Economía empática

Entre lo público y lo desigual

Héctor Farina Ojeda

El malestar de la sociedad argentina con los problemas económicos actuales tiene como un bastión de referencia a la protesta en defensa de la educación pública. En estos días, tuve la oportunidad de compartir charlas, paneles y diversas actividades en universidades argentinas en paro activo: tanto en la Universidad Nacional de Córdoba como en la Universidad Nacional de La Rioja, pude ver la vehemencia con la que estudiantes y profesores se posicionan para exigir que la educación pública tenga presupuestos, inversión y, sobre todo, atención por parte de las autoridades. La cuestión es referencial y trasciende lo educativo para afectar a lo económico y lo social.

En América Latina, el subcontinente más desigual del mundo, no debería sorprendernos el malestar de la educación pública, ya que hay una relación directa entre la calidad y el alcance de la educación pública y los niveles de pobreza, desigual y atraso. Detrás de las protestas y los reclamos, emblemáticos en Argentina pero con brotes periódicos en distintos países latinoamericanos e incluso en Estados Unidos, hay una gran demanda de inclusión: los sectores empobrecidos y excluidos que ven en el acceso a la educación pública de calidad una oportunidad de llegar a una buena formación, buenos empleos, y por consiguiente una percepción de ingresos que ayuden a abandonar la condición de pobreza y precariedad.

Y en este contexto en el que se ve a las universidades como una puerta hacia un mejor estadio, la demanda cobra mayor fuerza en el contexto de sociedades empobrecidas, con una profunda desigualdad económica y sobre todo con escasa movilidad social, es decir, con limitadas posibilidades de pasar de la pobreza a los estratos de mayores ingresos. En México sólo el 4 por ciento de las personas que nacen en la pobreza tienen posibilidades reales de llegar a los niveles de ingresos más altos. Y por si fuera poco, en México el empobrecimiento es permanente desde hace por lo menos un cuarto de siglo, de acuerdo a investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

La cifra repetida hasta el hartazgo de los más de 60 millones de pobres, la mitad de la población mexicana, tiene una directa relación con las oportunidades que se le dan a la gente para mejorar su condición de vida. Y ahí la educación pública cobra un valor simbólico: de su calidad y su inclusión dependen millones de personas, las esperanzas de familias, los futuros profesionales, las generaciones que puedan insertarse en la economía del conocimiento y el anhelado cambio social. La educación es fundamental para minimizar la desigualdad. Y la educación pública, a la única a la que pueden acceder los pobres, es vital para procurar un ascenso.

El pensador colombiano Bernardo Toro dice que la escuela pública es el espacio en el que pueden corregir las desigualdades, por lo que recuperar lo público como sinónimo de calidad para todos será un gran avance en la construcción de escenarios más equitativos. Lo público debe ser bueno y de todos. Empecemos por ahí.

@hfarinaojeda





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