirmaba que la riqueza de una nación la constituye el oro y plata que acumula.

Es decir, que para los bullionistas la riqueza era la posesión de metales preciosos.

Los economistas pronto se dieron cuenta de que había países que a pesar de poseer ingentes cantidades de oro y plata no disfrutaban de mayores comodidades o mayor felicidad.

España era un claro ejemplo. A pesar de todo el oro y plata que sustrajo de América terminó sumida en una terrible crisis inflacionaria un siglo después del “descubrimiento”.

Entonces el mercantilismo se impuso.

Esta corriente de pensamiento económico reconoció que ni el oro ni la plata constituían riqueza por si mismos. Los mercantilistas entendían que lo que hacía rica una nación era la posesión de mercancías. Creían que cuantas más mercancías era capaz de producir un país, más rico era.

Posteriormente tomarían las riendas los fisiócratas. Estos economistas consideraban que el valor último de las mercancías residía en la tierra, pues tanto las materias primas, como la mano de obra y la energía necesarias para producir dichas mercancías dependían directamente de los frutos de la agricultura. Cuanta más extensión de tierra tuviera un país y más fértil fuera ésta, mayor riqueza tendría.

En 1776, Adam Smith negó cualquiera de las anteriores concepciones del valor y propuso la existencia simultánea de dos tipos de valor. El primero era el valor natural, que se define en función de la cantidad de trabajo destinado a producir un bien. Mientras que el segundo era el valor de mercado, que viene determinado por la interacción entre la oferta de dicho bien y su demanda por parte de los consumidores. Si el valor de mercado es menor al valor natural, el vendedor tiene pérdidas, mientras que la relación inversa aporta beneficios. Conseguir identificar la interacción entre oferta y demanda como determinante de la riqueza resultó un gran paso hacia su comprensión.

Tres décadas después, David Ricardo propuso algunas modificaciones a las tesis de Adam Smith. Inmerso en la Primera Revolución Industrial, Ricardo observó que el coste de una mercancía se abarataba notablemente cuando en su producción se empleaban máquinas modernas. Ésto le llevó a comprender que el valor de las mercancías podía subir o bajar en términos reales, pero que lo relevante era determinar cómo dicho valor había variado en relación a la fluctuación del precio de otras mercancías (coste de vida) o respecto al nivel salarial (ingresos de las familias). La comprensión del valor relativo de los bienes y servicios fue un gran avance para la teoría económica.

Y unos años más tarde, John Stuart Mill constató que no puede haber una subida o bajada simultánea del precio de todos los bienes, servicios y salarios, porque el valor de las cosas recae en la utilidad que éstas ofrecen para obtener otras cosas.

Es decir, que el valor de cualquier cosa se mide en función de lo que con ella pueda obtenerse. Así fue como Stuart Mill se erigió como uno de los padres del utilitarismo, la teoría que identifica el valor con la utilidad.

Otros importantes economistas han estudiado la naturaleza de la riqueza, pero a pesar de sus grandes aportaciones todavía hoy no alcanzamos a conocerla con exactitud.

Esto se puso de manifiesto hace un mes, cuando Oxfam publicó un informe afirmando que las 8 personas más ricas del planeta tienen la misma riqueza que la mitad del mundo. La forma a partir de la cual Oxfam calculó la riqueza de la humanidad abre muchos interrogantes.

¿Si alguien posee el 51% de acciones de una empresa, se puede afirmar que es propietario de todo el valor de la empresa? ¿Cómo se deben interpretar las fluctuaciones de las divisas a la hora de comparar la riqueza de economías con distintas monedas? ¿Hay que relativizar la riqueza de cada persona en función del coste de vida que le ofrece su país? ¿Es más rico un joven pastor de cabras africano que no tiene bienes ni deudas, que un joven estadounidense que sin poseer tampoco nada se ha endeudado para poder estudiar en Yale? ¿Que papel juegan la seguridad, el estado de derecho, la salud y la educación en la formación de la riqueza?

A fin de cuentas algo sí parece claro.

Siendo rico se puede comprar educación, pero no inteligencia; se puede comprar ropa, pero no el estilo; se pueden comprar cosméticos, pero no belleza; y hasta se puede comprar sexo, pero jamás amor. La riqueza nos puede ayudar a cumplir nuestras metas, pero no es en ella donde radica la felicidad.


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