Doble mirada

Del Estado esquilmado al Estado atrofiado

Guillermo Valdés Castellanos

Gobernar no es una tarea sencilla. En las últimas décadas las funciones y responsabilidades de los gobiernos se han ampliado significativamente. A la función original del Estado de garantizar la seguridad y justicia, se le han añadido muchas más: generar bienestar (educación, salud, vivienda, etcétera); regular los mercados y promover la economía (crear infraestructura, controlar la inflación, impulsar la ciencia y tecnología, etcétera); proveer servicios básicos (agua, transporte público, etcétera). Más recientemente, otras como la protección del medio ambiente.

Pero el Estado además de hacerse cargo de esas múltiples y crecientes tareas, también ha crecido en complejidad, pues resolver los problemas implica cada vez procesos más sofisticados, lo que requiere de recursos presupuestales, conocimientos técnicos y personal especializado en muchísimos campos. Un gobierno es funcional cuando asigna los recursos necesarios de todo tipo (dinero, conocimientos técnicos, organización, personal especializado, etcétera) para solucionar los innumerables problemas de la vida cotidiana: escuelas y hospitales públicos de calidad que funcionen todos los días; que haya luz, gas, gasolina, agua potable, aire respirable; que trabajen bien los semáforos, que la inflación esté controlada y que haya seguridad, entre otras cosas.

Detrás de cada una de esas cosas que permiten que la vida cotidiana se desarrolle más o menos sin problemas, hay miles de servidores públicos de muchas dependencias del gobierno que realizan miles de tareas para que así ocurra. No hay magia, es trabajo organizado y desapercibido del gobierno. Cuando los problemas se desbordan (crisis de inseguridad, hospitales sin medicinas, gasolineras sin gasolinas) es porque el gobierno no hace bien su trabajo; es decir, no asigna los presupuestos y/o desconoce cómo se solucionan o porque carece de gentes preparadas.

Pues esto que es una obviedad del tamaño del mundo parece tener sin cuidado al presidente Andrés Manuel López Obrador. En su afán por incrementar los recursos para sus programas sociales prioritarios (los cuales son solo una pequeña parte, de la función de bienestar) está abandonando y desmantelando otras áreas de enorme importancia para el funcionamiento de la sociedad. El gobierno se encamina a una atrofia severa.

La relación de daños es cada día más larga y aterradora: despidos de personal operativo y especializado por la austeridad (financieros, médicos, petroleros, científicos, mandos policiales); desaparición de programas sociales (Prospera, Seguro Popular, estancias infantiles y 28 más); cierre de dependencias (ProMéxico, INEE, Consejo de Promoción Turística); asedio presupuestal de órganos autónomos (INE, INAI, Inegi, Poder Judicial); reducción irresponsable de recursos a tareas esenciales como la salud (recién confirmada por el ahora ex director del IMSS), el descuido criminal del medio ambiente (40 por ciento menos de presupuesto) o la atención a desastres naturales (el Fonden tendrá 85 por ciento menos recursos que el año pasado).

Se podrían llenar páginas enteras de las graves consecuencias de esta ceguera ideológica y política sobre cómo gobernar bien. Si Enrique Peña Nieto nos dejó un Estado depredado, esquilmado por la corrupción, López Obrador heredará un Estado deforme, atrofiado, disfuncional y terriblemente irresponsable por su afán de austeridad y populismo. ¿Cuál será la próxima crisis?

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