Afinidades Selectivas

Un cuchillo en el ojo

Héctor Zamarrón

La imagen es increíble, impresiona. El hombre deambula y discute mientras lleva un cuchillo clavado en el cráneo, con el mango que sobresale de su sien derecha. La adrenalina le permite aún caminar y mientras se limpia con un pañuelo la sangre que le escurre, continúa sus reclamos al agresor.

La escena ocurre al calor del mediodía en Veracruz cuando dos hombres disputan un lugar de estacionamiento, sí, ¡por un lugar de estacionamiento!

La misma semana de esa agresión el Inegi publicó la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana donde los consultados, además de responder que se sienten inseguros en sus ciudades, reportan una variable sobre la existencia de conflictos y conductas antisociales en el último trimestre.

No es sorpresa que un 40 por ciento haya tenido algún conflicto o enfrentamiento con familiares, vecinos, compañeros de trabajo o escuela y que la mayoría de estos (72.5 por ciento) haya sido con sus vecinos.

Y eso que Veracruz no aparece como la ciudad con índices más elevados de este tipo de conflictos. En la encuesta son más bien La Paz, León, Hermosillo y el norte de Ciudad de México las que tienen los índices más elevados de conflictos por problemas de estacionamiento. El tercer problema reportado solo después del ruido y de la basura. Así es, la mayoría se queja de obstrucción de su cochera, invasión de su cajón de estacionamiento o falta de espacio para estacionarse.

Conflictos emparentados con la dictadura de la cubeta, esa que impone la ley de la selva en la calle al apartar lugares de estacionamiento (a los politólogos les gustaría decir "el Estado de naturaleza en pleno"), sin representantes vecinales, policía de la esquina o autoridades del municipio.

No, cada quien tiene que arreglarse con el que blande su jerga como arma para imponer una cuota por usar un trozo de calle ante la incapacidad del Estado para instalar parquímetros.

Por eso el cuidado de la convivencia a niveles tan básicos en apariencia como el conflicto por el estacionamiento obligan a políticas públicas y a la sociedad organizada a trabajar para reconstruir desde ese nivel la convivencia.

Parquímetros, reglamentos de tránsito y el ejemplo por delante de políticos que ya no recurren a la Suburban o al helicóptero para apresurar su llegada, que respetan los altos y los límites de velocidad (y que ayudan a restringir las altas velocidades no a fomentarlas), van en camino para que nunca más veamos cuchillos atravesados en el cráneo de un ciudadano.

Porque ¿en qué punto pierdes la noción de realidad como para clavarle un cuchillo a tu vecino o a un desconocido? Eso es el inicio de una espiral de deshumanización que termina con El Pozolero disolviendo cadáveres, en el sicario degollando o desollando enemigos y en la irracionalidad de pretender matar ideas con un piolet.

Nuestra idea de sociedad no es aquella donde un ejército de subempleados se dedica a atender los automovilistas —desde el franelero hasta el valet parking, pasando por el limpiavidrios y el lavacoches—, sino una donde el centro de la política no se encuentra en los automóviles, sino en las personas, en una sociedad que no lleva al cuchillo. 

hector_zamarron@milenio.com

@hzamarron


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