Atrevimientos

John Dewey y el significado de la experiencia

Héctor Raúl Solís Gadea

Nunca tuve la experiencia de volar una cometa. No fue, pero la imagino, la añoro. Soy niño, sonrío… corro ilusionado sosteniéndola en mi mano. Mis ojos se fijan en el cielo. Espero un viento cuya fuerza impulse mi cometa hacia lo alto. Corro otra vez… A no mucha distancia, de entre lo verde del campo, sobresale mi padre y me aconseja. Sabio y estricto, me había dicho que el nombre correcto “es cometa, no papalote”. De pronto, tras varios intentos, la cometa alza el vuelo y encuentra al sol. Mi padre trata de disimular una sonrisa. Por dentro llora de alegría. Perdió a su padre cuando tenía cinco años y siempre creí que jamás lo pudo superar. Dale más cuerda, déjala fluir… La cometa se eleva más y más: el viento la mueve con violencia, pero la sostiene noblemente. El recuerdo durará para siempre, aunque no fue.

¿Por qué soy capaz de imaginar una experiencia que no tuve? ¿Es que puedo sentirla yo mismo mediante el pensamiento o la revisión mental de experiencias vividas por otros? ¿Significa esto que la teoría y la razón son superiores a la práctica --al ejercicio concreto de algo-real-que-se-experiencia-- o que están unidos a ésta? Tal vez soy capaz de unir, una a una, experiencias particulares que he tenido al mirar cometas volar, ver niños correr con ellas en la mano o sostenerlas cuando ya levantan el vuelo, y también al recordar vivencias tenidas con mi padre. Pero no tendría esa capacidad si no hubiese vivido ya, de alguna manera, experiencias similares que me permiten entender cómo se vive el volar una cometa. El resultado es la construcción de un todo coherente (experiencial) que le da un significado profundo a la situación vivida, un carácter dominante a la escena: de alegría, plenitud, felicidad...

Creo que, en esta operación de la mente y la imaginación, hay una clave para comprender la riqueza de la condición humana, el sentido de lo que hacemos y la manera de conducirnos mejor al relacionarnos con el mundo. Intento, pues, entender el significado de la experiencia humana. La inquietud me surge de un libro de Richard Bernstein acerca de John Dewey (1859-1952) a quien muchos han considerado el filósofo más importante del siglo veinte. El trabajo se titula Filosofía y democracia: John Dewey. Dewey, por supuesto, es un autor de tonos mayores. Dice Savater que no tiene el brillo o la personalidad arrolladora de las estrellas del firmamento filosófico, pero muchas de sus ideas tienen hoy una gran vigencia. Importan, por ejemplo, y mucho, para la educación y la teoría de la democracia.

De acuerdo con Dewey, la experiencia no debe ser considerada como algo de segunda importancia y separado de la reflexión. Al contrario, pensamiento y acción componen un todo que se relaciona. La experiencia nos pone en contacto con el mundo, nos permite conocerlo y adaptarnos a él; sin aquella, la teoría no tendría sentido, sería una simple especulación separada de un contexto significativo. Puede haber una experiencia vivida, digamos, con una actitud de manera natural, la cual implica no construir un conocimiento racionalizado y abstracto sobre el mundo. Pero también hay una experiencia controlada con el propósito de desarrollar un conocimiento sistemático y científico. En ambos casos, la experiencia no consiste en átomos de sensaciones desvinculadas, sino en una organización coherente de situaciones entrelazadas: conexiones, continuidades y relaciones.

La razón, la teoría y la investigación tendrían como función procurar que la experiencia conduzca a la creación de conocimiento sistemático: es decir, crear y establecer las conexiones, continuidades y relaciones que hacen coherente y significativa a la experiencia. En este párrafo, Bernstein expresa mucho mejor lo que quiero decir: “La experiencia no puede ser contrastada con el pensamiento, la razón o la inteligencia. La experiencia está -llena de ingeligencia- y puede fundarse en ella.

En este otro párrafo el propio Dewey habla y define de esta manera la investigación:

“La investigación es la transformación controlada o dirigida de una situación indeterminada en otra que es tan determinada en sus distinciones constitutivas y relaciones que convierte los elementos de la situación original en un todo unificado”.

Investigamos para resolver dudas, problemas, confusiones y contradicciones de las cosas. Tratamos de esclarecer una situación o, lo que es lo mismo, establecer su significación dominante: el asunto de que va, el futuro posible que desencadenará y, asunto no menor, las posibilidades de acción que nos ofrece. Siempre son situaciones concretas –relacionadas con la experiencia-- las que motivan una investigación como ésta. En todo caso, la inteligencia es un recurso de adaptación frente a los problemas que nos presenta el entorno, una posibilidad para modelar lo porvenir, un criterio para defender un punto de vista, un valor.

Así, de nueva cuenta, pensamiento y acción se entrelazan.



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