Doble mirada

Sobre la Guardia Nacional

Guillermo Valdés Castellanos

Aunque los indicadores de la violencia y la inseguridad son los mismos —robos, secuestros, asesinatos—, la Guardia Nacional se va a enfrentar a una realidad criminal muy diferente a la que se vivió en el gobierno de Calderón. La razón fundamental de ello es que la estructura y características del crimen organizado se han modificado de manera significativa entre 2007 y 2019. Hace 12 años la ecuación entre crimen organizado y narcotráfico era casi paritaria, es decir, que la mayor parte de las organizaciones delictivas se dedicaban al narcotráfico; el resto extorsionaba, secuestraba, etcétera.

Ahora, aunque el narcotráfico sigue siendo probablemente el mercado ilegal más rentable, de los siete cárteles que operaban en 2007, solo queda uno, el de Sinaloa, que comparte el negocio con el de Jalisco Nueva Generación (probablemente el más poderoso y violento). Esos dos se complementan o disputan el negocio con varios grupos regionales, residuos de las organizaciones de Tijuana, Juárez, Golfo, Zetas, Templarios, Beltrán Leyva. Las luchas del CJNG contra Sinaloa y otros regionales explican solo una parte de los homicidios.

El panorama criminal se completa con cientos de bandas dedicadas a explotar otros mercados ilegales —huachicol, narcomenudeo, tráfico de migrantes, trata de mujeres y niños— destacando el de la extorsión o derecho de piso (venta de “seguridad”: te cobro para no asaltarte, matarte o incendiar tu negocio ) y a todo tipo de robos —vehículos, casas habitación— con un crecimiento significativo de los robos a negocios (una sola empresa avícola ha sufrido más de 30 robos en lo que va del año) y al transporte de mercancías en carreteras. Estas bandas son mucho más experimentadas y disponen de un armamento muy sofisticado, características que combinan con cero escrúpulos en la utilización de la violencia. Los asesinatos de grupos específicos (mujeres, periodistas, sacerdotes, médicos) además de políticos y policías va en aumento y en cada caso la lógica y los motivos son diferentes.

Para hacer más complejo el fenómeno, muchas de estas bandas, surgidas o pertenecientes a los Zetas, por ejemplo, una vez desaparecida la organización que los protegía, se refugiaron en sus comunidades y muchos de sus miembros trabajan en empleos normales (los presuntos asesinos de Minatitlán laboraban en Pemex como si nada; muchos narcomenudistas de Tláhuac trabajan como taxistas), lo que dificulta identificarlos y ubicarlos.

Estos son apenas unas líneas muy generales de la acelerada transformación del panorama criminal mexicano. Si la violencia obedeció, entre 2007 y 2014, en gran medida a las guerras entre cárteles, ahora la epidemia de homicidios tiene una complejidad mucho mayor; desde adolescentes que asesinan por sentirse frustrados con la compañera que publicó fotos falsas en las redes, hasta locuras de grupos desorganizados que secuestran y matan a los secuestrados sin mayor causa, pasando por un narcomenudeo cada vez más violento.

Todo esto viene a cuento, porque ni el tamaño de la Guardia Nacional ni su lejanía de la realidad de las comunidades y municipios donde pulula el último tipo de violencia le van a permitir ser eficaz en el corto y mediano plazos. Sin policías locales que le brinden inteligencia y respaldo operativo, será como un cieguito tratando de apagar un incendio con cubetas de agua.

OPINIONES MÁS VISTAS